Rodrigo murió el 14 de febrero, día de San Valentín, fecha en la cual debía haber estado con Cristina, su polola de dos semanas, tal como hacen tantos enamorados del mundo. Ella, que era preciosa y a quien el Rorro por equivocación le había dicho que tenía los ojos fugaces en vez de vivaces, estaba veraneando en una playa del norte, lugar donde se conocieron el 14 de enero, cuando él la vio colocando maíz sobre una tabla ajada de lotería que no ganó.
Después de muchas mujeres, gran parte de ellas pagadas con el billete que daban las telas de su padre en La Calera, Rodrigo por fin había encontrado a una chica que lo llenaba por completo. Y esto lo alegraba: ya no necesitaba ir a la playa en son de conquista, con la vanidosa y exasperante actitud de ir a mostrarse, de lucirse, de exponer su buen físico para así seducir a una brillante chica que lo entretuviera, lo saciara y lo dejara bien frente a los demás. Cristina, con ese desplante que tenía, había logrado alejarlo de toda esa entretención falsa y rutinaria, imbuyéndolo en un mundo chico y privado, distanciado de ese enjambre juvenil donde tenía que cumplir, ser mejor. Todo esto lo hacía verse distinto, como nunca antes. Se sentía bien, tranquilo, guapo, feliz de estar vivo, atraído por lo nuevo, agradecido de tener a alguien como ella que lo quisiera no de una forma pegajosa o conocida, sino fresca y cómica; le daban ganas de seguir con ella pasara lo que pasara. Los amigos de Rodrigo, que siempre tenían las frases de moda a mano, decían que simplemente «no quería más».
La razón por la cual el Rorro no andaba veraneando en plena temporada y en cambio deambulaba por la calurosa y aburrida ciudad, era que estaba trabajando. Realizaba su práctica, o la primera parte de ella al menos. El rubro era la televisión: el mundo de las comunicaciones fáciles; la farándula de la publicidad. Después de haber vagado sin rumbo fijo, de ayudar en la fábrica de su papá de la calle Arturo Prat revisando los estampados y las facturas, de sentirse un pelota bien pagado, había descubierto un pequeño instituto donde podía entrar sin sudor al cerrado círculo de los fabricantes de imágenes. Rodrigo, a pesar de ser considerado por ese grupillo que conjugaba los verbos en el Barrio Alto como un taquilla de mierda, un concha-de-su-madre de puta-madre, un turco tirado a gente, un mino demasiado peludo pero rico y un reventado sin arreglo, era bastante sensible y, cosa típica, se avergonzaba de sus inclinaciones teatrales, que compartía con su primo Alejandro. Rodrigo también dibujaba, sin ninguna razón aparente y en cualquier lugar, lunares de todos los tamaños y colores que la familia trataba infructuosamente de analizar.
Todos decían que el Siete-Cincuenta, apodo que recibió en el colegio por llegar segundos antes de que sonora la campana en una feroz moto Yamaha 750 verde-y-azul, era extrovertido y, a decir verdad, eso era insoslayablemente cierto, dentro de lo que se puede, claro, porque siempre —siempre— hay cosas que uno guarda. Sus amigos —tenía hartos, decenas— lo catalogaban como un excelente compadre, como un tipazo que, a pesar de su dinero, era abierto y generoso y desprendido, siempre dispuesto a pagar la farra con tal de que ninguno se la perdiera por culpa de unos pesos. Uno de sus vicios, el único quizás, aparte de los pitos y de abusar del sauna que tenía en el patio donde de vez en cuando caía en la tentación de hacerse una pajita, sobre todo si estaba con sus amigos rugbistas, era el juego. Rodrigo apostaba, creía en el azar. Un verdadero tahúr, según una de sus tías, pero, como decía el mismo, «solo me gusta jugar porque no lo hago nada de mal».
Una vez, mochileando por el sur con Alejandro, llegaron a un casino al lado de un lago que reflejaba un volcán, y les fue tan bien que cambiaron su alojamiento en un albergue juvenil con pulgas y duchas heladas y abiertas, por un hotel señorial en Ensenada con kuchen al desayuno. Los caballos lo trastornaban, y si su padre no hubiera vendido el fundo en Loncoche quizás la muerte lo hubiera encontrado arriba de un caballo y no sobre la 750.
El día que cumplió 19 años, es decir, nueve meses antes de que el tubo de escape de una camioneta Ford amarilla le atravesara el tórax, su padre le regaló un pura sangre blanco con lunares negros a quien el Rorro, junto a su amigo y compañero de colegio Agustín, el eterno pandillero expulsado con honores de varios establecimientos, bautizaron con el nombre de Polk-a-Dot, que significa punteado o con lunares en inglés. Lo guardaban en el Club Hípico, donde lo iba a ver correr los domingos. Se instalaba en la curva de la pista donde por arte de equilibrio se tendía sobre la moto con las piernas apoyadas en el volante y la cabeza reclinada en el asiento para así aprovechar el sol primaveral, esperando de ese modo la carrera en la cual su caballo se abalanzaba hacia la meta. Volvía a la casa con una sonrisa ladina y con una mirada de ganador y anotaba, con gran meticulosidad, los nuevos avances de Polk-a-Dot en un gráfico color amarillo instalado en la puerta de su clóset. También le gustaban los naipes y generalmente se pasaba dos noches a la semana jugando con sus amigos hasta que la luz del nuevo sol los molestara. Su primo Alejandro casi siempre estaba con él, pues, y esto ambos lo decían con orgullo, eran socios, partners, hermanos de sangre, amigos hasta el fin.
La víspera del accidente, el Rorro invitó a su viejo amigo Agustín a alojar a su casa. Estaba solo, toda la familia veraneaba en la playa. La ocasión era propicia para convocar a sus amigas de los alrededores, pero el hecho de haber dejado apenas unas horas antes a Cristina allá en el norte lo había puesto algo triste, en una onda tranquila. El día que murió debía ayudar a filmar un comercial. Era el encargado de asistir al iluminador. No era mucho, pero debía estar ahí, detrás de las cámaras. El juego de las luces y las sombras siempre le había fascinado, llenándolo incluso de un cierto miedo. Agustín llegó a la casa de Rodrigo el trece en la tarde y ambos nadaron hasta que se hizo de noche. Quedaron pasados a cloro. Luego, con sus toallas amarradas a la cintura, conversaron bajo las estrellas en el jardín sentados cada uno en una silla de lona. Hablaron de los viejos tiempos, de cimarras en el colegio, de sus primeros atraques, de una chica llamada Karina que vivía por el Parque Intercomunal. Entre los dos se devoraron una sandía con medio kilo de harina tostada. Luego subieron a la pieza de los papás, se acostaron en la cama matrimonial en boxers y encontraron una película de Boris Karloff en la tele. Antes de la segunda tanda de avisos, ambos estaban dormidos.
Por la mañana la temperatura era excesiva. Rodrigo se miró al espejo y, al verse tan bronceado, no pudo dejar de sonreír. Estaba un poco barbudo, barba de más de cuatro días, pero decidió no afeitarse, porque le quedó muy claro que así se veía más mino. Al tocarse el cuello con la mano pudo sentir cómo los pelitos le clavaban la mano pero no le dolían. Antes de salir de la casa, tomó sus anteojos negros para el sol, de esos bien a la moda, como los Ray-Ban de Tom Cruise en Negocios riesgosos, pero finalmente prefirió dejarlos sobre la cómoda. Cuando salió de su casa en la moto, con Agustín sentado atrás, ambos sin cascos, para que el pelo se les secara con el viento, el sol ardía hace rato, pero una inusual brisa bajaba desde la cordillera. De inmediato pensó en el mar y en Cristina y se alegró.
Un gran letrero de Coca-Cola fue lo último que el Rorro percibió, el mismo que Agustín vio transformarse en un solo bloque rojo cuando algo parecido a un puñado de arena chocó con sus ojos. Rodrigo no sintió nada, excepto el grito y las uñas de Agustín que se clavaron tan fuerte en su camisa que el forense del Servicio Médico Legal se sorprendió al verle el cuerpo con marcas tan profundas. Agustín quizás alcanzó a sentir un fugaz placer cuando un trozo de metal le penetró el corazón y lo detuvo instantáneamente, finalizando de ese modo una extraña cámara lenta que le permitió observar con horror y sorpresa cómo el Rorro era decapitado frente a él. Trató de gritar, pero su voz simplemente no funcionó; le pareció que el pito que fumó al desayuno y el dolor del golpe lo habían dejado suspendido en el aire, bailando por sobre el auto que impactaron y arriba de los chillidos de los transeúntes que estaban por Las Hualtatas y Manquehue Norte. En eso vio a Rodrigo sonreírle y, sin que nadie le avisara, de pronto, alguien apagó la luz.
La misa fue cerca de su casa, en el estadio de su colonia, con café y arroz con cordero a la salida. La familia lloró bastante y el padre le confesó a un cuñado que si bien era cierto que no creía en Dios, él igual le habría pagado una buena suma al cura para que rezara por Rodrigo durante todo el año. Era por si acaso, dijo, ya que en caso de que existiera, Rorro tendría una desventaja en eso que llaman cielo.
* * *
Alejandro estaba en el sur, no lejos del lugar donde años atrás habían arrasado en el casino, cuando lo despertó su mamá y le dijo que lo esperaba para desayunar. Trató de estirarse debajo de la abrigadora colcha, pero el agotamiento de tanto no hacer nada, de tanto dormir, le había consumido toda su energía y por mucho que trataba, no había caso: se volvía a quedar dormido. Estaban en el fundo de unos tíos, aislados del mundo, lejos incluso de los pueblitos cercanos, rodeados de cerros cubiertos de bosques herméticos, imposibles, de donde salían de noche los extraños y silvestres ruidos que lo acompañaban antes de dormirse, durante esos instantes en que la luz se apaga, pero la mente aún tiene algo de actividad. Contó hasta diez y logró levantarse y llegar al antiguo baño donde abrió el agua que era calentada a leña. Su cuerpo pareció dar las gracias cuando se metió en la humeante tina. Le llamó la atención sentir tanto ruido proveniente de la ventana; los animales, al parecer, tenían mucho que decirse, pero a la vez advirtió lo silenciosa que estaba la casona. Los crujidos de los pocos pasos que circulaban esa mañana subieron por las escaleras y entraron por la puerta del baño, golpeando el tímpano del mojado Alejandro, haciéndolo tiritar de improviso e imbuyéndolo de un frío que ningún abrigo podía contener, el mismo que lo acompañó, como una nueva y entrometida sombra, por varios meses.
Alejandro estudiaba Historia. Junto a Rodrigo escribía una obra de teatro que esperaba estrenar en el Estadio Sirio algún día. Era una colaboración mutua —Rodrigo ponía las ideas y Alejandro las escribía—, la cual quedó en un acto y tres cuartos a mediados de febrero. La verdad es que desde siempre habían sido más amigos que primos. El estar juntos era simplemente lógico; mucho más que estar con sus hermanos, por ejemplo, a los que consideraba extraños y desconectados y ajenos. Estar con el Rorro, tener una conexión diaria con él, le parecía necesario, natural, atávico. Reconocía su olor, sabía lo que pensaba, le terminaba las frases. Estar desconectados o distanciados, lejos el uno del otro por mucho tiempo, era algo del todo inimaginable.
Cuatro días antes habían hablado por teléfono: el Rorro lo llamó larga distancia para contarle lo de su pololeo, que ya se podía decir era oficial, pues había sobrepasado la semana. Alejandro, también llamado Lolillo, apodo dado por Rodrigo, estaba feliz con la noticia, no importándole quedarse un poco solo. Total, pensó, en la universidad las mujeres sobrarían. Incluso le sorprendió no sentir ni celos ni nada parecido a abandono o traición. Rorro no lo estaba abandonando o reemplazando. Dudaba que Cristina durara en su vida para siempre. Pero incluso si se casaran y tuvieran cinco niños, el lazo entre él y Rodrigo era de sangre, más potente que ningún otro. No necesitaba de besos o sexo ni tomarse de la mano o inventar panoramas como ir al cine a ver películas románticas o ir a cumpleaños de amigas-de-amigas. Ellos no necesitaban planear qué hacer: cuando estaban juntos faltaba tiempo para hacer algo más que estar juntos.
Al comenzar a bajar las escaleras, Alejandro se detuvo perplejo. El ruido y los crujidos parecían aumentar. Cada paso que daba hacía retumbar la casa y, tal como un eco, persistía en su memoria, poniéndolo nervioso. Al llegar al comedor notó la nublada luz que se filtraba por los ventanales sucios. Supo que, por esa vez, ayunaría. Su madre jugaba con la cuchara de su té, dándola vueltas con los dedos, doblándola con la mano, buscando alargar los minutos antes de contarle lo que había sabido en la madrugada, cuando aún el color del cielo no era azul sino de un negro púrpura. La palidez de su madre comenzó a desteñirse aún más y el comedor a agrandarse hasta tocar las tranqueras del patio a medida que la señal de la tragedia se iba acercando a Alejandro. Los dos se miraron atentamente, fijándose en nada más, deseando que alguien los interrumpiera para así cambiar de tema. Suavemente le contó que ya no tenía un primo.
Un mejor amigo.
Un hermano.
El hecho de que el Rorro hubiese muerto junto a Agustín, un tipo repudiado por casi todos, considerado por Alejando como su mejor enemigo y una mala junta e influencia, fue doblemente chocante.
—¿Con quién iba?
Lo crispó saber que habían muerto juntos, que el Rorro no fue capaz de esperar que él estuviera ahí, en Santiago, o por lo menos cerca, en el barrio. Alejandro, luego lo captó, estaba dolido por no haber muerto también y se llenó más de ira que de pena cuando empezó a procesar que se había quedado solo.
Pasado el primer instante sintió que su estómago se empezaba a trizar y que sus músculos no funcionaban. Trató de formar un puño con la mano pero no pudo. Sólo sentía ganas de arrancarse, de arrancarse algo del cuerpo, huir, fugarse rápido y lejos y mandar a todos a la misma mierda.
Cuando por fin pudo llorar fue en la bodega, hojeando revistas viejas con las cuales inútilmente trataba de olvidar lo que, en el fondo, no quería olvidar. Comenzó a golpear las ollas y a botar frascos de conservas hasta que la sangre de su mano le recordó la sangre del Rorro, la misma que una vez se juntaron en un rito de hermandad imitado de películas y cómics y libros americanos.
Estaban en una carpa a orillas del lago Todos los Santos.
—Mezclemos sangre —le dijo Rodrigo.
—Sangre y sudor.
—¿Cómo se mezcla sudor?
—Las poleras.
—Perfecto.
—Y semen.
—¡Cómo!
—Eso, hueón. Cada uno se pajea y mezclamos los conforts.
—Ya. O las mismas poleras. Dale. Pero sin mirar.
—Obvio. Cada uno sale de la carpa, se pajea, acaba y deja el moco en la polera del otro.
Alejandro salió al frío, a un vendaval. El lago parecía un mar pero no había nubes, sólo las constelaciones. Agarró la polera del Rorro, se bajó el traje de baño y la olió. Acabó casi al instante pero siguió un rato para que pareciera que todo había sido más problemático. Cuando entró a la carpa, su primo estaba desnudo, aún duro, subiéndose unos calzoncillos Mota y con una aguja calentada con un encendedor en una mano.
—Mezclemos todo —y pinchó su pulgar.
Alejandro miró su dedo y comenzó a llorar.
Al amanecer del otro día, sus ojos estaban ya tan limpios que veía las siluetas de los árboles aparecer antes que el sol se asomara detrás de la cordillera. Del viaje de regreso recuerda poco: una bencinera, unas mujeres de blanco que vendían pasteles, el silencio de todos en el auto. Ya en Santiago se encaminó directamente a la casa por la Avenida Perú que conocía tan bien. Toda la parentela estaba de negro, hablaba en voz baja. El cuerpo del Rorro estaba en un ataúd gris sellado en la sala de ping-pong. Alejandro entró a la pieza de su primo, tapizada de afiches y buenos recuerdos, y miró los zapatos de su primo ordenados en el clóset y la agenda abierta. La hojeó y llegó a agosto, a su fecha de cumpleaños. La página estaba marcada con asteriscos. Cumple de mi brother!!!! Alejandro creía que ya no podría llorar más, pero se tropezó en la cama y de pronto, sin darse cuenta, sintió que la almohada de Rodrigo estaba húmeda con su pena.
Al pie del velador descansaba el viejo y usado tablero —el juego de los paisanos— y se acordó de la vez en que el Rorro, sobreexcitado y con la euforia de estar ganando tres veces seguidas, tiró los dados con tal vehemencia que rompió uno y llegó la abuela reclamando que esos dados eran sirios, imposibles de recuperar, y que sólo un loco como el Rodrigo era capaz de destruir una reliquia de ese tipo. En la cómoda vio los anteojos negros, los mismos que él había criticado por ser muy taquilleros. Se los puso y sonrió en el espejo, tal como siempre lo hacía el Rorro. En ese instante supo que no lloraría más; lo rojizo de sus ojos era algo sólo de él, no para compartirlo con los demás que iban a ir al entierro a decir «pobre Alejandro, se quedó sin su mejor amigo».
En el cementerio se entretuvo mirando cómo las hormigas marchaban de una tumba a otra. Mantuvo siempre las manos en los bolsillos de su chaqueta, que era una réplica, dicho sea de paso, de la chaqueta que tenía puesta el Rorro en el ataúd. Esa noche, Alejandro durmió de forma plácida, perfecta. La pena es un buen sedante, pensó, y se largó a llorar una vez más, rompiendo su promesa.
* * *
Ricardo, que casi nunca era llamado así, sino Ratón, por lo arratonado y fome, por lo solitario y parco, supo de la tragedia a través de la radio. Aunque para no caer en el mito, al escuchar la crónica policial en la emisora favorita de su empleada doméstica que en ese momento preparaba rellenitos de hojas de parra, Ricardo sospechó de inmediato que la víctima no identificada aún debía ser el primo de su primo Alejandro. Todo calzaba: el color y la marca de la moto, la edad estimada, el sector donde sucedió, la alta velocidad, la manera rápida y —para él— romántica, mítica, cinematográfica de morir, casi como sacando pica; casi se dijo: «Siempre en el centro de la atención, loco».
En el momento de escuchar el noticiario estaba estudiando unos apuntes del ramo que no pasó en diciembre, el cual debía rendir en un temido examen a comienzos de marzo. Este había sido su primer fracaso. Nunca tuvo una mala nota en su vida y entró a la universidad a la carrera a la que postuló en primer lugar. No así Alejandro, que tuvo que pasarse todo el año anterior al accidente preparándose para ingresar, mientras que él disfrutó de un primer año lleno de sorpresas y desafíos mientras entraba a un mundo totalmente distinto al del colegio de hombres religioso donde había estado por doce años. Ese primer año universitario —en la Chile— fue muy distinto a lo que se imaginó. Sí, repitió un ramo, no por flojera sino porque no era capaz de entenderlo. Y estaba lo otro: el no pertenecer. No sentirse parte. En el colegio eran un grupo y él estaba al centro. Ahora se sentía rechazado, al margen. Sus compañeros lo tildaban de turco-con-plata, hijo-de-comerciante, facho, cuico, de barrio alto. Esto le llamó la atención porque en la cultura de la élite el hecho de que Ricardo fuera de ascendencia árabe lo colocó siempre en una plataforma inferior. Pero Periodismo era un submundo, con otras reglas. Ricardo se vio inventando excusas, mintiendo, inventando amigos, abrazando causas que le eran ajenas. Este no era su ambiente y ya estaba claro: nunca lo sería. Y para peor: no era el más sagaz del curso, entendía poco acerca del significante del significado, a veces sentía que no veía una y debía tragarse día a día un ambiente intenso, sectario y resentido que destilaba ira. Ricardo odiaba Periodismo y ya sabía que nunca sería un profesional de eso y, mes a mes, se iba encerrando en su propio mundo, no hablando, no interactuando excepto con sus casetes y su música.
Al llegar la tarde, su madre dio el aviso de la tragedia a todo ese lado de la familia. El Ratón sólo se limitó a sentirse satisfecho por haber acertado. Quizás tenía algo de periodista, después de todo. Tenía intuición, perspicacia, era capaz de olfatear y atar cabos. En efecto: el Rorro estaba en esa moto. El primo de su primo, el mejor amigo de su amigo que nunca fue, la otra parte del equipo más perfecto de toda la parentela, el tipo que lo hacía verse aún más patético y poca cosa, ya no estaba. ¿Las cosas cambiarían? ¿Esto era una tragedia o una oportunidad? La reacción que sintió fue un respiro, un cierre a un odio injustificado. Sí, obvio: le tenía envidia porque no era tan audaz, vivo, chillón, desenvuelto, flaco, feliz, emprendedor y risueño. Rodrigo era el opuesto más opuesto que tenía y ahora ya no estaría opacándolo con su presencia. El nuevo muerto fue una vez su meta inalcanzable; jamás iba a poder ser como él ni como sus clones. Tampoco quería o creía que podría: mal que mal, los despreciaba, miraba en menos a esos chicos que tomaban Free y estaban tan al tanto y a la moda. Por mucho que quisiera ser como ellos, pasarlo bien y aprovechar la vida aunque fuera corta como la de Rodrigo, Ricardo sabía que nunca le resultaría algo así. No podría ser nunca uno de ellos. Su moral y su cableado interior no se lo permitirían. Jamás se convertiría en el enemigo. Prefería hundirse en su sillón con la luz apagada, sumergido en los lamentos de una ópera rock, observando a la distancia las luces del lugar de reunión —pub, ahora eran pubs— que estaba cerca de su casa y donde el Rorro era el rey. El mismo sitio donde la micro lo dejaba: prefería eludirlo, tacharlo de su geografía, caminar tres cuadras adicionales con tal de no tener que soportar el espectáculo de la gente divirtiéndose a costa suya.
Ricardo se sentía siempre lejos, nunca en contacto con nada, ajeno, un intruso. Nunca aceptado, jamás invitado. Como esa vez en la playa. Era una tarde de verano y recién estaba aprendiendo a manejar (nunca lo logró y todavía no aprende). Ricardo, que nunca veraneaba (no toleraba sacarse la polera en público por sus pelos, por su panza), estaba de visita con ocasión del cumpleaños de una tía. Lo mandaron a buscar a sus primos a la playa para que participaran del asado. Ricardo pidió prestado el auto y bajó del cerro con extremo cuidado por el camino de tierra. Al llegar a la playa lo asaltaron las coloridas imágenes y la desenfrenada música que llegaba de todos lados. Parecía un clip de Wham. Al tiro quiso alejarse, huir de esa plaga, pero algo lo llamaba a mirar, a tratar de observar y entender. Estacionó el auto al lado del kiosco principal de la playa, cerca de las banderolas que flameaban y de la ducha donde se quitaban la arena las chicas en tanga antes de regresar a sus casas. Ricardo paró el motor y miró hacia el mar: centenas de cuerpos perfectos, toallas fluorescentes, paletas, bronceados, sombreros y muchos jóvenes como él, pero más seguros y confiados, besándose bajo los quitasoles. Quizás por estar tan atento a lo que sucedía en la arena no se percató cuando se acercó una chica con el pelo color miel y un traje de baño entero calipso. Se detuvo frente a su ventana y comenzó a mirarlo fijamente. Ricardo estaba asombrado. La chica se arregló los tirantes y Ricardo pudo vislumbrar un poco de piel blanca que contrastaba con su bronceado total. La chica sacó de su bolso de paja una peineta y comenzó a peinarse suavemente. Fue entonces cuando Ricardo se percató de que los vidrios del auto de su tío eran polarizados. Parecían espejos de día y no se veía nada hacia el interior. La chica no miraba a Ricardo, gozaba consigo misma. Ella siguió sonriendo y se examinaba la cara con expectación. Ricardo acercó su mano al tibio vidrio y lo tocó a la altura de la mejilla de ella, que suspiró y se alejó. Ricardo permaneció silencioso. Empezó a sudar. Hacía calor dentro con las ventanas cerradas. Un jeep lleno de adolescentes y universitarios se estacionó al lado suyo y comenzaron a bajar varios tipos con poleras de distintos colores y diseños, pero que tenían algo en común: ninguno estaría jamás encerrado en un auto espiando cómo el resto se asolea y lo pasa bien. Ricardo vio de pronto al Rorro y a Alejandro salir del mar, brillando, reflejando el sol, rodeados de chicas que los miraban con deseo. Encendió el motor y echó marcha atrás y partió a andar por la costa, se internó hacia unos campos, se alejó lo que más pudo de esa playa tocada por los dioses.
El día del entierro, fecha en que toda la familia vestida de negro partió al nuevo Parque del Recuerdo a despedir a Rodrigo, Ricardo se excusó porque tenía una jaqueca paralizante. Casi dijo que debía estudiar, pero captó que no sería aceptable. Su madre estaba tan afectada que no discutió con él ni negoció ni lo obligó. Casi prefirió que no fuera. Ricardo sintió, por primera vez, que ella entendía que él no era capaz, que no tenía lo necesario para asistir a ese funeral. Se quedó en su cama en silencio y corrió las cortinas. Hacía calor. El sólo hecho de pensar en cómo todos llorarían al Rorro hizo que su temperatura subiera y comenzara a tener tercianas. Pensó en la cantidad de amigos de Rodrigo que irían, en todas las chicas llorando. ¿Cuántos amigos hubieran asistido a su entierro? ¿Hubieran ido chicas bonitas a despedirlo? Cuando empezó a sudar y a botar la temperatura se obsesionó con la cantidad de tierra con que tapan un ataúd. ¿Cómo era estar enterrado? Parecido, pensó, a como él pasaba los fines de semana.
Esa noche se acostó cavilando acerca de los comentarios que escuchó de su familia cuando llegaron del funeral. Alejandro, se enteró, fue fuerte pero al final se quebró. Andaba con unos anteojos oscuros. Anteojos del Rorro, comentó su madre.
Cuatro días después, Ricardo rindió su temido examen. Reprobó. Tendría que cursar ese curso durante todo el año pero sin poder tomar ramos de segundo. Luego tomó el metro y después una micro hasta el cementerio pero al llegar a la puerta decidió regresar a su casa. Tampoco lo hizo. Se bajó en el centro y entró a un rotativo.