Me junto a almorzar con Lucas Walker, alias Luke Skywalker. Lucas Walker se llamó así antes que George Lucas tuviera la idea de inventar a su mítico personaje. Lucas Walker es menos rubio que Mark Hamill, claro que en esa época Lucas Walker parecía más rubio de lo que era porque parecía brillar por dentro. Lucas Walker, por ese entonces, iba por delante de todos y nosotros nos sentíamos honrados de seguirlo. Ahora, en cambio, parece estar con los voltajes bajos. El otro día, en VH-1, en un reportaje a los setenta, vi una entrevista que le hicieron a Mark Hamill; me pareció que estaba muy decadente y avejentado. Luke, a pesar de su falta de luminosidad, se mantiene aterradoramente joven. Es como si su cuerpo asumiera que, mentalmente, sigue teniendo veinte.
Lucas Walker nació doce años antes que se estrenara La guerra de las galaxias. Antes de ese día histórico, todos le decían Lucas. O Pato Lucas. Pero el año 1978, la suerte de Lucas Walker cambió: la pubertad lo encontró listo y dispuesto para convertirse en Dios. Hay nombres que vienen con un extra, con un pasado o con un destino. Hay apodos que te destrozan y se cuelgan de ti como esa nube negra que no se despegaba sobre la cabeza de Mala Suerte. Si todos te dicen Luke Skywalker, entonces más vale que te comportes como un héroe.
Me tincaba, me dice Walker, luego de observar la resbalosa alcuza con aceite que nos colocaron en la mesa. Es de maravilla.
Lucas vierte un poco del pálido aceite sobre un plato y, con los dedos, lo toca.
Fíjate: no tiene cuerpo y es áspero, acota. Un aceite fino no puede tener la consistencia de la bencina blanca. Ni menos un sabor metálico.
Estamos en una parrillada popular llamada Eladio. Es el tipo de local donde la gente cree que comer mucho es mejor que comer bueno. El sitio es inmenso y el ruido ambiente es tal que la espantosa música que emana de los parlantes ni siquiera se escucha.
Tú elegiste el local, le digo.
Sí, porque es barato. Ando corto.
Luke no deja de mirar el aceite y luego lo huele.
¿Qué hueles?
Nada.
Un aceite no puede no tener aroma. Mi aceite huele a una mañana de verano.
¿Y cómo huele una mañana de verano?
Depende con quién terminaste la noche antes, me dice antes de reírse.
Lucas Walker vive en Ovalle, en la Cuarta Región, pero viene a Santiago cada tanto. Tiene un departamento de dos ambientes en un inmenso edificio de la Avenida Colón. Es socio de una embotelladora de aceite de oliva orgánico. Dice que aún no le da el palo al gato, pero está seguro que se lo dará.
El aceite de oliva será el nuevo vino, sentencia, como para cambiar de tema.
Si tú lo dices...
Sí. Créeme. Los buenos restoranes, los que son más diseñados y caros, ofrecen nuestro aceite. Te voy a mandar unas botellas a tu casa.
Luke Skywalker se viste como un vaquero local. Anda con botas y un sombrero de paja. Su piel está roja por el sol desértico. En el colegio, Walker fue mi mejor amigo. Luego lo dejé de ver. La amistad se reanudó una vez en Miami, diez años después. Me lo topé, de casualidad, en un outlet de Miami. Andaba con su mujer y su niño chico. Yo estaba de paso, haciendo escala rumbo a Haití y las Guayanas. Nos juntamos esa noche a tomar unos daiquiris en el Versalles de la Calle Ocho. Lo pasé a buscar a un hotel color melón en Ocean Drive, donde su mujer, una chica pecosa, me dijo que siempre había querido conocerme. Walker me contó que, a su regreso de Orlando, su mujer lo iba a dejar por un compañero de trabajo. Este era un viaje de despedida para que su hijo tuviera un buen recuerdo. Se habían prometido a sí mismos posar junto a Mickey sonriendo.
Siempre te dicen que un hijo te cambia la vida, me dice, masticando un trozo de carne. La miniparrilla caldea el ambiente. Te dicen que aquellos que tienen hijos se centran, ven la vida distinto. El mito es que los hijos te hacen crecer, te potencian, te centran. ¿Tú crees que es así?
No sé.
¿Crees que existe el instinto paternal?
No lo tengo tan claro.
Yo no creo. O sea, sí. Sí creo. Creo que con el tiempo el instinto va creciendo. Cuando captas que si tú no te metes y no te involucras en la vida de tu hijo, entonces el pobre huevón se va a convertir en alguien sospechosamente parecido a ti.
Nunca había pensado en eso.
Deberías. ¿Desde cuándo no lo ves...?
Harto tiempo..., harto... Decidimos con su madre que era mejor que él tuviera otro padre, que yo me saliera de su vida. Y me salí.
¿Y él ha salido de la tuya?
No.
Los hijos, si están contigo, compadre, te cambian la vida. Te la intensifican. Pero si no son parte de tu vida, y aunque los veas los domingos, te la cagan. Todos los días despiertas como si te faltara algo, y la verdad es que sí: te falta una parte de ti mismo.
Dejo mi plato de punta picana con tomate-palta a un lado. Se me quitó el apetito. El calor de las brasas es intenso y capto que toda mi camisa está mojada.
Se fue todo a la mierda. Todo, huevón, se va a la mierda. Si hubiera sabido que esto iba a terminar así, me hubiera preparado. ¿Tú crees que todo tiempo pasado fue mejor?
No. O sea..., no. Creo que todo tiempo pasado fue peor.
Yo no. O sea, sí. O sea, no.
¿Sí o no?
No sé, Santiago. De verdad, no sé. De un tiempo a esta parte como que no sé nada. Raro. Antes como que sabía todo.
Walker, con el cual me he escrito por e-mail desde 1998, cuando el mail comenzó a funcionar, no quiere ir a la reunión de curso. El curso nunca se ha juntado. Nos saltamos la reunión 10 y ahora todos desean festejar el aniversario número 20.
Los odio a todos y...
¿Y qué?
¿Tú crees que irá Pilar Ahumada?
Supongo. Era parte del curso. Una parte clave, diría yo.
Sí, clave.
Yo creo que irá. Irán todos, Walker. Tocarán música de nuestra época. Bailaremos.
Nuestra época. ¿Por qué hablan de nuestra época? ¿Era nuestra? ¿Por qué nuestra época no es ahora?
Es una forma de hablar...
Hay una radio que escucho... Onda retro. Y siempre dicen: la música de tus mejores tiempos. Y, no sé, a veces me hace pensar..., porque manejando por los caminos de tierra uno tiene muchas horas para pensar y... a veces creo que tienen razón. No creo que esto mejore. ¿Tú?
Al menos, eso creo. Eso espero. Sí.
Eres un ingenuo.
Un optimista. Prefiero caerme andando por el mundo como un optimista que encontrando todo malo.
Yo ya no espero.
La esperanza es lo último que se pierde.
Antes, quizás. Ahora es lo primero. Además, yo creo que tú y yo somos distintos. Quizá tú no tuviste un momento tan, tan bueno. Tú no tuviste una Pilar Ahumada, Santiago. Cuando uno se topa y tropieza y tiene un lazo, una relación, un amor, con alguien como Pilar Ahumada, todo después es cuesta abajo.
Exageras, le digo, levemente emocionado por su romanticismo ingenuo. Creo que le estás poniendo. La vida no es como en las películas, Luke.
Ojalá lo fuera. Sería mejor.
Yo, en todo caso, tuve a Lorenza Garcés. ¿Te acuerdas?
Sí. ¿Qué fue de ella? ¿Por qué terminaron?
No me acuerdo. Creo que ella terminó conmigo. Tampoco duramos tanto. Pero desde que llegué, no he parado de pensar en ella.
Búscala. En todo caso, nunca hay que enamorarse de una compañera de curso. Atinaste bien.
Bueno, al menos ya no tendrás ese problema.
¿Crees que yo nunca me voy a enamorar? ¿De verdad te parezco tan patético?
No, Luke. Creo que nunca vas a volver a estar en el curso.
Uno siempre va a seguir estando en su curso. Uno nunca logra superar el curso. Tu curso es tu curso. Por eso mismo no sé si ir. No me atrevo.
Va a estar divertido. Además, vas a ser el más joven de todos.
Puta, no llegué a ser lo que ellos esperaban de mí.
Qué importa eso. Lo importante es lo que tú piensas de ti.
Pienso lo mismo: no llegué a ser lo que quería. ¿Crees que me convertí en lo que quise? Yo quería otra cosa. Raro. Te juro, hubo un instante, cuando estaba con la Pilar, en que pensé que lo iba a lograr.
Pero nadie logra eso
Sí, y lo sabes. Pocos, quizá, pero son suficientes para cagarte la vida. Uno funcionaría mucho mejor si pudiera olvidarse del pasado y dejara de sentir envidia. Puta, con eso, uno la pasaría mucho mejor.
La mejor manera de borrar el pasado es que vayas. Así la huevada se transforma en presente. Ya, yo te paso a buscar y llegamos juntos. Aún faltan dos semanas. Tienes tiempo de sobra para prepararte mentalmente.
Nunca la he vuelto a ver, Santiago. Ni de lejos.
¿Nunca?
Nunca. Cuando la llamé, dos meses después que pasó lo que pasó, ella me contestó el teléfono y lo que me dijo fue tan fuerte, tan preciso, tan duro, que cuando le colgué supe que nunca más podría volver a verla, ni menos hablar con ella. Capté que lo que hice, más que un error, fue un crimen.
¿Pero cómo lo iba a ser a esa edad?
Oye, si tenía diecisiete, tampoco era tan, tan joven. No, si el crimen no fue eso, Santiago. El crimen fue que yo me cagué de miedo, que la dejé sola, que no puse un peso, que me desaparecí y me arranqué a Mendoza.
Huevón tonto, se te olvida que tú también tenías esa edad. Eras un pobre pendejo. Tenías que actuar así. Cuando uno es pendejo, actúa como pendejo. ¿Qué más podías hacer?
Atinar. Me asustó lo que hice, y me asustó ella. La Pilar no se vino abajo y yo, en cambio, sí. La fuerza, por primera vez, no estaba conmigo. Yo era un niño y ella una mujer, aunque los dos teníamos la misma edad. Yo, en ese minuto, me di cuenta de eso, y lo peor es que ella también. La vida, a veces, te pone a prueba. Y fallé el ramo más importante.