El único descartuchado del grupo era el Drago. Los otros Goonies lo odiaban por eso, encontraban que se creía la raja, superior, siempre haciéndose el duro con sus típicas poleras sin mangas y su pelo a lo Top Gun.
Justo después de volver del veraneo, pensaron ir a uno de esos saunas que había cerca de Los Cobres de Vitacura para celebrar los quince del Bambam, el mayor del grupo, pero se les hizo. No se la creyeron, en especial después de ver a los Durán agarrar tan fácil. Así que mientras tanto las Playboy y Penthouse del Rocky, los videos pornos del papá del Pipe, papel confort, quién se va cortado primero, quién lanza el chorro más lejos.
Los Goonies —Drago, Polo, Pipe, Bambam y Rocky, el más chico, trece nomás— habían pasado el verano en Tongoy, buena onda pero pocas minas, en la casa del Polo. Como su vieja tenía un nuevo amante, un milico con un buen puesto, la raja. Les daban plata para que no jodieran, para salir toda la noche.
Los Durán-Durán —el Pipe los bautizó así por sus peinados— arrendaban la casa del lado para puro reventarse hasta morir. Máximo desorden, la fascinación misma porque ahí todo podía pasar y, de hecho, pasaba. Dejaban las cortinas abiertas y se veía todo. Eran como seis o siete, nunca quedó claro, tenían una Van como en los réclames, y ene pitos, trago y edad, más de dieciocho, ya en la universidad, privada por supuesto, a punto de ser echados. Los Durán, como todos los de su legión, rugbistas lesionados, cadetes arrepentidos, tipos con ticket de temporada, eran pesados, con esa pesadez que cargan los elegidos. Y cultivaban su imagen de chicos buenos-pero-malos a la perfección. En especial el Conejo, el líder, taquilla pura, onda heavy para las pepas, todo pasando, loco, se jalaba sus líneas en los baños de los bares y después les quebraba los vidrios a los autos de las minas que no se dejaban comer.
Los Goonies, como tenían plata pero nada más, contrataron a los Durán un par de veces para que los sacaran a pasear por Tongoy, para que los llevaran a chulear a Coquimbo, a carretear por Morrillos y La Herradura. Los Durán les bolseaban pisco, vodka, Viceroys, uno que otro completo, churros, de todo. Como pago, los dejaban escuchando la radio en la camioneta mientras ellos entraban a bailar o se echaban su cacha a oscuras en la arena.
Marzo era una lata, las clases súper pronto, primero medio, pero todavía quedaba una semana. Ir a Provi, ver una película, comprar el uniforme en Peval.
A todos les gustaban Los Muertos Vivos, al Pipe más que a nadie. Los cinco tenían sus casetes, compraban la Rockstock todas las semanas porque traía las letras y tenían posters de ellos en las puertas de los clósets o pegados en los techos. Todos querían a Los Muertos Vivos, era que no. Admiración real, identificación pura. El Tiví, el vocalista, proleta made in Renca, estaba en otra y atinaba bien, agarraba para el hueveo a la prensa que no cachaba ni una, hacía lo que le daba la gana, lo pasaba de miedo y le daba patadas de taekwondo a quien se le pusiera delante.
Drago decía que los Vivos eran importantes porque les gustaban a las minas pero también a los compadres, y eso —según su hermano que tenía compactdiscs y estaba suscrito a la Spin y todo eso— era la fórmula perfecta para medir calidad. Así fue con los Beatles, contaba. Claro, había grupos mejores, pero estaban lejos, inalcanzables.
En Chile, directo desde el underground y las poblaciones, Los Muertos Vivos, «sobrevivientes de una generación perdida», como escribió uno de esos críticos posmos que no saben nada de nada, asustaban. Sabían cantar lo que todos intuían y distorsionaban ene. Y no solo acá, sino en Argentina, en Perú, hasta en países como Paraguay donde los Vivos estaban prohibidos, censurados, aun más que en Chile, donde la tele los odiaba por su canción Te degollaron pero fuiste a la fiesta igual. Todos cachaban que estaban contra Pinocho y sus matones, pero hasta ellos mismos tenían que reconocer que eran grossos. Como el viejo del Laucha —otro Durán—, que fue jefe de un comando secreto, seco para los enfrentamientos. Ni él podía sustraerse al fenómeno de los Vivos. Sí, ya eran leyenda. Hasta decían que eran del Frente. El estrellato, la consagración misma les llegó un año antes cuando la alcaldesa culeada le dio la gaviota al Tiví y el huevón, puta el huevón simpático, se la pasó por la raja, le dio un beso con lengua a la vieja y la Quinta se vino abajo y el grupo entero tuvo que pasar a la clandestinidad. Bambam no cachaba mucho de política, ninguno de los cinco en verdad, ni valía la pena, igual un asco, solo que por más prohibidos que estuvieran los Vivos, más los escuchaban y seguían con devoción, tal como millones de otros drogos y lanas, cuicos y surfistas, intelectuales y místicos. Algo los unía, era superior a sus diferencias. Eran Los Muertos Vivos. La máxima prohibición, la curiosidad más urgente.
Bambam lo sabía y eso era lo que le atrapaba la imaginación, lo que enervaba a sus padres. Los rumores, lo que se decía, que los habían matado, desaparecido, que sonaban por la radio Moscú, panfletos anunciando recitales clandestinos, canciones inéditas.
La voz corría. Todos hablaban: los Vivos iban a cantar. Y los Goonies no se lo iban a perder. Ni cagando. Ya estaba bueno. Desde chicos: no se metan, nada que ver, estamos bien, mañana mejor. O se acuestan temprano o los matamos. Si los Vivos volvían a aparecer, allí había que estar. Costara lo que costara.
Ya llevaban como tres días en Santiago y realmente era la nada. La peor ciudad del mundo, el peor país, puras ovejas lateadas caminando por suburbia, subiendo y bajando escaleras automáticas, tomando helado de pistacho, masticando papas fritas con ketchup.
La única salvación era jugar a los games y escuchar a los Vivos a través de un walkman.
El Drago fue a parar el dedo a los Delta y se gastó un bolsillo lleno de fichas. Ahí se encontró con el Conejo, súper apernado a un Space Invaders. Medio en otra el Conejo, sonriendo solo, cagado de la risa, le preguntó si iban a ir a ver a Los Muertos Vivos, que seguro iba a estar a todo dar, compadre, pero Drago le dijo que no, no tenían entradas ni pase, ni siquiera sabían bien dónde lo pensaban realizar.
Ahí el Conejo se chantó, le puso orden a su melena, se sacó sus John Lennon oscuros y oye, compadre Goonie, no podís ser así, igual van, seguro que van. Los corresponsales extranjeros van a estar filmándolo todo, va a ser medio ni que acto, la manga de locos del MIR y del Frente, los Humanistas prometen abastecer con toda la chilombiana que logren cosechar.
El Drago escuchaba atento, más que interesado. Nunca había visto a los Vivos, solo por la radio, a través de la Moscú, de la Cooperativa antes que la cerraran.
El Conejo: ¿te acordái del Vaca? Bueno, la huevá es que terminó con la Sofía, esa cuica con que andaba en la playa; ahora atina con esta Nanny, una loca más reventada que él, medio izquierdosa, pero en buena, escucha a Led Zepellin y todo, nunca lana ni canto nuevo. La comadre esta resulta que trabaja para una radio clandestina que tienen unos curas holandeses de no sé qué población y la mina —que es fea pero buena pa’l pico y hasta escribe con seudónimo para la Rockstock— cacha todo el mote y nos consiguió ene entradas, pase libre, ella es de las pocas que sabe dónde lo van a hacer, porque si los pacos averiguan, queda la mansa zorra, todos presos, seguro que echan a todos los Vivos del país o los fusilan ahí mismo y después dicen que fue un mitin, así que cálmate, Drago, que no panda el cúnico, tú y los Goonies van, no van a quedarse parqueados y perderse el evento del año. Este pechito invita, no te preocupes, el sábado tipo ocho los pasamos a buscar a la casa del Pipe, cero problema, vos no más callado, no hablís mucho, que tu padre es facho, huevón, y con ese tipo de gente nunca se sabe.
Ahí están, ansiosos, medio asustados, mirando unos videos de MTV que se consiguió el Rocky, esperando que los Durán los recojan, dudando si acaso los huevones no les tomaron el pelo y los dejaron plantados.
Por fin aparecen; ya se estaba haciendo medio tarde.
Todos arriba del Van, las cuatro hileras de bote en bote: la Nanny, la mina de la radio, con un sombrero con velo muy charcha, está al lado del Vaca que no pesca. Una tal Solange, con el pelo rapado y anteojos lilas, vegeta. El Laucha trata de leer un cómic pero no puede, se marea, está en mala.
Un par de semáforos, la carretera, desvíos, calles raras, oscuras.
El Jaguar atina con la Sara, la misma de Tongoy, la de la tanga y los ojos verdes. Taquillando para variar, el Laucha, que siempre está solo y por eso cuenta tanto chiste, canta con cero entonación uno de los mejores temas del Tiví. Rocky trata de imitarlo, pero no le resulta, incluso da vergüenza ajena; se nota que está cambiando la voz. Mejor pongamos a los B-52’s, Song for a Future Generation, dice el Lobo, que es retro-progre: los Muertos me están hinchando su poco.
El Conejo aspira su pito, se lo pasa al Gato, que reparte una botella de pisco, pisco de 40 con un poco de ácido del que siempre se consigue. Nadie se da cuenta, ni cachan, y el Pipe toma hasta llenar su boca y hace buches y deja sus encías como anestesiadas.
Atrás, el Conejo y el Gato, que se dejó patillas y barba al estilo rockabilly, onda Stray Cats/Elvis Costello, comprimen a una mina. Media mina, pedazo de mujer. Les presento a Marushka, una amiga, dice el Conejo. Saluda a los Goonies, que la tienen chica, como la del Luis Miguel, pero igual... Son calentones los cabros, galla, como a ti te gustan. Si se portan bien, huevones, capaz que después la Maru les haga una francesa o algo.
La famosa Marushka está pasada a gel, el pelo lleno de estrellitas. Le da feroces besos a cada Goonie: en la mejilla al Polo, en la nariz al Rocky, en la oreja al Bambam, casi en los labios al Drago, en la boca, con lengua y saliva, al Pipe.
¿Hay más pisco, Conejo? Sube la radio, Gato, que no escucho ni pico.
Hasta aquí llegamos, no más. Ahora a caminar. Y callados los huevones, que si nos pillan, directo al sótano.
Casas de adobe chatas, basurales con olor a cadáver, sitios eriazos, fogatas. La sombra de un campanario oscurece aun más la calle de adoquín. El Van tapado con cajas de cartón. No hay ni luna y los rascacielos se ven tan lejos que ni protegen.
Vamos.
La Marushka le toma la mano al Rocky y le agarra el paquete detrás de un paredón rayado con consignas contra los sapos del barrio. Después lo mira y lo deja.
El viento arrastra panfletos mientras el grupo camina en silencio. El Conejo deja caer una botella. Todos piensan que es el fin.
No fue fácil entrar. La Nanny y su velo, con la calma necesaria de los que saben de guerrilla y subversión, los llevó hasta la iglesia vieja, de ladrillo negro, sin Cristo, una gran nave cuya cúpula cayó durante el último terremoto, matando a toda la concurrencia.
Los Goonies entraron en silencio al destartalado lugar, lleno de ratas y tarros oxidados. Arriba, las nubes avanzaban. Todos en fila india, uno detrás de otro, siguieron a la Nanny que abrió la puerta de un confesionario y descendió.
Tal como en una película mala, había pasadizos, una escalera caracol que descendía y descendía rumbo a la tierra helada, mazmorras húmedas con musgo y crucifijos abandonados. Una vez abajo, un pasillo eterno que llevaba a uno central, más iluminado, con viejos afiches de los años de la revolución, de poetas ingenuos y cordones industriales. Todos marchaban rápido, al son de sus latidos. Los tacos de la Marushka retumbando como las balaceras del amanecer. Poco a poco se escuchaba la música, los ritmos de unos grupos argentinos que habían sobrevivido a lo de allá, que cantaban temas también prohibidos y que seguro estaban de teloneros.
El pasillo terminaba en una gran bóveda, un planetario escondido lleno de luces púrpura, verde y granate, detrás del humo y de las miles de personas. Un ser con pinta de canceroso, sin pelo y con mucho hueso, les cortó las entradas y ya estaban dentro, empapados con la transpiración ajena, perdidos entre los miles de tipos que, de una forma u otra, se habían comunicado entre sí, armando la red, logrando ingresar por uno de los tantos accesos secretos que los llevaron, por alcantarillados y rieles muertos, a este anfiteatro subterráneo, un viejo estanque de agua borrado de los mapas de la alcaldía.
La música de los argentinos retumba sobre el techo y una gruesa trenza de fanáticos salta y baila, cantando cada letra, respondiendo a cada talla, gritando «y va a caer, y va a caer» entre tema y tema.
Los Muertos Vivos aún no aparecen y hay rumores que dicen que fueron interceptados, que hay sapos entre el público. Los Durán desaparecen entre la masa, bailando, buscando minas que en noches como estas son aun más fáciles y gratis.
Espectacular la Marushka, no hay nada que hacerle. Medio chula, chulaza, pero rica, carnal, le sobra la carne, le cuelga. Toda de negro, malla Newton-John apretadísima, que se le mete hasta adentro, blusa de raso que le aprieta las tetas, aros que brillan y provocan.
Los Muertos ya están en escena, apenas se escuchan por los gritos unos riffs que parten la guitarra, un saxo más loco que la cresta y los cinco Goonies bailando, cantando las letras, espías en el baño, gorilas en mi mano, los cinco con sus 501 viejos, roñosos, con la típica franja de género de color intercalada entre las costuras que les cosió la abuela, la madre o la empleada con tal de taquillar.
El Tiví grita contra el viejo, que se muera el culeado, tira el bajo al suelo, se raja la polera camuflaje y canta que da pena, que da risa, que emociona. La Marushka se traga una píldora, masca chicle, hace un globo, se agacha para ajustar sus trilladísimas botas blancas con flecos que cuelgan como corbatas usadas.
Los cinco la miran, cuartean, se dejan llevar por el ritmo; el ruido no los deja entender lo que piensan. En el baño mojado hay gente que está tirando: minas arrodilladas, tipos sentados sobre el wáter.
La Marushka fuma un pucho, el Bambam la huevea, el Pipe la mira atento, el Polo la puntea, el Drago jura que está enamorado.
El Conejo mira de lejos, entre el humo y los láser. Se ríe solo. Recuerda un recital de los Soda: ...al menos sé que huyo porque amo. Se ríe de nuevo.
La Marushka, sudada, con las axilas llenas de rizos masajeados con Etiquet, el gel escurriéndose por sus mejillas, arrastrando el polvo, la base, el brillo con sabor a damasco. Baila sola, asumida, casi cayéndose, un balanceo sensual y barato, divertido.
Los riffs de los Muertos retumban. El Tiví, ronco, casi sin voz, arrastra sus letras por el escenario, insultando a los rubios, a los tiras, a los viejos: de qué mierda alegái, vos solo te pajeái, el día que esta huevá se acabe, ahí te quiero ver: arrancando de tus culpas como los milicos que hoy insultas.
Debe ser fabuloso, debe ser terrible estar allá arriba, piensa el Conejo, que sigue mirando a la Marushka, solo, entre un grupo de gordas que se saben todas las letras y usan chapitas proVicaría. Que todos te adoren, que procesen todo lo que dices, que traten de tocarte, decirte que te entienden, que piensen y odien igual que tú. El Conejo sabe que sus temas no sirven, que les falta algo que él no tiene. La Marushka, que no sabe nada, se lo dijo una vez, de pasada, mientras se lavaba en un bidé.
Deben ser diez mil, siguen llegando, por todos los pasadizos secretos que todos juran nunca revelar. El Tiví y el resto de los Muertos aún no se cansan: Nunca hables, cállate, cuidado; ahora tú me dejas y yo callado... Debe ser fabuloso, debe ser terrible, piensa, y aspira un huiro mojado que circula de mano en mano. Todos desean alcanzarlo. Como estar en un roquerío con el mar furioso que trata de azotarte, de mojarte, de salpicarte para que te des cuenta aunque sea sólo por una vez.
El Rocky jura que tiene un bajo en sus manos y hace piruetas alrededor de la Marushka, que sigue sudando como una llave abierta: sus pantalones se le pegan, se le mojan alrededor del cierre. El Polo tiene la camisa totalmente abierta y trata de lucir lo que no tiene. Se acerca matando, como en los videos, ojos entrecerrados. Ella le responde con caricias en la espalda, dedos y uñas postizas que resbalan por una piscina de fluidos. Da media vuelta, se arregla una bota, se estruja el pelo y comienza a puntear al Bambam, rozándole lo que nunca le han rozado.
Drago está fuera de órbita, a su lado, muy cerca, como un satélite obseso, sin ninguna coordinación, desarmándose entero, agarrándola por atrás, apretando sus muslos inmensos, jugando con esas esponjas delanteras, demasiada sobredosis esta noche, se ríe solo, ya no aguanta tanta mirada, tanta talla y doble sentido, tanto infierno inútil.
El Pipe, típico, no atina, no entiende, funciona sin permiso, su cuerpo salta y brinca, no analiza nada, no vale la pena, mejor, si se arriesga y pierde, pierde pero no muere y se arrodilla, casi afilándose el suelo, besos en esas pantorrillas sobredimensionadas, duras, sube lento, suave, nada más rico, un beso largo con una lengua que le hace cosquillas en las amígdalas y lo llena con un sabor a pisco, a tabaco y a machas recién abiertas.
Ese miedo que me despierta en las noches..., cantan y los cinco ya ni aguantan, que la huevá se acabe pronto, es tortura, todo en tres dimensiones, cuatro, borroso, cómico, los tímpanos clavan, el suelo rebota, la Marushka, puta que está buena, huevón, ideal, se lo come todo, se nota, gira y salta, vuelve a girar, los busca, a mí, no, al Rocky, el Pipe es muy chico, el Drago jura que sí pero no, no lo elijái, a mí, yo tengo lo que necesitái, sé hacerte feliz, cacho lo que querís, eso está claro, no con él, conmigo, no me caguís, no me dejís a un lado, mirando, el Polo no tiene ni una chance, Bambam se jura estupendo, pero no, no pasa nada, no se lo va a llevar, ven a mí, no me huevís, a mí, a ti que te miro, a ti loca, no te lo lleves, cambia, es importante, a mí, llévame a mí, yo sé más, yo sé mucho más que él.
Así, como rápido, sin anuncio, rajado, a escondidas, lo peor, ocultándose, rompiendo lo establecido, lo que juraban irrompible: todos enemigos, rivales, yo no puedo ser libre sin vos. Es mía, compadre, corta el hueveo, perdiste, asúmelo, unos ganamos y la mayoría pierde, acéptalo, mira nomás cómo me mira, me quiere, se nota, está que revienta, me lo pide a gritos, solo un poco, un poco más, hagas lo que hagas nunca vas a saber y ese es mi triunfo, lo que nunca me vai a perdonar, amigo.
El recital termina, el Tiví ya no entiende nada y todos corren hacia las salidas, suben escaleras oxidadas, se tropiezan entre ellos, salen como pueden. Los Goonies no se mueven, están atentos, alerta, esperando cualquier indicio, un guiño de ojo, cuál de los cinco o capaz que los cinco a la vez.
Aparecen los Durán hechos sopa, en otra, no pueden estar más reventados. Hay que virarse, rápido, que los tiras ya se enteraron, dicen que van a lanzar lacrimógeno por los alcantarillados para ahogarnos a todos.
La Marushka inicia la huida. Vamos, dice, que esta huevá se va a poner peluda. Avanzan: los Durán, una mina medio punk, medias rosadas y botas negras, abrazada al Jaguar, la Sara con sus ojos verdes todos rojos, el Gato riéndose como imbécil. Los Goonies atrás, pegados a la pared como afiches. La Maru se aleja, menea el culo, pa’ ti, pa’ mí, pa’ ti, pa’ mí. El Conejo la abraza, la detiene, se la atraca con firmeza.
La calle tiene aire fresco a pesar de todo. Ya no está tan oscura, llena de micros iluminadas, de colectivos vacíos que dan vueltas y vueltas. Avanzan por los adoquines hasta que encuentran el montón de cajas vacías y debajo el Van, sano y salvo. Casi todos los Durán se suben. Tocan la bocina, encienden la radio: Luca Prodán, Sumo. Apoyados en un kiosko, el Conejo atina con la Marushka.
Es un callejón chico, sin nadie, solo un viejo salón de pool que brilla verde al final de la otra cuadra. La bocina sigue sonando, la música se mantiene igual. La Marushka tiene sus piernas alrededor del Conejo, la malla abajo. Él poco entiende, se nota, pero la goza igual; la lame entera mientras la puntea como buen conejo que es. Ella le mete la mano bajo sus jeans y lo aprieta.
Los cinco Goonies se acercan para ver mejor. Cuartear. Encienden cigarrillos. Callados. El Conejo acaba, se queda quieto, con sueño. Ella sigue jadeando para sí misma. Se apartan, se sube el cierre, los mira y les guiña un ojo. Él les sonríe con sus dientes de conejo.
La Marushka se sube la malla, pero le cuesta.
Un foco le ilumina sus oscuros y mordisqueados pezones.
El Conejo se sube al Van por la ventana, a lo Dukes de Hazzard. Ella se les acerca, les da un pato sin brillo de damasco a cada uno, le agarra el paquete al Pipe. Cuando sean más grandes, les dice. Cuando crezcan. Se sube y parten.
Los Goonies caminan lento, aburridos, hasta llegar a la avenida. Supongo que aún somos amigos, opina el Polo. Seguro, responden. El Drago los mira y se ríe. Se queda pensando. Dan unos pasos lentos hasta llegar a la esquina. Una micro se acerca. El Pipe la hace parar.