Es sábado al mediodía y hace un calor que empapa. El hipermercado Jumbo está repleto, no hay dónde estacionar, los pasillos están atochados de carros llenos de mercadería y la cola —la fila— en la sección carne es de nunca acabar. Como está de aniversario, hay una plaga de promotoras que se creen ricas (algunas lo son, está claro) y la gente se amontona alrededor de ellas tratando de conseguir un aperitivo gratis o para intentar coquetear con las muy putas (no lo son pero a mí no me cotizan ni en bajada y obvio que están ahí por su cuerpo y sus curvas).
Caminando lentamente entre las conservas y los aceites está ella. Ya ha tomado un Martini, un whisky, un jerez y un vaso de vino blanco muy seco. Está sola y sin carro. Dobla a la derecha por los lácteos y alisa su elegante camisero de lanilla verde oliva. Es rellenita y tiene un peinado fresco de peluquería. Se nota altiva y con roce, y el collar de perlas le da un look sobrio. Debe tener por lo menos sesenta y no caben dudas de que, en su mejor época, fue buenamoza. Aún lo es, pero tiene un aire de desencanto que la avejenta. Arrugas casi no tiene y las mejillas se le han coloreado con el trago. Mucho mejor y más fina y menos puta que las promotoras. Sigue guapa, como esas actrices viejas que hacen de abuelas con plata y muchas sirvientas en las telenovelas que ve mi mamá.
Se detiene en los fideos y ve que al final del pasillo se está juntando gente. Comienza a sonar una música circense, entretenida, pegote. Avanza con prisa y las ceras y las virutillas y las toallas novas pasan rápidamente por su retina. Llega a su destino y ve una especie de carnaval. Es la rotonda central: está llena de niños. Es, mal que mal, sábado al mediodía, la hora punta, el horario donde más vendemos, sin contar las vísperas de feriados. Hay globos, letreros y una pequeña orquesta compuesta por jubilados de origen alemán. Hay un órgano electrónico, una trompeta, una batería. Replicantes de Ray Conniff. Los compradores ansiosos que se congregan se calman y se ven contentos. Un tipo canoso y rechoncho de guayabera verde-con-blanco le entrega caramelos Calaf (y no hay maf...) a los putos pequeños. Ella mira atenta y comienza a llevar el ritmo con el pie.
Detrás de la sección verduras se abre una puerta y aparece un elefante gordito, una zanahoria puntuda, un chanchito rosado, un azulino pez espada y una botella de leche. Marchan en fila y zangolotean de lado a lado. Parecen enanitos y los trajes de goma se ven tan espumosos que dan ganas de apretarlos. Toman el pasillo de los chocolates y desembocan en la pérgola, donde los niños los esperan. Se escuchan aplausos y los monos de goma comienzan a bailar con los niñitos. Los padres gozan y el gerente nazi de origen militar mira complacido. Todo marcha bien, como el país. Ella también sonríe, claro. Es la única con clase aquí entre estos habitantes de DFL2s y departamentos dúplex pencas. Ella, me fijo, comienza a menearse sola. Zapatea y mueve la cabeza con gracia. La zanahoria salta y salta y el pez espada da vueltas como si fuera un trompo. Las marchas se transforman en una samba y el recinto entero se pone tropical. Ella —¿Graciela?, ¿Livia?, ¿Mercedes?— se ha deslizado y ahora está en el centro del círculo formado por los niños. Baila con fervor. Los monos la miran extrañados, pero siguen danzando y ella hace una especie de charleston: levanta los pies, alza los brazos, se mueve entera. La cartera la ha tirado al suelo. La gente empieza a dejar los carros para ir a mirar. Ella está saltando y tiene el collar de perlas en la mano. Se lo pasa sensualmente por detrás del cuello y lo hace girar como si fuera a lanzarlo lejos. Sus caderas se tuercen como un twist a gran velocidad y de su boca se escapan carcajadas. Cierra los ojos como para hacerse la diva. Es un verdadero torbellino y está sudando.
A estas alturas, medio supermercado está atento, incluidos los cabros que cargan los paquetes. Nadie habla. Apenas se atreven a mirar. Los niños han vuelto donde sus padres y los monos se mueven con menos energía. Las sambas pasan a ser rocanroles y ella agarra vuelo y comienza a mover los hombros y a acercarse a los caballeros con sus carros y a guiñarles el ojo. Está feliz y baila con todo el brío que le permite su peso. La botella de leche está quieta, observándola, pero ella le pesca una mano y comienzan a ejecutar otro rocanrol con giros, abrazos, swings, manos en el aire. La botella la tira lejos y casi se tropieza. Por poco bota un estante de anchovetas, pero logra recuperar el equilibrio y sigue con mayor cuerda que antes. La gente se mete la mano en los bolsillos y mira la hora.
Un supervisor —Orellana— le hace señas a la orquesta para que pare. Ella sigue moviéndose en silencio hasta que su cuerpo se detiene solo. Camina unos pasos y le dice algo al organista. La gente comienza a marcharse y la rotonda queda vacía. Comienza a sonar un tango. Ella se acerca lenta, segura, como modelo en una pasarela, hacia el elefante y lo abraza. Le toma una mano, le coloca el otro brazo en su cintura, pone su trompa alrededor de su tirante cuello y comienzan a bailar lentamente. El elefante es un amigo. O me gustaría ser más amigo de él. Jonathan es el más piola y guapo y simpático y estudia agronomía y le gusta el metal. Usa calzoncillos Mota y cuando se saca el traje de goma todos sus pelos están mojados. Ella no sabe que a él es al que le toca ser la mascota del hipermercado. No cualquiera puede hacer de Jumbito. Las minas de fiambrería dicen que tiene la trompa larga. De más. Pero todo lo cautivante de Jonathan no se ve. Ahora es un notable elefante rechoncho. Están solos los dos y avanzan paso a paso hacia las bebidas, casi botan una góndola de Free, dan media vuelta y retroceden.
Jonathan la detiene y la mira.
Ella esboza una sonrisa.
La música se disipa.
Él la abraza fuerte, haciéndola desaparecer entre la goma gris. Le acaricia el pelo, ella le roza la cola. El elefante le recoge la cartera y se la pasa. Ella le toma la mano y avanzan por el pasillo de los dulces, doblando por los cereales, desapareciendo detrás de las longanizas hasta que ya no los veo y Orellana me dice: ojo con la leche condensada, no es lo mismo que la lecha evaporada, y lo miro y le digo: sí, claro, obvio, son productos distintos, me distraje, perdón.