Mi hermana Paula se topó con la amiga de un amigo de un amigo en una farmacia. En Santiago hay más farmacias que bares y están siempre repletas, abren todo el día, las 24 horas. Son una plaga. Ese amigo es primo del tipo que era pareja del tipo que cubre la vida social para un diario. Reportea junto a la fotógrafa de la revista que vi en el avión. Ella, me dice, conoce a todo el mundo.
Nos pone en contacto digital. Quedamos en juntarnos en el Santo Remedio; en un principio, siento que todos me miran porque ando solo, pero luego capto que esa es una vieja tranca mía. Pido un Jack Daniels porque me gustó la promotora enfundada de negro que me ofreció un vasito a la entrada.
En eso llega Ivo, el cronista social, vestido como la portada de una revista de modas. Me besa en las dos mejillas y deduzco que las costumbres locales han cambiado. Ivo pide una copa de champagne demisec y me cuenta que esta noche está intensa porque hay dos cumpleaños, un estreno de teatro, una premiere de cine chileno y la inaguración de una muestra fotográfica de un tipo que acostumbra a fotografiar a sus parientes en pelotas. Luego me pregunta si es verdad que mi primo futbolista anda con una rubia que es modelo del programa de Don Francisco y yo le digo que no sé y que mi primo no me deja hablar de su vida privada.
En mi pueblo, yo siempre era el que lo sabía todo, me dice en el taxi. El único además que leía a Truman Capote en la plaza. Mi madre me dijo que me quemaría en el infierno por copuchento y ahora es la primera que me lee. Así es la gente: tonta pero cahuinera. Gracias a toda esta gente vacía, yo ahora tengo un dúplex y un Mini Cooper amarillo.
En un local llamado El Toro nos encontramos con Sarita, que es gorda pero no inmensa, sino más bien gordilla, que es el término para las minas que, a pesar de ser gordas, tienen onda y transforman su fealdad en marca registrada. Sarita usa lentes de marcos gruesos color rojo y huele a colonia Barzelatto. Sarita habla con acento, como la gente alternativa.
Le pregunto si es peruana-boliviana-paraguaya.
No, me dice, lo que pasa es que me crié viendo mucha serial doblada al español.
Sarita conoce a «todo el mundo». Al menos lo ha fotografiado. Esta es una ciudad chica, me dice. Enana. Nosotros somos pocos.
¿Nosotros?
Sarita no me responde mientras le arregla la camisa a Ivo, que habla por celular con un amigo en Barcelona.
Le pregunto a Sarita si ubica a Lorenza Garcés.
No aún, me dice. ¿Debería?