ESCENA UNO, TOMA UNO. CAFETERÍA DENNY’S.
INTERIOR/NOCHE. GRAN PLANO GENERAL (GPG)
Es de noche y la luz que nos rodea fluctúa entre un púrpura Agfa y un índigo Fuji. Hay algo irreal en el cielo, casi como si todo fuera una puesta en escena y la noche fuera americana. De alguna manera lo es. Americana, digo. Día por noche. Day for night. Filmar de día para que parezca noche. Pero se nota, siempre se nota. Eso es lo malo de los trucos, de mentir. La luna no proyecta sombras así, el mar nunca refleja tanta luz. O quizás. Esta noche es una prueba. La luna está llena, amarilla Kodak, con acné y pus, y yo veo sombras. Mis sombras. Las veo por todas partes. Me siguen para todos lados.
Durante la ceremonia llovió, pero ahora el cielo está despejado y tiene más estrellas que las que brillan en la tierra. Por toda la ciudad hay focos que iluminan el firmamento. Es como el logo de la Twentieth Century Fox. Idéntico. Calcado. Un inmenso valle cae y se abre más abajo de esta colina. Todo huele a jacarandás y magnolias y jazmín, creo, algo intenso y tropical y exótico, como bailar con una chica sudada que estuvo estrujando mangos.
Miro a través del inmenso cristal: el tráfico está detenido, pero pulsa y respira y hasta se multiplica.
Elei, Los Angeles, California.
Welcome.
Para español, marque 2.
ESCENA DOS, TOMA TRES. CAFETERÍA DENNY’S. INTERIOR/NOCHE. PLANO GENERAL (PG)
Estamos en un Denny’s con pretensiones estéticas. Edward Hopper meets David Hockney con un twist de Tim Burton para darle sabor. Los dos estamos apoyados en esta barra, sentados sobre unos barstools de cromo. Denny’s es un family coffee shop, vestigio de la época en que aún había familias. Las fotos de los platos que ofrecen están impresas en unos menús de plástico pegoteados con el sirope de los panqueques. Mucha whipped cream, patatas fritas, racimos de perejil, vasos de hielo con agua.
En los Denny’s no sirven alcohol sino café. Café a la american-white-trash. Jugo de paraguas decaf. Nada de Starbucks, skim milk capuccinos, espresso con fucking panna. Nada de sofisticación europeizante, please. Denny’s es Denny’s, no importa que sea el Denny’s de la demasiado-in, todo-pasando, mira-quién-chucha-está-ahí Sunset Strip. Aquí ofrecen desayuno Gran Slam las 24 horas del day. Denny’s, además, es el único antro barato en toda la colina. Talk is cheap, love is not. Lo tengo más que claro.
—Can I have a refill? —le pide Gregory a la mesera, una chica morena-canela, crespa, caderuda, excesiva, con un uniforme verde que le queda apretado. La chica limpia el trizado mesón de formica color margarina diet mientras silba algo que suena muy Gloria Estefan.
El inglés de Gregorio, alias Gregory, AKA Greg de la Calle, es muy british school, colegio privado, corbata a rayas. Gregory lo ha perfeccionado estancándose en la saturada «Nueba Yol». El inglés de Gregory of the Street es muy PBS, canal cultural, Charlie Rose, La belleza de pensar. Su español, en cambio, ha caído al nivel de Univisión. Yo soy más «yo quiero Taco Bell». Cute accent, pero acento al fin y al cabo.
—¿Quieres más café, brode?
—No —le digo—. Paso.
Acá en el Norte siempre me preguntan: where are you from, man? ¿De dónde eres? Buena pregunta: ¿de dónde soy? Nunca preguntan ¿qué haces? Nada, realmente. Nada que me guste.
Rosie Pérez rellena los azucareros. Parece no escuchar. Miro sus zapatos. Son como de enfermera. Planos. Crema. Michael Caine en Vestida para matar. Exactos. ¿Qué le pasó a De Palma? ¿En qué momento pisó el palito? ¿En qué momento lo pisé yo? Putas, cómo quise a ese hombre, cómo eyaculaba con sus planos secuencias. Cuando llegué a los States hablaba como Tony Montana, me acuerdo. Scarface. Pacino. «Who do I trust? Me!». Not anymore, carnal. Si me preguntan cuál es mi película favorita de Brian De Palma respondería, sin pensarlo, sin pestañear, Blow out: Estallido mortal. Cine Las Condes, 22 horas, mi cumpleaños, Viviana Oporto a mi lado. Pero eso fue a long time ago, en un país lejano called home.
Mi casa no es tu casa.
—Can I get another refill? —insiste el latero de Gregory.
—Las veces que tú quieras, honey —le responde Penélope Cruz—. All you can drink. ¿Quieres un poco de half and half?
—Thanks —le responde molesto, seco, duro-de-matar.
Coloco el tocino debajo de los dos huevos y, con un trozo de tostada, intento armar una cara que sonría, pero el mono me queda triste, dubitativo, colesteroso.
—¿Cómo supo, macho?
—¿Cómo supo qué?
—En New York siempre me preguntan si soy francés, italiano. A lo más español. ¿Te parezco hispano? ¿Tú crees que estos rasgos son de latino?
—Banana Republic.
—Cuidado. No olvides con quién estás hablado. No porque cambié de país, cambié de estatus.
—Uno es lo que uno es —le digo sin creérmelo.
Luego pienso: uno es lo que termina siendo.
—Banana Republic —repite Gregory—. ¿Te crees muy divertido? You think you’re funny?
—Antes era más. Este país me quitó el humor.
—Just for the record: me visto ahí, no vengo de una.
—Relax, buddy. Calma.
Sorbo un poco del café. Está tibio, muerto. Miro los inmensos letreros de Sunset. KROQ, Classic Rock. Absolut Hollywood. Salma Hayek usa Revlon.
—No soy un inmigrante cualquiera. No estoy aquí por hambre.
—¿Estás seguro?
ESCENA TRES, TOMA DOS. CAFETERÍA DENNY’S. INTERIOR/NOCHE. PLANO AMERICANO (PA)
Las limusinas en fila forman una suerte de tren que atocha todo Sunset. Sunset Boulevard. The Sunset Strip. Veo los restoranes hinchados de celebridades, los clubes, los focos de la televisión. Veo, más allá, fuera de foco, la disquería Tower, el hotel Chateau, el Whisky-a-Go-Go. Fuera de cuadro, en la playa mediterránea de estacionamiento, hay un Jaguar convertible key-lime-pie, un Bentley acero, mi destartalado Mustang cubierto con el polvo on-the-road del viaje y tres limusinas eternas con los vidrios polarizados.
Son las cuatro de la mañana y hay limusinas en todas partes.
Ingresa un panameño a vender la edición extra del Hollywood Reporter. Ya sé quiénes ganaron, le digo al Rubén Blades. Estuve ahí. Detrás del escenario, brode, tomando fotos. Cerca, you know, pero no lo suficiente.
Mi frac lo arrendé en Rent-a-Tux, un local armenio de Los Feliz. The Happys. Barrio viejo supuestamente cool y hip y fucking design. Lo devolveré más tarde, cuando amanezca y maneje de vuelta a Atlanta. Dos días de camino. Hay mucho continente entre California y Georgia. De pronto, me dan ganas de desviarme a Mississippi, Louisiana. Volver a esos parajes, a esas casas en las que una vez dormí. Toda esa gente, todos esos rotarios, ¿estarán vivos? Gregory, por suerte, se quedará acá. Por un tiempo. Quiere darle una oportunidad a la ciudad puesto que Nueva York, hasta ahora, no le ha brindado ninguna. Él no piensa eso, pero esa es, al menos, su decisión. La decisión de Gregorio.
El frac no me sienta como le sentó esta noche a Lázaro Santander. Lázaro Santander fue compañero nuestro en la escuela. Amigo-conocido-enemigo. Lázaro perdió el Oscar al mejor documental corto. Lázaro tuvo que pagarse el pasaje desde Santiago. La Academia le consiguió un solo asiento, en platea alta, por lo que tuvo que ir alone. Tampoco tenía con quién ir. Aun así, es el primero de nosotros en lograr algo semejante. El primero y, lo más probable, el único.
Gregory compró su frac en una liquidación en Manhattan. Es, me informa, de un diseñador muy trendy. Gregory dice que es una inversión, que el tuxedo lo podrá usar más adelante cuando le toque asistir a galas y festivales. Gregory me dice que uno no puede intentar vivir un tiempo en Los Angeles y no tener frac.
—Me siento disfrazado —le confieso.
—Es porque no te lo crees, Frigerio. No te quieres lo suficiente.
—No me quiero lo suficiente. Interesante. Estás mirando mucho a Oprah, veo.
—¿Puedo seguir? Te estoy tratando de ayudar, de darte un consejo y...
—Sigue.
—Sientes que no mereces andar de frac por la vida.
—De frac por la vida. Buena frase.
—Tú, brode, le temes al éxito. You got loser spelled out all over your face.
—I’m a loser, baby, así que por qué no me matas.
—Así es, Álex. Y esa, perdona si te duele, es la gran diferencia entre vos y Lázaro Oscar-nominated Santander.
—¿Y entre tú y él? ¿Se puede saber?
Gregory bebe un poco de agua. Una gota cae sobre su tela negra y se queda ahí, como una chinita transparente.
—Se nota que nunca antes usó un frac.
—¿Tú sí?
—Mentalmente. Desde chico.
ESCENA CUATRO, TOMA CUATRO. CAFETERÍA DENNY’S. INTERIOR/NOCHE. PLANO MEDIO (PM)
—Si algún día te ganaras el Oscar, macho, ¿qué dirías?
—¿Cómo?
El pelo de Gregory está peinado hacia atrás. Sus entradas entran mucho más allá de lo que él se da cuenta.
—¿En qué pensabas?
—En ellas —y las señalo.
Al otro lado de la barra hay dos chicas menudas, muy animé, japanimation, Shonen-Knife, con carteritas de plástico y cámaras digitales. Nos miran. Cuchichean como calcetineras. Al lado, sentadas, succionando malteadas, descansan tres gringas, menores de edad, PG-13, material Aaron Spelling, 90210. Nos miran fijo. No están nada de mal. Nada de mal.
—Yo no nombraría Chile —sentencia Gregory—. Ni cagando.
¿Yo qué diría? ¿A quién le agradecería? ¿Me pondría a llorar?
«Quisiera rendir tributo a todos los grandes cinematógrafos hispanos que han iluminado las historias de Hollywood con otro filtro. Este Oscar también es de Néstor Almendros, Gabriel Figueroa, Juan Ruiz-Anchía, Reynaldo Villalobos, John Alonzo, Rodrigo Prieto y Emmanuel Lubezki».
Las Sailor Moon, me fijo, comienzan a fotografiarnos.
—Deben creer que somos famosos, macho. Hice bien en peinarme con gel.
Una de las Beverly Hills le susurra algo a la otra y luego me muestra su lengua teñida de azul.
—Si me ganara uno, macho —insiste Gregory—, me subiría a mi limo y una de estas chicas sashimi, que estaría como loca, mojada, me bajaría el cierre y comenzaría a chuparme tanto el cabezón como mi primer Oscar. ¿Qué tal, macho? Linda idea, ¿no?
—Linda idea. Eres todo un romántico.
ESCENA CINCO, TOMA DOS. CAFETERÍA DENNY’S. INTERIOR/NOCHE. PRIMER PLANO (PP)
El corto de Lázaro es sobre Víctor Jara. Capturó en digital (ampliado a 35 mm) a todos los que lo conocieron. Se centró en un tipo marginal que nació la misma semana que asesinaron a Jara. La familia del tipo lo bautizó Víctor Jara Carrasco. Santander se contactó con Eduardo «Venas Sangrantes» Galeano y este le hizo la narración en off. Pocas películas-políticamente-correctas-extranjeras han sido nominadas en esa categoría. Eso es indesmentible. Lázaro Santander se anotó un gol de media cancha.
El documental corto que ganó fue de un kosovo-americano de Berkeley. Lázaro participó en una mesa redonda en la sede de la Academia a la que asistió poca gente. Nosotros fuimos. Luego almorzamos con él en un bistró de la playa de Santa Mónica. Lázaro nos puso al día rápido: se juntó con productores, hizo mucho network, intercambió e-mails. Lázaro tiene serias posibilidades de que le financien un guión. Gregory insiste en llamarlo Querida, secuestré a los niños, pero se le hizo, se quedó callado, no se atrevió. La historia es de dos chicos, hijos de un militar, que descubren, de adolescentes, que sus padres fueron activistas asesinados durante la Operación Condor, alias Guerra Sucia.
—Mírale las gomas a la gringuita, macho. Vas a tener que serle infiel a tu cubana. Esto viene duro. Durísimo.
Gregory estudió cine en la Escuela de Cine de la calle Macul conmigo y el resto del grupo. Junto a Lázaro y al Teo filmamos Matiné, vermouth y noche, un corto que participó en La Habana y en uno de los primeros festivales de Valdivia. Gregory y Lázaro completaron uno gore que llegó a Avoriaz. Gregory luego se fue a NYU a seguir estudiando cine. Tuvo seminarios intensivos con Spike Lee y Milos Forman y hasta se fue de copas con Oliver Stone. Ahora vive en Brooklyn, Williamsburg. Es corresponsal para un par de publicaciones sudamericanas online. Trabaja en Kim’s, un videoclub alternativo. Asiste a cursos. Escribe guiones malos en Final Draft que luego nadie lee. Acepta los envíos de su familia que aparecen en su cuenta Citibank.
Yo me fui a Miami,el verdadero Miami, cero South Beach, cero glamour tropical. Partí donde Don Francisco, nuestro héroe nacional, nuestro producto de exportación no tradicional. Conseguí, a través de una mina amiga de mi hermana, una pega relativamente fácil: productor de segmentos. En un mes gané más que todos mis compañeros en Chile. Pero nada es gratis. Cuando uno se vende, paga. Soporté dos años. Luego me ofrecieron editar notas para CNN en Español. Dije que no. Pero luego dije que sí.
Uno se acostumbra a una cierta vida. Uno comienza a temerle a la pobreza de la clase media que no siempre tiene lo que alcanza. Yo quería gadgets, cámaras digitales, los nuevos DVD’s. Me fui a Atlanta. Ahí estoy, bien, no me quejo.
Sí me quejo pero para callado.
A veces, tarde en la noche, chateo con chilenos que no conozco. Leo La Tercera online, escucho a Iván Valenzuela en la Cooperativa vía Real Audio, sigo la telenovela por escrito. Me gusta estar al día, sentir que nunca salí, que soy uno de ellos.
Lázaro se quedó en Chile. Hizo más cortos, documentales, puteó con la publicidad. Filmó Víctor Dos. Fue nominado a un Oscar.
Por los parlantes de Denny’s suena música disco.
That’s the way, a-ha, a-ha, I like it...
—Esta noche es como disco —le comento a Gregory antes de sorber mi agua con demasiado hielo.
El agua ahora tiene gin. El gin de la botella azul que se robó de una de las tantas fiestas a las que no pudimos entrar.Lázaro nos dijo que iba a tratar de ponernos en la lista de la fiesta de Miramax en Spago’s. No fue así. Gregory luego intentó colarnos a la de Vanity Fair. Fuimos expulsados por un guardia del hotel Mondrian. Drew Barrymore nos quedó mirando, atónita, apenada.
—Sí, macho, muy boogie nights, muy last dance.
—¿Se puede tomar gin acá?
—It’s Oscar night. Todo se puede, todo se debe.
ESCENA SEIS, TOMA UNO. CAFETERÍA DENNY’S.
INTERIOR/NOCHE. PRIMERÍSIMO PRIMER PLANO (PPP)
Jennifer López nos recoge los platos.
—¿Desean algo más?
Su mirada delata sueño, pero también algo de coquetería. A lo mejor es mi imaginación.
—Some more coffee will be nice —le dice Gregory, irónico.
Un anciano se sienta junto a nosotros. Le tiembla la mano. Huele a quesillo. Es muy blanco, transparente. Usa botas de vaquero.
—Yo deseo un jugo de arándano —le digo a la mujer.
—¿De qué?
—Cranberry.
El anciano saca un libro de historietas pornográficas. Antes que alcance a ordenar algo, Cristina Aguilera le sirve un café y un bol con avena. Por los parlantes ahora suena Tom Petty:
I don’t wanna end up
In a room all alone
Don’t wanna end up someone
That I don’t even know.
—Gran frase —comento.
—¿Qué?
—Nada.
Tom Petty está a cargo del soundtrack de este viaje. Lo esucho aquí, lo escuchamos en París, Texas, en Tulsa y en Kansas City, en el Seven Eleven de Winslow, Arizona; lo escuchamos cruzando el Monument Valley de John Ford. Tom Petty en todas partes.
—I’m tired of screwin’ up, tired of going down —recito al son de la música.
—No tienes voz, Frigerio.
—Pero tengo razón. En lugares como estos, uno entiende mejor ciertas letras, ciertos libros.
—Puede ser.
—Estados Unidos es el único país del mundo que no produce arte. Todo lo que sale de USA son documentales. Aquí no vale la pena inventar. Los Angeles no es una ciudad, es un puto set.
—Kim Basinger salía en el video, ¿no?
—Tired of myself, tired of this town.
—¿Ya te quieres ir de Elei?
—No —le digo—. A veces me quiero ir del país.
—¿De este país?
—Sí, huevón. No quiero terminar botado como este pobre viejo.
Ambos miramos al anciano. Restos de avena se acumulan en la manga de su camisa.
—Nosotros en cuarenta años más.
Recuerdo el final de Fat City de John Huston. Stacey Keach le pregunta a Jeff Bridges si cree que el decrépito anciano que los atiende alguna vez fue joven. Bridges, que tiene como veinte años, le dice no.
—¿Viste Fat City?
—¿Qué?
—Fat City. Ciudad dorada. Estaba en la escuela, en video. La tenía el Carlos Flores. Jeff Bridges y Stacey Keach, al final. En el café. Juntos pero solos. No tienen nada que decirse y sin embargo ahí están, acompañándose.
—No.
—Vela. Conrad Hall, fotógrafo. Filmada en Stockton, California. Pocas veces un sitio tan feo ha sudado tanta onda.
—Te dije que no. ¿Por qué todo lo relacionas con el cine?
—Puta, porque en el cine siempre hay un final, incluso cuando son abiertos.
—Ya, chao. No sé para qué me junto contigo.
Sorbo mi café. Observo al viejo; su mirada parece no tener fin. Sus manos tiritan. No tiene a nadie en el mundo. Y yo: ¿tengo a alguien? ¿Por qué, incluso cuando estoy con Yamila, siento que estoy solo? ¿O acaso la soledad tiene más que ver con no estar en el sitio correcto que estar con la mujer correcta? Is she the one? Why doesn’t it feel like it? ¿Por qué es más fácil estar solo en Chile que acompañado en Miami, en Atlanta, en fucking L.A.?
—Una vez más, te equivocas —me interrumpe el hijo de puta de Gregorio.
—Una vez más. Puede ser. ¿Y?
—Las oportunidades están acá, Álex.
Pienso en Lázaro, en las oportunidades que obtuvo quedándose, en todo lo que dejé.
—Ni intentes regresar, macho —me dice—. No por ahora. No vas a terminar como ese viejo.
—Nunca se sabe.
—Vamos a regresar, pero con plata, con fama. ¿Tú crees que me voy a quedar aquí forever? Estás más loco. De viejo, regreso. No quiero ser enterrado acá, ni cagando.
—Entonces estás cagado. No eres de acá, no eres de allá.
—Soy de acá. Soy del mundo, Frigerio. The world is mine.
—Si realmente te sintieras de acá, te daría lo mismo morirte aquí. Por eso los mexicanos son mexicanos y siguen hablando español. Todos los otros salieron odiando su país.
—Si yo fuera mexicano odiaría México. ¿Cómo no vas odiar un país que no te dejó ser lo que querías ser? Puta, si el país no es capaz de alimentarte, que se vaya a la concha de su madre. Chile es como la criptonita. Te acercas a esa mierda y pierdes todas tus fuerzas. Te destroza. Puta el país como las huevas.
—Vos nunca te has muerto de hambre.
—Culturalmente, sí.
—Yo, por desgracia, o por suerte, no sé, me quedo.
—¿Sí?
Hace unos días renové contrato con la Turner, conseguí green card. Yamila quiere que compremos una casa. Juntamos el down, el banco nos aprobó el préstamo.
—Me quedo, sí. Por ahora. Ella es de acá, qué quieres que haga. Donde manda capitán, no manda marinero.
—Ella es portorriqueña, huevón. No es de acá.
—Es de acá. Me quedo. Nos quedamos.
Las princesas Mononoke comparten un plato de waffles. Las tres ángeles de Charlie nos siguen mirando. Una de ellas nos guiña. Los dos le respondemos.
—Viene para acá, macho. Mira cómo se le mueven.
Su T-shirt dice «Lost in Place». Masca chicle. Se toca el pelo.
—Can I, like, ask you guys something?
—Sure —le dice Gregory—. What’s your name?
—Kelly.
—Nice name.
—Are you guys like driving somebody famous?
Gregory no le responde. Le quita la mirada. Se funde.
Yo, no sé por qué, observo la cuchara del viejo. Tirita. Salta. Ondula.
—¿Si somos los choferes de alguien famoso?
—Yeah.
La chica insiste: ustedes manejan esas limusinas, ¿no? ¿Quién está adentro? Who’s inside? ¿Brad Pitt? ¿George Clooney? ¿Es posible conocerlos? Estaríamos dispuestas a cualquier cosa, aclara. Cualquier cosa. Anything. Everything.
La otra amiga se acerca.
—No —le responde Gregory—. We are with the Chilean delegation.
—The what?
—La delegación chilena —interrumpo—. Lázaro Santander, best film in foreign language. Does it ring a bell?
—No —le responde Kelly—. Was he on TV?
—With Susan Sarandon.
—I love her —exclama Farrah.
—I’m Lázaro Santander —le dice Gregory—. I directed the movie.
—A short movie —agrego—. A short documentary.
—Wow! Nice to meet you. Hi. This here is Heather. And over there, that’s Jackie.
Shakira se acerca. Nos mira. Nos rellena los cafés. No me sirve el jugo de arándano. Pienso en Chile, en lo lejos que está, en la criptonita, en la calle Seminario, en la escuela de Macul, en la inmensa e insípida Atlanta, en Yamila mirando televisión, en esos plátanos que fríe cuando está melancólica, en el aire acondicionado que suena y no deja dormir. Pienso que ser fotógrafo no es lo mismo que tomar fotos. Pienso que, a veces, sin querer, surgen historias de la nada y uno se olvida de filmarlas.
Sorbo el café: mediocre, aguado, terminal.
Un salvadoreño/hondureño bajito comienza a trapear el piso. Las japonesitas ya no están.
Pienso en el verdadero Lázaro Santander, el que se quedó en Santiago mientras nosotros partimos huyendo. ¿Dónde estará ahora? ¿Con quién habrá conversado esta noche? ¿Qué direcciones electrónicas tendrá que nosotros nunca lograremos tener?
Me levanto y camino hacia el teléfono. Lo marco.
—Hello, honey —le digo antes que ella me responda.
—Ay, mi amor. ¿Dónde tú estás?
—Cerca —le digo sin pensar y capto que, a pesar de todo, es verdad.
Afuera está comenzando a aclarar. Ya no hay más estrellas en el cielo, me fijo. Tampoco limusinas. Sólo buses, un par de taxis, esos camiones que reparten pan, que reparten leche.
Fin.
The end.