I
Llevaba ya cinco horas esperando y el avión se negaba a partir. Los parlantes anunciaron que la huelga seguiría en pie toda la noche, que perdonaran, quizás mañana a las ocho, flight three fifty nine cancelled until further notice. Mejor era no amargarse. Total, el lío era por una buena causa. El hotel del aeropuerto estaba lleno. Por estar de tránsito no podía partir a la ciudad. Todo estaba en mi contra. Arrendé un locker para mi maletín. Si me quedaba dormido no quería encontrarme con la sorpresa de que algún robachico hubiera hecho de las suyas. Escondí bien la llave y aproveché de comprar el Newsweek. Me instalé en una trizada silla de plástico a esperar.
El recinto estaba repleto, atestado de pasajeros que ya habían perdido las esperanzas de llegar adonde pensaban llegar. De los ventanales empañados chorreaban gruesas gotas que luego caían al gastado suelo de fléxit. Ahí se formaban pocitas que los viajeros esparcían con sus zapatos por el terminal, dejándolo todo mojado, jabonoso. El calor reinante parecía un chiste, espeso y hediondo; una mezcla del rancio olor del Canal con el hedor de cansadas axilas sin desodorante. El piso de la sala de espera estaba cubierto de puchos, envoltorios, colillas de pasajes y chicles endurecidos. En todos los rincones había gente: durmiendo, conversando, enfrascados en alegatos, cortándose las uñas, resolviendo crucigramas. Los distintos acentos latinos luchaban por imponerse. Cerca mío una guagua comenzó a berrear. Decidí dar una vuelta.
Tenía la camisa enteramente pegoteada bajo el terno. Me acerqué a un puesto infecto donde vendían jugos. Ahí un negro me ofreció prepararme un Contadora Special; no pude decirle que no. Pescó dos pomelos y una guayaba. Después de pelarlos los puso dentro de una juguera junto con agua mineral, un huevo, hielo y azúcar. La espuma se expandió en el brebaje. Vertió la mezcla en un vaso y me lo tomé.
Había partido de Santiago en la mañana con la energía que debe sentir un fugitivo que escapa del guardián. Ahora toda mi ansiedad estaba en suspensión; el sueño me estaba pesando y me asustaba eso de estar en la mitad del mundo, solo, con otro horario, otro clima. La Cecilia —mi mujer— y mis tres enanos fueron a despedirme a Pudahuel. Felices de verme contento. Ellos partirían tan pronto finalizara el colegio. Por fin me había ganado una beca para estudiar en la NYU. Varios años más tarde de lo que me había presupuestado, por cierto. Pero igual era una gran oportunidad. Mi suegro, además, me consiguió este puesto donde estoy escribiendo: a pasos de Columbus Circle, cerca de Julliard y del Central Park que tanto quiero. Una editorial que traduce escritores latinoamericanos. Podría estar peor, supongo.
Tenía apuro por llegar a Nueva York y me molestó el quedarme parqueado en Panamá. Pero después de haber esperado tanto pensé Manhattan can wait y así fue. Decidí jugar en unos tragamonedas instalados en los pasillos del aeropuerto. No gané. Mejor. Era una estafa: uno metía cuartos de dólar y recibía balboas, lempiras y quetzales. No valía la pena.
Lo encontré en el baño. Al principio no lo reconocí. Estaba al fondo, enrollando un pito sobre un lavatorio. Se veía bien el Miguelo, un poco loco y desastrado, pero bien. Mucho más joven que yo, en todo caso. Andaba con el pelo corto a los lados, parado adelante, largo hasta los hombros por atrás. Tenía puestos unos lentes espejos con el marco verde fluorescente, bastante new wave. Parecía un artista que deseaba ser reconocido. Bien quemado estaba el Miguelo, color mate, una barba a medias que le daba un aspecto de «desordenado a propósito». Andaba con una camisa que yo jamás compraría: una guayabera anchísima, llena de estampados, palmeras, minas en bikini, parasoles, gaviotas, rascacielos. En los pies, unos zuecos color té-con-leche.
Terminó de enrollar el huiro, mojando el borde del papelillo con su lengua. Lo guardó y dio media vuelta. Me miró fijo y comenzó a sonreír. A medida que avanzaba hacia mí, más se reía. Se sacó los lentes. Sus ojos estaban verdes pero brillosos, medio extraviados. Me llamó la atención un atractivo aro, una especie de lágrima emplumada que le bailaba desde un lóbulo. Traté de acordarme de cuál era la decisiva, si la izquierda o la derecha, pero no pude. Miguelo ya estaba encima mío, abrazándome, levantándome en el aire, gritando garabatos por todo el baño.
—¿A ver si sabís quién soy?, ¿a ver?, ¿quién?, ¿quién?
Miguelo estaba loquísimo, alterado. Yo trataba de expresar mi alegría, mi sorpresa, pero no pude, solo una sonrisa quieta como huevón; qué bueno verte, descueve tu pinta, la raja encontrarnos, tanto tiempo, huevón, la media casualidad, las cagó el mundo pa’ chico.
—¡Puta, compadre, te las mandaste! Enfermo de elegante, todo un businessman... ¿Qué mierda hacís aquí? En la mitad del planeta, huevón.
—¿Hace cuánto? ¿Cinco, seis años? Harto, ¿no creís?
—Sí, volada, ¿no es cierto? Me la compré en Miami. Súper loca esa ciudad: puros viejos de rosado con sombreros. A todo kitsch, todo artificial y falso.
—¿Casarme? No me huevís. No thank you, no way. Además, vos sabís, allá en USA las minas se encaman al tiro. No como en la universidad. Llegar y llevar. Me he echado cada polvo, compadre. A todo kink, sadomasoquismo, esa parada. Lo vai a pasar la raja, compadre. Espera no más. Vai a acordarte de mí. A la semana te vai a sentir obligado a ponerle el gorro a la Cecilia.
—Sí, ¿cierto?, me queda bien la bronceada. Sigo seco pa’l sol. Oh, vanidad. Y vos también, no te hagái el sueco, huevón, o dime que no te acordái de esa vez que estuvimos todo el día en la piscina para vernos matadores para una fiesta y al final yo me pesqué a la, ¿cómo se llamaba?, la que cantaba siento que me hace falta... ¡Qué huevada!
—Bueno, mira, vivo en el Village, pero en el East Village, que es donde está la papa: el otro Village está muy gay, muy elegantoso, puros restoranes. En todo caso, se caga cien veces a Bellavista y Lastarria juntos. Claro que antes de llegar a New York anduve vagando a lo Jack Kerouac por las Rocallosas y Utah. Me tiré a una mormona drogada. Recorrí todo el continente. Tomé fotos. Bien buenas, las expuse en una galería del SoHo. Incluso fue el Andy Warhol y un par de los Talking Heads.
—¿Y cuándo se viene la Cecilia? Quiero ver a tus enanos, me tincan ene.
—Mira, yo trabajo no lejos de donde vai a estar; podríamos juntarnos a la hora del lunch o podemos ir al cine. Conozco uno donde solo dan películas antiguas. Programas dobles con puros filmes malos. ¿Has visto algo de Edward D. Wood Jr? Son las peores películas del mundo. Extraordinarias.
—Cómo te explico... Es un diario, un semanario en realidad, onda liberal; new left, you know, más chico y menos vendido al sistema que el Village Voice. Cubrimos la vanguardia, la fusión de culturas. Escribo de todo: entrevistas, críticas a performances, reportajes, that kind of stuff.
—Oye, un día de estos, cuando vuelva, te llevo unos cuentos míos para que los leas. Son medio degenerados, a lo Bukowski, pero a mis amigos les gustan. Les encuentran una atmósfera a decadencia sudamericana. Cáchate.
—¿La novela? No es muy larga: 247 páginas. Mi editor cree que se va a vender. Incluso en suburbia. A los gringos les gusta este tipo de cosas. Los exiliados que conozco, eso sí, me van a matar, pero igual yo no los pesco. Tú sabes, siguen con la onda del discurso y la unidad. Los Inti y la Violeta. Me latean. Prefiero escuchar al Phillip Glass, no sé, a la Laurie Anderson. Tú me entendís. Estoy en otra. Por algo me fui. Chile se puede aguantar solo por un tiempo. Si no, corres peligro de acostumbrarte y considerái que todo lo que sucede allá es normal.
—Duró un año, pero la comadre se creía Annie Hall, andaba con sombreros y corbatas y se metió a un instituto hermético y ahí en una dieta para purificarse: nada de carne ni café ni drogas ni sexo. ¡Imagínate! Tres meses sin culear. No me huevís. Para qué vivir con una mina si tenís que irte de pura mano. Ahí se terminó todo. El otro día la vi en Penn Station. Ahora se afila a su gurú.
—Me dio por el teatro. Estoy metido en un taller de un argentino superamigo. Estamos montando un cuento mío, muy en la onda de Puig. Trata sobre un operador de cine que, de pura soledad, se vuelve loco y comienza a insertar trozos de películas que él hace en los filmes que exhibe.
—No, si lo que sucede... Te queda bien el ternito, el pelo corto, la colonia... ¿A dónde fue a parar tu barba, loquillo? Hope you didn’t sell out?
—En Miami llamé a este cuico del Ciro. Está rebién. Me pasó a buscar al motel y fuimos al Fontainbleu a tomar daiquiris rosados. Nos engrupimos unas minas de miedo. Me tocó una mulata de Trinidad-Tobago. Me mordisqueó entero. Tengo todas las huevas con yodo.
—¿Querís...? Pero qué tiene, si en este pedazo de país todos la fuman. ¿Cómo creís que lo aguantan si no? ¿Dime que no te hai leído al Carlos Castañeda? Te falta mucho, my friend, a real fucking lot.
—Sí, puh, loco, a Chile me voy. La tierra de los zorzales y de los rojos co-pi-hues. ¿Cómo estoy? Buena memoria, ¿ah?
—Echo de menos la represión; tanta democracia me ha hecho daño, no sé cuándo debo parar. Allá todo tranquilo, poca sangre, pocos milicos en la tele. ¿Te acordái cuando descubrimos que el gas lacrimógeno servía para volarse? Con el Cristián pasábamos metidos en todas las barricadas para puro atinar. Dime si hay algo más entretenido que torear a los pacos. ¿Y los concha de sus madres siguen degollando?
—No, en serio, voy a dar una vuelta, ver a los amigos. Especialmente tú, que eres mi debilidad. ¿Para qué te urgís? Soi muy cómico, huevón. No corres ningún peligro, te juro. En todo caso, tú sabes, de entre todos mis malos amigos, eres el peor. Te he echado de menos. Poco, pero te he echado.
—Supongo que también voy para ir a ver a mis viejos, a la abuela, ver Santiago, la escuela, el Normandie. No sé, tratar de ver si soy de allá, ver si aún pertenezco. Tú sabes, you can’t go home again. A veces pienso que nunca me ubiqué allá en Chile, que siempre estuve de paso, como en libertad condicional.
—Oye, media casualidad. Pensaba llamarte cuando llegara y sorprenderte.
—Hagamos una cuestión bien hecha: yo te llamo a tu hotel cuando vuelva de Santiago y nos vamos por ahí a comer algo. ¡Ya sé! Vamos a Elaine’s y vemos al Woody Allen. Siempre va con la Mia. Antes iba con la Keaton, que era mucho más rica; me encanta la Diane Keaton, yo jamás la hubiera abandonado. Los lunes el Woody toca jazz en el Michael’s Pub. Siempre nos juntamos ahí con mi grupo. Si está muy lleno, comemos algo en el restorán hindú que está en la 54, entre la Primera y la Segunda. ¿Te imaginas la envidia de los de la escuela si supieran que tú, yo, Woody Allen, Richard Price, qué sé yo, estuviéramos sentados en una misma mesa arreglando el mundo? En una de esas, compadre. En Nueva York todo puede pasar.
—Estái empapado, ni que tuvierai fiebre, huevón. Se nota que no estái acostumbrado al trópico. Miami estuvo la semana pasada calurosa a cagar. Una onda de calor tremenda. Como en Cuerpos ardientes. Ven, vamos a secarnos.
Seguí a Miguelo hacia un rincón descascarado del baño. Ahí apretó los botones de dos máquinas secadoras de manos. Salía un viento helado, no caliente como en Chile. Miguelo pescó los aparatos y los dio vuelta. Colocó sus sobacos arriba del chorro de aire que salía. Yo me saqué la chaqueta y lo imité. Poco a poco lo mojado de la camisa se fue secando. Y la tela se heló. Corté la cuestión antes de resfriarme.
Viendo a Miguelo así, secándose la barba, con el pelo volando, pensé que él no podría estar en un escenario mejor. Y yo, como siempre, no podía estar más lejos. No tenía nada que ver con él, nada en común. Algo no cuajaba, costaba enganchar. En ese instante, por primera vez en años, lo eché de menos.
Salimos del baño y los de la sala de espera seguían aguardando lateados a más no poder. Dormían arriba de los bolsos, usando sus ratones Mickey del Epcot como almohadas.
—¿Vamos a la terraza a ver los aviones? Tengo ganas de pegarme una volada.
La terraza era más grande que la de Pudahuel y parecía como si se introdujera en la pista. Todo estaba negro y solo se veían las lucecitas que formaban un trazado en el horizonte. Los aviones estaban posados en la losa, uno al lado del otro, esperando cerrados y tranquilos el fin de la huelga. La humedad seguía firme, espesa, pero por lo menos había brisa. Brisa caliente, pero una brisa al fin que traía consigo una especie de niebla que se quedaba colgada sobre los pantanos.
—¿Te acordái de ese avión de la Braniff, ese lleno de colores fuertes, pintado en forma sicodélica? El que hizo Calder. Yo siempre quise viajar en él. Nunca lo hice.
Miguelo se fue hacia una esquina y se apoyó en la baranda. Dejó sus bolsos de mano en el suelo: encendió el huiro. Lo aspiró profundamente y contuvo el humo. Finalmente lo dejó escapar. Detrás de Miguelo flotaban luciérnagas, me acuerdo.
La brisa cambió de dirección y el picante aroma del huiro me circundó, llenándome de imágenes antiguas que ya había olvidado: carreras de auto, pelando forros, por la Kennedy; Miguelo bailando en la calle a las cuatro de la mañana raja de cocido; recitales de rock en el Chile; rompiendo botellas a la salida del Trolley; engrupiendo minas en la pérgola del Mulato Gil; presos por marihuaneros en la Peni; capeando clases en el parque San Borja; paseos a Cartagena, donde las parejas quedaban deshechas y nacían otras jamás imaginadas.
Ya ni me acuerdo cuándo o qué día conocí al Miguelo. Fuimos compañeros de universidad y amigos. Pasábamos todo el día juntos. Entre las clases malas, los paros y las asambleas, había tiempo de sobra para ir al cine (eso era básico, vital), a fiestas todos los viernes, seducir mechonas, ir a robar libros chicos (de esos que caben en los bolsillos de un viejo abrigo usado), comer lomitos en la Fuente Alemana, juntarnos todo el grupo en mi casa para escuchar a los Doors o a los Pink, un poco de Springsteen y harto de Police, comer pizzas, fumar hierba, tomar pisco, ver video clips, jugar póker.
No sé cuándo comenzamos a distanciarnos, cuándo el grupo, nuestro lazo, nuestra pandilla de Toby, se acabó. Tampoco recuerdo el día que se fue de Chile. Ni fui al aeropuerto. Había abandonado el último año en la escuela: «Este país me queda chico, me tengo que virar». En ninguna parte calzaba. Le tenía resentimiento por no haber cumplido con lo mínimo que debía hacer alguien que se llamaba amigo, en especial en esos días en que la amistad y su consiguiente carrete eran lo único soportable, el único apoyo para resistir la eterna y cansadora ausencia de una pareja. Quizás yo le tenía envidia. Estaba picado por no ser como él, por no tener las patas para mandar todo a la cresta y viajar, atreverse a hacer lo que siempre yo había querido, sin pensarlo dos veces. Me parecía admirable su fría capacidad para no sentirse atado con nada sentimental. Pero a pesar de toda nuestra hermandad, su huida no me afectó demasiado, me pareció más bien esperable y anunciada. Ya no lo necesitaba tanto. Yo había encontrado a la Cecilia y ella me bastaba, más de lo que me había imaginado. En realidad fue Miguelo quien conoció a la Cecilia durante un Festival de Cine UC. Él me la presentó, pero yo fui quien me enamoré de ella al segundo, fui yo quien se dio cuenta de que ella era quizás mi único escape, mi última oportunidad. Mi pololeo trizó mi relación con Miguelo. Me puse tan engreído, tan seguro de todo, con esa altivez que se siente cuando uno sabe que alguien lo ama, que ni me preocupé de si él se sentía desplazado, afuera, solo. Miguelo nunca me dijo nada, no me criticó y yo tampoco intenté tocar el tema. Se fue alejando de a poco, recorriendo Santiago con mi misma pandilla que ya me parecía insoportablemente adolescente, quedándose dormido en cualquier casa, cayendo preso por drogas, por lanzar panfletos. Ni lo veía: solo rumores de sus locas andanzas, de sus escandalosas escenas por el underground capitalino. Después no supe más. Yo terminé el año y antes de finalizar mi tesis tuve que casarme apurado. Igual lo deseaba. Era mi sueño y lo estaba concretizando. Por fin, Miguelo se embarcaba solo, en un avión, rumbo a otro continente, a otro día.
Nunca más supe de él. Hasta esa noche. Teníamos varias horas para reanudar esos lazos. Me sorprendía su triunfo: lo había logrado, era parte de esa élite soñada por todos mis antiguos compañeros que ahora eran unos burgueses que pagaban el auto a plazos, trabajaban de lunes a viernes tranquilos y obedientes, esperanzados de poder hacer lo que desearan una vez que jubilaran. Me escandalizaban las historias de Miguelo, su mundo, esa cosa cosmopolita que transmitía. Me atraía eso de trabajar en teatro o en ese diario chalado. Me asombraba aun más de lo que siempre lo había hecho. Sin embargo, seguía sintiéndome lejos; no podía lograr comunicarme. Me sentía tan poco al lado suyo. Intuía la visión que se llevaba de mí y eso lo empeoraba todo.
—Bueno, Miguelo, dime, ¿cómo estás?
—Bien. Bien, bien. No me puedo quejar. Al fin puedo decirlo: me siento contento, tranquilo. Creo que ando con racha. I can’t complain. Casi feliz.
—¿Y qué piensas hacer después?
—Nada; lo que salga. One day at a time.
—¿Y metas?
—¿Qué chuchas es esto? ¿Una entrevista, huevón?
No me fluía nada. A sus preguntas respondía clichés.
Trataba de hacerme el seguro, el ganador. Todas mis opiniones sonaban huecas, con eco. Ya no estaba tan seguro de arrasar con Manhattan. Miguelo me hacía dudar. Antes de partir le dije a la Cecilia que nos tenía que ir bien en Nueva York porque if you can make it there, you’ll make it anywhere. Ahora, un par de meses después, me doy cuenta de que no siempre se logra lo que uno quiere. Tengo ganas de volver. Necesito ver a la Cecilia. La echo de menos.
Miguelo por fin acabó el pito. Yo me alegré porque ya veía que nos atrapaba un paco y que íbamos a terminar en un calabozo de Balboa y no en nuestros respectivos aviones. Bajamos al concourse que solo era una sala de espera mal iluminada. Nos sentamos en unos sillones de espuma. Los aseadores barrían la basura y unas mujeres con cara de resignación limpiaban las transpiradas ventanas. Seguimos hablando y hablando. A Miguelo no le paraba la lengua. A lo lejos se escuchaban merengues, una salsa del Rubén Blades y hasta el mismísimo Lucho Gatica. En pocas horas —las peores: cuatro, cinco, seis de la mañana— habíamos resumido toda nuestra adolescencia y alcanzamos a ponernos bien al día con el presente.
El alba comenzó a llegar en forma lenta y caliente, tal como sucede en el Caribe. El sol se asomó de inmediato en el este y era una bola amarilla. Todos los bichos y los pájaros que dormían en los pantanos se alzaron frente a él, tapándolo por un instante. No había cordillera que hiciera más difícil su salida, por lo que se deslizaba con la mayor de las gracias. La niebla se disipó en forma de evaporación, quedando el pasto reluciente y lubricado. Las ojeras de todos los pasajeros delataban el desvelo. Un par de locales comenzaron a levantar sus rejillas. En una esquina escondida había una de esas especies de cabinas en que se toman tres fotos por 75 centavos de dólar.
—¿Saquémonos una?
Cómo podía decirle que no. Nos sentamos en la butaca, colocando los ojos a la altura indicada en el espejo. Apreté el botón. Esbocé una sonrisa. Salieron bien. Yo me quedé con una. Miguelo con dos. Él pagó.
—¿Quieres café?
—Hace un par de horas que lo estoy deseando —le respondí.
—Yo voy. Te invito.
—Espero que no sea instantáneo. Sería el colmo.
Y partió.
Al principio no podía relacionar las cosas. Por equivocación abrí su bolso de mano buscando mis cigarrillos y encontré su pasaje. No tenía destino a Chile sino a Venezuela. Adjunto, un contrato donde Miguelo aparecía como obrero encargado de tender un oleoducto en la selva.
El aeropuerto ya estaba lleno de una luz dura y acaparadora. Miguelo apareció por un largo pasillo y traía un vaso de café en cada mano. A medida que se acercaba, traté de buscar los términos adecuados para preguntarle qué ocurría con Venezuela. Venía tan tranquilo y altivo que me era difícil coordinar ideas. Era como si él flotara sobre el piso. Parecía que tuviera resortes en los pies por la forma como se balanceaba. Cualquiera diría que estaba entrando a una première hollywoodense o abordando un yate.
—Mira lo que te conseguí, chico. Un poquitico de café colombiano de cafetera. Chévere, ¿no?
Estaba rico el café. No pude decir nada. Si me mentía era por algo. Supongo que no éramos tan amigos. A los amigos no se les cuenta cuentos. Pero no dije nada. Imposible desenmascararlo. Quizás su sonrisa saliente se hubiera quebrado. No podía. Le seguí el juego.
En eso la huelga se levantó y mi avión se preparaba a partir. Los motores comenzaron a encenderse y el aeropuerto se llenó de ese ruido tan delicioso. Los parlantes avisaban los primeros vuelos y pedían disculpas. Los pasajeros se amontonaban frente a las puertas de embarque. Más atrás, en plena sala de espera, un grupo con rasgos árabes comenzó a cantar y a bailar alrededor de unos novios que también danzaban. Miguelo y yo mirábamos asombrados la alegría y el desplante de los paisanos. Yo traté de hacerme el huevón, pero igual tenía que despedirme. No había vuelta que darle.
—Llegó la hora, compadre. Parece que yo todavía tendré que esperar un poco más.
—No te olvides de llamarme cuando regreses de Chile. Y no dejes de ubicar a la Cecilia en Santiago. Va a estar feliz de verte. Ella te puede llevar donde todos los amigos.
—Lo primero que hago al llegar a Pudahuel es llamarla. Te lo prometo.
—Ok. Cuídate.
—¿Yo? Tú, en todo caso. Manhattan es una selva. Te puede comer si no estás atento.
—Quiero verte allá.
—Yo también. Iremos a ver al Woody Allen.
—Trato.
—Hecho.
—Aún me cuesta creer que eres tú.
—Para que veas. Nunca he dejado de sorprenderte. No lo podís negar.
Me timbraron el pasaje y antes de entrar al túnel nos abrazamos y sentí que me cortaba. Chao, Miguelo. Avancé lento por ese brazo que conectaba la terminal con el avión. Estaba por llegar cuando Miguelo me gritó:
—¡Chao, huevón!
Levanté la mano y le grité de vuelta:
—¡Yo también!
Entré al avión y tuve hartos presentimientos. Qué locura encontrarse con él. Por qué tanta chiva, qué ocultaba. Total, pensé, qué importa, no todos los días uno se encuentra con alguien que uno quiere. Y el avión despegó, sobrevolando el Canal, perdiéndose entre las nubes.
II
Después de tener más de sesenta días a mi haber en esta loca isla de Manhattan, llegué un día a mi departamento vacío del Upper West Side y me senté a mirar los rascacielos que surgían al otro lado del parque. Los miré por horas, en silencio, hasta que el sol se puso y cada uno de ellos se iluminó piso por piso. Andaba de mala, agotado, tenso; aún faltaban más de cuatro meses para que llegara la Cecilia y ni siquiera había intentado buscar un departamento que fuera un poco más grande que el de un ambiente que arrendaba. La pura idea de tener que irnos a Hoboken o a Queens me deprimía. La plata, por cierto, iba a alcanzar para poco. Seguro que los niños iban a echar de menos el espacio, el jardín. Eso ya me llenaba de culpa. Lo otro era Miguelo. No daba señales de vida. Yo sabía por qué: no quería que lo pillara en sus mentiras.
A pesar de tener que colaborar con la editorial (una lata) y de estudiar como carretonero algo que ya ni me interesaba, no pude dejar de investigar. Tenía tiempo. Mi vida social igual equivalía a cero, mis compañeros de curso parecían hijos míos, no entendía sus códigos, me sentía subdesarrollado, conservador. No iba a los recitales; menos aun a la escena de los bares y las discothèques. Un par de veces salí con una mina de Sri Lanka, fuimos al Thalia a ver algo de Tarkovski, pero fue algo platónico, desubicado. Estaba solo y lo sentía. Miguelo tenía tantos panoramas. Quería verlo, saber algo de él, preguntarle cosas. Tenerlo como referente, quizás. Decidí, entonces, dármelas de detective, seguir sus pasos, encontrarlo.
Mirando esas luces, las mismas con que había soñado en Chile, recapitulé todo lo que había aprendido sobre su vida.
La curiosidad me nació, desde luego, en Panamá, pero comenzó a aumentar al no recibir su tan prometida llamada telefónica. Cuando me cambié al departamento, dejé especificado en el hotel que, si alguien me llamaba, por favor le dieran mi fono. Nada. La Cecilia en las cartas me preguntaba por Miguelo; nunca la llamó ni tampoco fue a ver a sus padres, que nada sabían de él desde hacía cuatro años.
Iba a ser difícil. Si existe una ciudad donde es fácil perderse, es esta. Quizás por eso llega tanta gente de todas partes del mundo. Uno siempre tiene la certeza de que nunca se va a encontrar con alguien; nadie que lo vigile, nadie a quien rendirle cuentas.
Llamé a Viasa y me confirmaron, después de largas súplicas y mentiras, que Miguelo había regresado desde Caracas hacía tres semanas en un vuelo directo. El pasaje fue cancelado en efectivo. Eso era todo lo que sabían. O sea, estuvo en lo del oleoducto apenas un mes. Extraño. Por lo menos estaba en USA.
Por supuesto revisé las guías telefónicas. No aparecía. Según la operadora central su nombre tampoco estaba listado en ninguno de los cincuenta estados. Comencé a comprar los tabloides. Tenía la idea de que podría aparecer en la sección personals:
«Happy birthday, Clay: love, Blair».
«¿Bisexual? Asiste al centro abierto Chelsea. ¡Sé todo lo que puedas!».
«Si eres la que andaba con un gran abrigo café jaspeado, comiendo helado de pistacho a la entrada del Bleeker Street Cinema el sábado a las tres, leyendo a E. M. Forster, llámame. Creo que te quiero».
«Get into the groove. See you Battery Park. Lunch. Friday. Rossana».
Puse un aviso en cada uno de los dos tabloides principales:
«Desperately seeking Miguelo.
Your Chilean friend».
Salía tres veces por semana. Cero respuesta.
El famoso semanario del Miguelo era casi demasiado no comercial. Ni siquiera se vendía en los kioskos del Village. Lo encontré en una librería especializada en novelas detectivescas y cómics. La publicación se llamaba Wierdo’s. La adquirí y me la devoré. Era una locura, con reportajes a las cosas más desquiciadas: una vieja punk que vende bolsas plásticas pintadas por ella misma y que vive en la estación del metro de Cortland; un grupo de lesbianas conservadoras que atacan el aborto; posibilidades de una futura invasión de extraterrestres (dónde esconderse, qué ropas usar, qué música tocarles). También contenía unos cuentos surrealistas, hiperrealistas, obscenos, además de unos locos poemas haikú y letras de canciones new wave.
Partí hacia la dirección que salía en la página dos,justo al lado de un aviso que llamaba a la unidad de los nerds de América.
La oficina de Wierdo’s quedaba en una vieja bodega que daba al Hudson, en la parte baja de Manhattan. Adentro, letreros de neón, pósters de Sid Vicious y los Dead Kennedys, un mural chillón y posmoderno. La recepcionista parecía recién llegada de Júpiter: andaba con un pelo color naranja eléctrico pero cortado a lo milico. Le conté mi problema. Me respondió con filosofía barata: «We all are lookin’ for someone». Tecleó la computadora. Sí, en efecto, una vez anduvo por ahí. Colaboró con dos artículos: los números 64 y 67. Dos años atrás. Mandó a llamar a un junior, un lolo andrógino, todo vestido a la usanza de Carlos Gardel, incluso con calañé ladeado. Esperé un rato. «Carlitos» volvió con dos diarios un tanto amarillentos. «That’ll be five bucks». Le pagué. ¿Tendrían acaso su dirección? No, nada. ¿Lo conoces? «Mira, darling, he tenido a tantos que ya ni recuerdo...».
En el departamento leí atento sus artículos. Eran atractivos, sorprendentes. Miguelo siempre había escrito bien, con gracia, pero nunca lo había hecho en inglés. Escribía como si fuera un nativo de Brooklyn. Uno de los reportajes era sobre un coleccionista que poseía todo lo imaginable relacionado con James Dean. El tipo, que tenía diecisiete cuando murió Dean, peregrinaba todos los 30 de septiembre a la tumba del ídolo ubicada en medio del heartland de Indiana. Ahora era un pelado cincuentón, bastante parecido en su modo a Sal Mineo, cuyas máximas pertenencias eran una puerta destrozada del Porsche (salpicada con la sabia sangre de Dean) y las botas puntudas que usó durante el rodaje de Gigante. Las botas le calzaban, no así la casaca roja de Rebelde sin causa. Los kilos y las penas de más habían distorsionado su silueta. Miguelo, que firmaba Mike-Angelo, había escrito una gran crónica. No era burlona, eso lo entendí bien, porque él siempre había venerado a Dean y se identificaba con su personaje de Al este del paraíso.
«Uno siempre escribe sobre las cosas que a uno le interesan, para puro poner frases que solo los amigos puedan entender», me dijo una vez y estaba en lo cierto. Por eso, quizás, escribo todo esto en vez de preparar ese informe atrasado.
El otro artículo de Miguelo era un divertimento: un análisis de los peinados de los rockeros a través de las opiniones de los estilistas más in del downtown. Criticaban a todos los del mainstream y entregaban recetas para tener el pelo como Boy George, Morrisey, Annie Lennox, Bono, hasta el propio Nick Zedd. El artículo tenía unas fotos bien locas de un tal Fanfare. Al día siguiente decidí partir a buscarlo. Andaba confiado. Quizás él sabía un dato que me podía ayudar.
Volví a Wierdo’s. La recepcionista andaba vestida con un traje de espadachín. Pregunté por Fanfare. Estaba en la sala de revelados, lo esperé. Era un tipo con los pelos engominados que surgían de su cráneo para tratar de tocar, como un erizo, el techo o algo incluso más elevado o metafísico. Usaba un terno como tablero de ajedrez. Me convidó a su laboratorio. Fijaba fotos de una marcha de provegetarianos. Se acordaba de Mike-Angelo y de los peluqueros. No sabía de su paradero, sólo que trabajaba part time en un cine medio rasca, especializado en programas dobles de mala calidad, cerca de Chinatown. Se acordó de eso porque Miguelo deseaba escribir un artículo acerca de los sobrevivientes de una película demencial que se filmó hace cincuenta años: Freaks. Quería que él fotografiara a los esperpentos, seres sin piernas ni brazos, mujeres con plumas, obesos sin ojos, que vivían asilados en un convento antiguo de Staten Island. Nunca lo hicieron. Miguelo nunca volvió a aparecer por Wierdo’s.
Mi plan era visitar el cine al día subsiguiente, puesto que para el otro tenía una entrevista con el cónsul chileno. El viejo era un naval jubilado, arribista y zalamero, de gestos estudiados que aprendió en un rápido curso de la Academia Diplomática. Me trató de «compatriota» y de «amigo». Detrás de su sillón estaba la infaltable foto del General con sus condecoraciones que, en ese contexto, al lado de una ventana que daba a la bahía y a la Estatua de la Libertad, más parecía un chiste de dudoso gusto. El cónsul, al menos, había hecho su trabajo: Miguelo ingresó a USA por el aeropuerto de Miami. De esto hacía seis años. En New Orleans solicitó prorrogar su visa, lo cual le fue aceptado. En Milwaukee llenó los formularios para su green card. Dos años después hizo su nueva entrada a Estados Unidos por Seattle. Esta vez con una tarjeta verde «legal» que compró en Vancouver. Cruzó la frontera como residente. La dirección que tenía el consulado localizaba a Miguelo en una casa playera de Venice, en Los Angeles. Llamé larga distancia a California. Resultó ser una pensión. La vieja, una inmigrante polaca, lo recordaba. Efectivamente, había vivido allí como un año. Pasaba metido en el mar y vendiendo artesanía con una niña irlandesa, su conviviente. Luego partieron a recorrer el Oeste. Nunca supo más de los dos.
Hasta ese momento lo único que tenía por cierto eran sus vagabundeos por medio continente. Lo otro era que, oficialmente al menos, estaba dentro del país. Si es que no se le había ocurrido cruzar el Río Grande a nado. Esa noche no estudié. Estaba nervioso con lo del cine. Quizás ahí lo ubicaba.
Al otro día, en medio de una tormenta eléctrica, dejé la universidad, tomé el metro y descendí a dos cuadras del cine. Su nombre —el Sennet— brillaba en ampolletas azules y coronaba la marquesina muy art-déco. Exhibían Invaders from Mars e Invasion of the Animal People. Me fui directo a la boletería. Una guatona con los ojos inflados a lo Marty Feldman, que probablemente no había sido tocada por otro ser humano desde el asesinato de Kennedy, miraba la calle en silencio, encerrada y protegida por una burbuja de cristal y cemento. Le expliqué todo. Apenas me miró. Típica paranoia neoyorquina. «Aquí se venden entradas, no información», me dijo. Finalmente se abrió: «Sorry, Miguelo doesn’t work here anymore». Me mandó a hablar con Eric, el acomodador. Habían trabajado juntos y podría saber algo.
El tal Eric era un cabro joven, de bigotes, bastante normal tomando en cuenta el sector, el tipo de película que exhibían y, en especial, el público que asistía: adolescentes, muchos new wave y travestis, hippies renegados, moonies, viejos verdes, putas haciendo hora hasta que anocheciera, chinos comiendo popcorn con palillos. Para más remate, y esto me agradó muchísimo, las películas eran en tres dimensiones, por lo que toda la fauna de la platea tenía puestos unos anteojos de cartón. Esperamos que un monstruo se comiera a la sexy Barbara Wilson y salimos al foyer a conversar. No me costaba imaginarme ahí a Miguelo devorándose los filmes, engrupiéndose a cualquier lunática estupendosa que anduviera necesitada de compañía. Eric me explicó que el cine exhibía filmes tipo serie B, pero que una vez que llegó Miguelo, «el chileno» comenzó a programar. Se le ocurrió dar películas con títulos parecidos. Resultó un éxito. Miguelo trabajaba el primer turno y era muy responsable y simpático, dijo.
Eric no lo conoció excesivamente (nunca fue a su casa), pero iban a tomar té verde y arrollados primavera a un boliche cercano. Sabía que era chileno, refugiado del régimen, torturado en una bodega del puerto de Valparaíso. Según Eric, el padre de Miguelo, un famoso líder de la intelectualidad sudamericana, había sido asesinado en un estadio deportivo. A Miguelo no le gustaba hablar de su pasado y él lo entendía porque su hermano mayor había estado en Vietnam y le sucedía algo parecido. También me sorprendió con el dato de que Miguelo colaboraba con Amnesty International y ayudaba a ingresar al país a haitianos perseguidos. Más aterrizado me pareció el que estaba escribiendo una novela sobre los cines pencas, que una vez le publicaron algo en Wierdo’s y que vivió un tiempo con Sarah, una flautista-modelo-actriz-poeta-camarera irlandesa que a veces lo iba a recoger a la salida de la función. Eric estaba informado: la relación con Sarah terminó, no sabía por qué, pero de una forma muy mala y violenta. Miguelo anduvo muy mal, ebrio y drogado, se quedaba dormido en las butacas.
Luego de la ruptura comenzó a trabajar en una boîte porno donde daban películas y había peep shows. También tenían espectáculos eróticos y putas y cosas así. Miguelo, antes de abandonar la pega, le confidenció a Eric que le fascinaba su nuevo trabajo, que se sentía apreciado y que estaba ganando buen billete fornicando arriba de un escenario. Por supuesto —estaba de cajón— no conocía el local, ni el barrio, ni nada. «No voy a esos lugares», me dijo y le creí. A estas alturas casi no me sorprendió su empleo. De pronto me imaginé a Miguelo en la tele haciendo alguna locura en That’s incredible (comencé a sintonizarlo por siaca) o cantando los domingos en Washington Square. Pero nada.
Volví estilando al metro. Tomé un carro todo rayado y mugriento. Comencé a leer los graffitis. El tren siguió avanzando por la oscuridad. Lleno, plagado de gente, de gente menos sofisticada que la que va por arriba, gente con grandes ojos y largos silencios, bolsas repletas de basura. En una estación se subió un grupo de negros break dancers con una tremenda radio portátil. En medio del túnel la encendieron y la música rebotó en las pocas ventanas que aún no estaban rotas. Supertramp empezó a cantar it’s raining again, oh no, I’m losing a friend y yo me bajé y la lluvia me mojó la cara y mientras miraba la silueta del edificio de la Chrysler que se perdía en las negras nubes que estaban apretando a Manhattan, pensé que todo era inútil y que no debía meterme en lo que no me importaba.
Los días siguientes estuvieron llenos de trabajos,de pruebas, lectura de mamotretos en busca de alguien que los publicara. En medio de esos tedios y obligaciones, de esas conversaciones con futuros premios Pulitzer que ni siquiera sabían inglés, comencé a averiguar acerca del mundo porno, del milieu del comercio sexual que era tan abundante como diversificado. Después de clases, como un empleado público con un secreto, me perdía entre los bares y las discos, las librerías y los cines hardcore. Hice una lista: más de cien y en todas partes, aunque Times Square concentraba casi todo. Descarté, en primera instancia al menos, los locales gay y de sadomasoquismo. Decidí centrar mi búsqueda por el Midtown e ir descendiendo. Todas las noches partía a dos o tres de estos antros. Resultaba caro porque no me creían el cuento y debía pagar igual, aunque fuera para hablar con el encargado y mostrarle la foto de Miguelo. Un Mike Hammer cualquiera con acento latino y chaqueta de tweed. Los locales eran,en esencia,iguales.Shows en vivo, sexo en vivo, mujeres con pene, videos pornos, acceso a lo que uno deseaba. Los primeros me choquearon pero al ir a tantos, y después de tanto tiempo de estar solo, comencé a fascinarme con los lugares, llegando a pasar horas mirando a través de un hoyito. Incluso reconocía caras, viejos y jóvenes, burócratas y obreros, hojeando revistas, instalados en hediondas y calurosas cabinas donde podían verse tres minutos de estímulos. Incluso paré en una sala, una pieza negra y terrorífica, donde una oriental se sobaba su clítoris lentamente bajo una luz azul mientras el público, hombres mayores, de bastón y bifocales, se masturbaban en el anonimato de seres semejantes que van a lo mismo, sin ninguna vergüenza, más bien redimidos gracias al vicio, a su descarada humanidad.
Pero el que busca, encuentra, y antes de lo pensado descubrí el local de Miguelo. Se llamaba Casbah y poco tenía de morisco. Estaba en la 43 Oeste, cerca del río, un barrio sórdido y antiguo, a punto de caerse derrumbado. El Casbah era un gran sótano pintado de negro y rojo con espejuelos, cortinas de terciopelo y estatuas de vidrio transparente. Era un sitio bastante cotizado por los hombres de negocios que no eran de la ciudad. Se entraba luego de soportar todos los nervios que significaba bajar por una larga y estrecha escalera iluminada de púrpura que albergaba a prostitutas que lamían a sus clientes y adolescentes extraviados que se inyectaban en la oscuridad. Una vez adentro, se pagaba. Distinto precio dependiendo del sector: privados con acompañantes, ventanas para mirar, bar y sala de espectáculos, cine con trago incluido.
Efectivamente, ese era el local de Miguelo, pero, por supuesto, ya no trabajaba ahí. Tampoco sabían dónde diablos andaría y tampoco les interesaba.
Trabajó ahí como un año y medio. Primero como camarero, luego hizo ciertos papeles en películas porno en blanco y negro para ser exhibidas dentro de esas famosas cabinas. Como eso lo hizo bien, tuvo buena acogida, dirigió algunas cintas para posteriormente actuar arriba del escenario. Fornicaba horas y horas en medio de una vorágine de luces fluorescentes, vientos, lluvia y Prokofiev. Debido a su buen desempeño, el judío dueño del boliche le permitió dirigir y protagonizar un filme porno a su gusto. Miguelo se salió del presupuesto y, tal como Cimino después de Heaven’s Gate, fue despedido y marginado del sistema de producción pornográfica. Su película se llamaba FOUR A.M. y era una de las favoritas del local.
Comencé a mirar el show en vivo: un japonés, un negro y un albino penetraban, a un mismo tiempo y por todos los lugares posibles, a una muy lubricada y engrasada tipa con el par de tetas más grandes que he visto en mi vida. Dolly Parton: vete a casa. Terminé mi gin y salí. Pasé al cine donde estaba finalizando una orgía a la romana con decorados de cartón piedra. En la profundidad de campo, detrás de una columna y de una planta, Miguelo se tiraba a una colorina. Cerca mío un tipo le mordía la oreja a una puta vieja con rasgos caribeños.
A continuación empezó la película de Miguelo, tal como lo había solicitado después de coimear al operador. La sala se fue a negro y la pantalla se iluminó de verde:
Gregory Santana and Ira Bender, in association with CASBAH SKIN, presents FOUR A.M., a film by Miguelo Henríquez:
La cámara comienza a alejarse y uno capta que el verde es un semáforo que en ese instante se torna amarillo. Es de noche y llueve. La cámara vuela por una calle vieja y gira: se detiene en una tienda de recuerdos cinematográficos. Ahí comienza un travelling con grúa, paralelo a un roído edificio de ladrillos rojos. A medida que sube se distinguen parejas haciendo el amor a través de las ventanas que están brillantemente iluminadas. La cámara continúa subiendo hasta que se introduce en un oscuro departamento cuya única luz es un leve reflejo azul. Corte a una toma en picado. Se distingue un catre de bronce, ropa tirada en el suelo, una silla y Miguelo despierto bajo las sábanas. Mira el techo. Hay una radio reloj digital en el suelo, justo al lado de una jeringa vacía. Los números son verdes: cuatro a.m. Miguelo se levanta con cara de pesadumbre, notoriamente deprimido y errático. Transpira como si tuviera fiebre. Solo tiene puestos unos viejos calzoncillos tipo boxer. Se acerca a la ventana. La cámara lo enfoca desde afuera y distintos colores se reflejan en su cuerpo. Mira atento, fijo; sus ojos se ven cansados; sin vida. La cámara retrocede para ampliar el plano: él introduce su mano en los calzoncillos. Comienza a juguetear con su paquete, la cámara toma el punto de vista de Miguelo y comienza a acercarse lentamente al edificio de enfrente. Hay una pareja desnuda haciendo el amor. La niña mira a la cámara fijamente mientras jadea. De pronto, un tren avasallador ocupa de improviso la pantalla, avanzando a tal velocidad que es díficil distinguir a los pasajeros que van dentro hasta que empieza a disminuir hasta avanzar en cámara lenta. Miguelo, ya desnudo, salta por la ventana y comienza a girar en el aire hasta que el tren termina de pasar. Miguelo está en la cama con la niña de enfrente, enroscados en un frenético juego masoquista de golpes y rasguños, estrangulamientos y gritos que dan paso a un orgasmo lento, ruidoso y tierno, una pequeña muerte suave y leve. Cambio de escena y la cámara está en la calle. Sigue lloviendo y unos viejos de abrigo negro recogen la basura. Un zoom nos acerca al semáforo y este comienza a cambiar de colores con ímpetu, rojo, verde, amarillo, verde, rojo, amarillo, verde. Se intercalan, en una secuencia larga y esquizoide al ritmo de un tambor jamaicano, los tres colores, la escena de él y ella en la cama haciéndolo y Miguelo mirándose a sí mismo en el reflejo del vidrio mientras se desahoga. Los intervalos duran lo que Miguelo se demora en ejecutar cada pulsación. Todo es rápido y tambaleante como en un video. Al estallar todo, los tres planos se diluyen en uno: Miguelo se coloca los calzoncillos y un impermeable mientras se escucha a Nilson cantando Everybody’s talkin’ at me, la canción de Perdidos en la noche. Sale de su departamento y baja las largas escaleras. Paralelamente, Miguelo se despide de la niña y se pone unos calzoncillos y un impermeable. Sale del departamento y baja unas largas escaleras. Toma desde el aire: ambos salen a la calle, frente a frente, y se acercan, chocando y transformándose, fundiéndose en uno solo. Ya no llueve, hay viento y papeles que vuelan. Camina cerca del río y el alba se acerca. No hay nadie en la calle. Se sienta en un escaño, frente a la silueta del Brooklyn Bridge, igual como en Manhattan. Miguelo está con la barba a medio crecer, decaído, descalzo. Respira hondo y lanza una carcajada cínica. Se levanta. Sigue caminando. La cámara lo filma por atrás. Comienza a llover. Un semáforo se pone rojo. Fin.
Duró siete minutos.
Después de caminar unas cuarenta cuadras por la Séptima hacia arriba, respirando el aire frío, atravesando como un niño asustado los charcos de vapor que emergen del metro, sintiéndome en casa y a la vez tan lejos, llegué a mi pieza-departamento, miré por la ventana ese reloj en la punta de un edificio para sorprenderme de la hora y del frío, tomé un Nobrium y por poco me puse a llorar. Ya no había dónde buscar. Sabía todo lo que podía saber. Es decir, no sabía absolutamente nada y ya poco me importaba, seguro que andaba por ahí reventándose con el jet set en uno de los clubes del Upper East Side.
Esto aconteció la semana pasada. Aún sigo sin saber nada. Siento pena pero lata también. Tengo que trabajar, estoy atrasado. Contesta el aviso, Miguelo, contesta.
III
Miguelo murió ayer. Se pegó un tiro en la sien. Lo supe a través del Daily News. Trabajaba de nochero en un edificio que no está a más de ocho cuadras de aquí. El artículo decía que estaba solo como una rata. Media novedad. Eso ya lo sabía, nadie en Nueva York puede estar de otra forma. Pensar que mientras yo escribía todo lo que había averiguado sobre ti, estabas a un par de días de tomar tu decisión huevona. Claro, suicidarse, llamar la atención, salir en el diario. ¿Por qué no leíste el aviso?, ¿por qué no me buscaste? Conocías mi paradero. Mira la que me hiciste. Ahora me siento aun más solo, no conozco a nadie en esta ciudad de mierda, nadie me habla. Quería verte, hacer lo de antes, vagar, partir a Canadá, dar vueltas por Coney Island con mis enanos y que ellos te dijeran «tío» pero, conociéndote, tú los obligarías a que te dijeran sólo Miguelo para así no sentirte viejo. ¿Y en qué quedó lo de la obra, y Woody Allen, y tus ideas y cuentos? ¿Y qué debo decirles a todas tus amigas, amantes y admiradoras? Y ahora debo dejar de echarte de menos y partir a buscarte a la morgue. Ahí estás, solo, encerrado, esperando que alguien te reclame. Calma, me pongo el abrigo y parto.
Hace un frío tremendo pero no llueve. Lo que congela es la niebla. Aún es temprano y nadie me ve salir. A nadie le interesa. Ando por la calle, camino, trato de perderme pero no hay muchedumbre. Paro un taxi. Lo maneja un salvadoreño que escucha a Bach. El trayecto es lo suficientemente corto para no alcanzar a pensar mucho. Estoy solo, en América, recorriendo un Nueva York a punto de ser nevado, dándome cuenta de que uno puede escapar de todo menos de uno mismo. Deberé reconocerlo, firmar papeles, ir a un mortuary y hacer los arreglos. Chispea. El Hudson está negro, estancado, sin los reflejos de los edificios de la orilla. Corre una ventisca demencial. Después tendré que conseguir un sitio donde enterrarlo, colocar un obituario que nadie leerá, escribirle a la Cecilia que probablemente va a llorar con la carta.
La morgue es un tremendo edificio verde agua, helado y con eco. Ningún tour lo incluye en su ruta turística. Entro y mis pisadas retumban en forma casi cruel. Hay una oficina de informaciones donde la gente llega y pregunta: «¿Tendrán ustedes por casualidad a mi padre?» «Sí, en efecto, sígame por favor». Y sigo a un tipo con facha de griego trasplantado. Es un pasillo eterno lleno de puertas empañadas. Paso a una sala con un vidrio. Al otro lado se enciende la luz. Entra el griego con una camilla. Hay un cuerpo y está tapado. Descubre la mitad. Es Miguelo. Luce una desteñida chomba chilota. Tiene un agujero amoratado en cada costado del cráneo. Se ve serio. Hay sangre salpicada sobre su faz. Asiento. Apagan la luz. Salgo. Le doy los datos que tengo. Firmo unos papeles. Cancelo ocho dólares. «Debemos efectuarle una autopsia. Es ley estatal. ¿Quiere presenciarla?» No sé por qué me lo ofreció. Le dije que sí.
Entro a un anfiteatro de dos o tres escalones. Es blanco como la nata de la leche. Hay un gran foco instalado en el techo. Abajo, al centro, una cama de losa plana con drenaje. Entra un médico joven que no me mira. Un viejo entra en seguida con la camilla. Le saca la sábana. El médico le agarra los pies y el otro los brazos. Está rígido, duro, de cera. Un, dos, tres y lo levantan y lo dejan caer en la losa. Miguelo rebota y su cabeza se golpea y suena hueca. Está vestido, con una barba de tres días, bototos. Tiene los ojos abiertos, fijos, postizos. El ayudante le baja los párpados. Mejor. Prefiero que no me mire. Primero el reloj, la billetera, el cinturón. Los bototos, los calcetines artesas, los jeans desteñidos, la chomba chilota, la camisa de franela, la camiseta, los calzoncillos tipo boxer. No hay aro. Miguelo se ve todavía más rígido. Su tirante estómago no se mueve y los brazos le cuelgan a plomo. Trato de mirar bien, pero ni un movimiento. Está tieso, yerto; asusta. Las piernas están amarillentas y los dedos están verdosos y arrugados, como si hubiera estado varias horas en una tina fría.
El médico anota toda su ropa en un informe. Rutina. Enciende un micrófono que cuelga del cielo. Toma un aparato largo que tiene una especie de disco encima y lo prende. El disco comienza a girar a alta velocidad, transformándose en una sierra. Se acerca a Miguelo. El ayudante le levanta la cabeza. La sierra le entra por atrás y el ruido del hueso que se quiebra me cala. Hacen un semicírculo de oreja a oreja. La apaga. Espero que levante la tapa del cráneo, pero en vez introduce el dedo debajo del cuero cabelludo, agarrándolo, y lo levanta por sobre la cabeza y lo da vuelta. El pelo queda por debajo y el rostro de Miguelo se tapa con ese cuero gelatinoso y compacto, rosado. Sigue la sierra. Levanta la tapa del cráneo. Los sesos a la vista. Hay sangre y coágulos. Mete la mano y con una tijera hace cortes. Entonces extrae el cerebro. Está destruido. Una bala lo atravesó hace poco. El médico lo troza a lo largo como un bife. Con una esponja sacan la sangre amoratada que flota en esa fosa vacía. El doctor habla pero no entiendo ni escucho. Yo sé de qué murió. Ellos desean saber si hubo presencia de drogas o alcohol o si tenía cáncer. El ayudante se retira y se va hacia el fondo. Vuelve con una navaja. La mete debajo de la manzana de Adán. Con violencia cava hacia el fondo, iniciando el recorrido a lo largo del tórax y del vientre. Un jugo amarillento sale a flote y un olor a ratón podrido me invade la nariz: veo aparecer carne roja y brillante, el desayuno comienza a subir, siento arcadas, unos espasmos se apoderan de mí y las náuseas no me dejan tranquilo y bajo corriendo con las manos en la boca hasta llegar a un lavatorio en pleno pasillo donde sale el vómito con dificultad, quedándose atravesado en la garganta, en los dientes, en las fosas nasales. El vómito es espeso, amargo, con olor a cuerpo descompuesto, con olor a Miguelo y eso me da aun más arcadas y la sustancia es roja y amarilla y recuerdo los sesos, los riñones.
Me enjuago la boca y coloco una pastilla de menta en mi lengua. Por la ventana miro las siluetas de los edificios y, al final, las torres del World Trade Center. Decido volver a entrar. Respiro profundo y abro la puerta. Ahí está, enteramente diseccionado. La piel que hace poco estaba tensa y lisa ahora está amontonada y suelta, arrugada, colgando a los lados. Donde estaba el ombligo ahora están los intestinos húmedos y malolientes. Con un cucharón sacan la sangre y la depositan en un envase. El corazón está partido sobre la mesa. Las piernas tijereteadas tienen al descubierto las venas, los músculos azulinos, los huesos. Un final abierto. Cierro la puerta y salgo.
Mañana deberé enterrar a Miguelo. No hay vuelta que darle. Después de la morgue tomé otro taxi y partí en busca de una funeraria. Ahí una tipa extremadamente aséptica, guantes de goma, toda de blanco, pelo enmoñado, me entregó un formulario. Saqué la billetera de Miguelo que me habían entregado y anoté sus números, edad, características. Después tuve que elegir cómo lo deseaba: embalsamado (aserrín o algodón); maquillado; peinado de peluquería y manicure; vestido con terno o envuelto a lo judío. Con respecto al velorio, disponía de varios servicios y a distintos costos. Había flores, música (en vivo o grabada), cóctel de cualquier tipo, incluso vegetariano, video. También ofrecían gente que lloraba. Había ataúdes de madera, de plástico, forrados, con radio o luz. Durante el velorio el muerto podía participar del evento estando presente detrás de un vidrio, ya sea dentro o fuera del féretro.
Elegí lo más normal y barato. Faltaba algo: el cementerio. Me pasaron listas. Existía la opción de la incineración o de trasladar el cuerpo a Chile. Miré los sitios. Nueva York era prohibitivo. New Jersey, más barato. Bajé la mirada y vi la palabra mágica: Asbury Park, la tierra natal de uno de los cantantes favoritos de Miguelo y míos: Bruce Springsteen. Era un balneario viejo, con boardwalk y hoteles clausurados, playa con paseo donde venden corn-dogs, algodón de dulce, choclos con mantequilla, camarones fritos, burritos y toda esa comida mala que había conocido a través de las películas. No quedaba lejos, era tranquilo y romántico, y el pueblo en sí era una maravilla. En vez de plaza tenía un parque de diversiones, con carrusel y todo, que fue construido durante los años treinta y que hoy estaba totalmente oxidado. Asbury Park, New Jersey, mirando al Atlántico, iba a ser el lugar de Miguelo. Lo más lejos posible de Ñuñoa que podía ofrecerle. Firmé, pagué y quedamos en que ellos irían a la morgue a buscarlo y lo llevarían al pequeño cementerio, que mira al mar, mañana por la tarde. Un funeral tranquilo, sin prisa, vacío.
Con eso listo, me subí a un carro del metro y bajé en la estación más cercana al edificio donde Miguelo trabajaba todas las noches. Ahora sí que daba lo mismo si no conocían la dirección de su casa. Yo sí la sabía y era mi próxima parada.
El lugar era un rascacielos más bien bajo. Miguelo cuidaba de los pisos inferiores que pertenecían a una compañía química transnacional. Eran unos pisos diseñados para no perder el tiempo. Ni laboratorio tenía. Ese estaba en Oklahoma. Aquí se trabajaba para vender. Recorrí las oficinas y vi el sitio donde se pegó el balazo: un pequeño cubículo con varios monitores que vigilaban las entradas, una cafetera, un calendario de Tahiti. Ya no había sangre y Miguelo tenía un reemplazante. Hablé con otro nochero. Poco lo conocía. Se juntaban todas las noches a las doce a comer pizza o algo de McDonald’s. Era un gordo cincuentón de anteojos poto-de-botella. Tenía el aspecto de ser de esos tipos muy aterrizados a quienes nadie les cuenta cuentos. De esos que no compran autos japoneses porque estos bombardearon Pearl Harbor. Con Miguelo las relaciones eran tangenciales y no le gustaban sus ropas ni eso de pasarse leyendo o de oír sin parar su walkman. «La gente que escucha mucha música, ve muchas películas y lee muchos libros no tiene mucho futuro, ¿no cree? Tratan de lograr con eso lo que no logran en la realidad», me dijo. Quizás, puede ser, maybe.
Salí de ese edificio comprobando que al Miguelo ya poco le importaban las relaciones. La gente que había estado cerca de él había sido sólo accidentes, compromisos al pasar. Entré a una disquería y compré varios casetes de Bruce Springsteen. Sentí una necesidad de escucharlo después de tantos años. Le dije a la niña que iba a entrar a una de esas casetas especiales. Tenía un urgimiento por oír Bobby Jean:
Now you hung with me when all the
others turned away, turned up their nose.
We liked the same music, we liked the same clothes.
We told each other that we were the wildest.
The wildest things we’d ever see.
Now I wished you would have told me
I wished I could have talked to you
just to say goodbye, Bobby Jean.
La casa de Miguelo resultó ser un destartalado departamento de ladrillo viejo, con unas oxidadas escaleras de incendio que lo rodeaban entero. Estaba en pleno Alphabet City, cerca de la calle 8, el barrio del crack y la heroína, y miraba al poco atractivo East River. Una cuenta de luz en su billetera lo delató.
Para variar, la conserje, una negra de gruesos labios y pelo rubio, poco sabía de él: pagaba su renta, no llevaba a nadie, no tenía perro. Me pasó las llaves. Ella también había leído el Daily News.
Era una pieza alargada con un baño sin tina pero con ducha. Un colchón en el suelo, unas cajas con ropa, un escritorio hecho a partir de una puerta vieja. No había cocinilla o frigider, sólo un lavaplatos saltado. La ventana era grande, con persianas. También había un sillón roto como del ejército de salvación, calefactor, un baúl con calcomanías de aerolíneas, un póster que decía Visit Chile con un Santiago con la cordillera nevada de fondo. También había unos afiches de pintores que eran bien vistosos. Arriba de la cama, un póster de la película Las hormigas asesinas y otro, en blanco y negro, de El transcurso del tiempo, de Wenders. Tenía un sólido librero con hartos títulos en inglés y unos pocos en castellano. Una colección de revistas Bomb, Interview, Paper y Film Threat. Al centro del mueble, una foto: Miguelo abrazado de una colorina estupenda. Ambos se ven felices y sonrientes y sus pelos están volando. Al fondo, Manhattan en chico. Era Sarah. Abajo de la foto enmarcada, escrito con tinta, decía: Empire State, lo más alto que he llegado.
Sobre el escritorio había un vidrio que aplastaba artículos de diarios, cuentas, sus trabajos en Wierdo’s, una foto suya frente al cine Sennett. También una máquina de escribir y varias carpetas y papeles. Había una azul que decía Stories. La tomé; era gruesa y pesada. Decidí llevármela. No creo que la lea por un buen tiempo. No tengo ganas. O quizás no me atreva. Pero lo más importante: las dos fotos que nos tomamos en Panamá, adjuntas con un clip al aviso Desperately seeking Miguelo. Le di una patada a la puerta, pegué un portazo y bajé corriendo las escaleras. Llevaba bien apretada la carpeta. El cielo se estaba despejando y oscureciendo a la vez. Yo quería que lloviera.
Tomé el metro y los graffitis pasaron rajados por mi retina. Todos los rostros se veían blancos, sin bocas. Sentí los casetes en el bolsillo. ¿Y en qué quedó ese juramento, huevón? O dime que no te acuerdas de esa vez, escuchando a Bruce en la playa, yo lleno de crema por haberme asoleado como jetón: we made a promise, we swore we’d always remember, no retreat, no surrender, y a la primera o a la segunda, qué sé yo, no importa, te entregas, te rindes y te baleas. Por lo menos pudiste hacerlo en tu propia casa y no dar un espectáculo. ¡Ah!, y el toque: guardar las fotos y el aviso para que cuando llegara —sabías requetebién que llegaría— las viera y me sintiera mal y pensara «puta que andaba tan mal que ya no se acordó de mí». Yo sé por qué no me llamaste, huevón. Tenías miedo, te cagabas en tres tiempos de que te sorprendiera en tus chivas, que cachara que te iba mal, pésimo, y que New York City te pisoteó, te dejó hecho mierda. Ya no te sentías amigo mío y eso no te lo voy a perdonar tan fácil. Si lo fueras, te hubiera dado lo mismo, me hubieras pedido ayuda, consejo, cualquier cosa. La cagaste, Miguelo, la cagaste firmeza. Pero a pesar de todo quiero que te quede bien claro, compadre, que la huella de tu amistad no se ha borrado y probablemente me va a dar pena mañana en la tarde cuando esté solo en el cementerio y cada vez que vaya a ver películas malas pensaré en ti. ¿Está claro? ¿Escuchaste? ¿Contento? ¿Es mejor allá arriba que acá abajo? ¿Es verdad que uno ve la película de su vida pasar frente a sus ojos? ¿Y cómo es? ¿Para premio? ¿Taquillera? ¿Con un final abierto?
Me bajé del metro y las nubes culeadas aún no se largaban a llover. Entré a un café y pedí un cortado. Fui al baño a mear. Me bajé el cierre y frente a mis ojos, en la pared, una letra temblorosa decía: Is There Anybody Out There? Debajo, con una letra negra, gruesa, segura, alguien respondía: NO. Me sacudí, tiré la cadena y salí. Miré a mi alrededor y, efectivamente, no había nadie.