Estudié dos años administración de empresas en la Chile. Luego me salí y estudié inglés, en un instituto. Luego me fui a vivir a la Patagonia. Fui guía. Conocí mucha gente, entre ella mi mujer. Con quien nos fuimos a Yale. Ella, digamos. Yo la acompañé. Pasé cuatro años en New Haven con la Antonia hasta que todo se fue a la mierda. Ella quería un doctorado pero yo... yo no sabía lo que quería. Sé que es machista, pero es más fácil para una mujer cumplir el rol de esposa que para un hombre. Sobre todo si uno es inseguro. Y si uno siente que ella, además de ser más ordenada y trabajadora, también es más culta y más inteligente. Hay que ser muy, muy hombre para resistir eso, y yo no lo era. Nunca en mi vida me había sentido tonto y en Yale me sentí estúpido. Poca cosa. Inferior. No es algo que un veinteañero procese bien. Que ella y todos sus amigos estudiaran y yo fuera al supermercado o hiciera labores varias (como cuidar a Baltasar) no fue fácil. De noche, quería salir a tomar, a escuchar bandas. Uno puede querer y reírse y hacer el amor los domingos por la mañana e ir a todos los restoranes étnicos, tomar todos los malditos trenes a Nueva York, todo eso es maravilloso, sí, increíble, pero cuando te infecta el virus del resentimiento, y de la paranoia, todo eso no te sirve de nada. De nada. Cuando dos personas no saben lo que quieren, funcionan mejor que cuando una sí lo sabe. Ella tenía metas, se imaginaba a sí misma al final del camino. Jonathan Bradley, su dorado compañero de curso, al parecer, también. ¿Quién dijo que los opuestos se atraen? Sí, se atraen, pero nada más; no se comprenden. Yo quería fumarme un pito después de la comida y ella deseaba leer The New Yorker. La Antonia, al final, se tituló con honores y yo terminé, no sé cómo, viviendo en Cleveland por seis meses. Hasta que me regresé a Santiago. Al rato, y gracias a contactos por el lado de mi madre, que es la que tiene los contactos, salió lo del banco.
Some guys have all the luck, some guys have all the pain.
Cómo llegué a odiar a todos esos niñitos y niñitas ricos que vagan por America, que atosigan los pasillos de los organismos internacionales, que infectan los ascensores con sus perfumes de Carolina Herrera y Óscar de la Renta. Antonia, al lado de ellos, parecía una chica de clase media ascendente. Nada peor que la gente rica de los países pobres, la gente más sola y desconectada y triste del planeta. Basura latina internacional, atemorizados de sus países de origen. Cierro los ojos y veo esa plaga: con sus camisas de seda o con sus tacos aguja, sus collares y anteojos de sol raros, obsesionados con la última serie de TV de moda, al tanto de todo y de nada, que recuerdan a la abuela, con sus postres y sus tradiciones preglobalización mientras sorben sus putos Cosmopolitan y they fucking gossip y cotillean en su perfecto inglés al tiempo que planean escaparse a San Pedro Sula o Baranquilla o Maracaibo o Cochabamba para los próximos holidays.
Sé de lo que hablo. Me casé con una de ellas. Post Antonia. Gisela Sánchez Torrealba estudiaba en Georgetown y vivía —era dueña— en una casa que daba al frente de la escalera que descendía a la calle M. La escalera de El Exorcista. Nos conocimos en su embajada. Cuando uno es dueño de la mitad de Guatemala, cuando uno aterriza en su propia pista aérea, volver a tu país es fácil. Claro que ellos nunca se quedan por mucho tiempo. Al rato, se sienten ajenos. Y es mejor sentirse raro, ajeno, foráneo, en un país que no es el tuyo.