País Relato

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alberto fuguet

i was made for loving you

Una vez, años atrás, caminando por La Paz, en Bolivia, a la salida de un cyber-café, miré Los Andes y me dije: el cielo está azul-paquete-de-vela. El cielo está absolutamente como uno sueña que debería estar.
Quizás era la canción que surgía de la tienda de software pirata. I was made for loving you flotaba por sobre la muchedumbre quechua que copaba la empinada vereda.
Esta canción, le dije a Robert, un colega, me recuerda a mi país.
A mí también, me dijo. Melbourne, Australia.
Santiago, Chile, le respondí.
Flashback (nítido, sin flu):
EXT. CALLES DE LOS DOMINICOS — NOCHE.
Bajo por General Blanche, desde la casa-con-niveles de Lorenza Garcés, hacia el valle de Santiago. El sol recién se ha puesto, aún no está oscuro, pero las luces ya se han encendido, y el cielo limpio de verano se ve rojizo detrás de los montes que separan la inmensa ciudad de los otros valles, y de la playa, y el recuerdo —el aroma— de Lorenza está fresco sobre mi piel. Acelero. Toco mi flamante licencia de conducir. Manejo un Accord. Comienzo a descender. En eso suena el tema de KISS.
(Ok, ok, todo esto es medio ochentero, ya, pero tenía dieciocho, venía llegando de Indiana, y lucía el pelo muy, pero muy largo. Uno no elige ni el barrio, ni los padres, ni la época, nada; te toca lo que te toca, punto).
Hasta ese entonces, la única seguridad con la que yo podía contar era mi total inseguridad. Pero no ese día. Lo que capté esa tarde fue que nunca volvería a ser tan feliz, nunca estaría tan en control, nunca volvería a sentir a Santiago tan cómplice.
Tenía razón.
Esa tarde sentía que uno podía ser feliz en Santiago y que cada uno arma su propia ciudad. Esa tarde me sentí tan libre como en Indiana y, a la vez, atado, con un norte, acogido.
Quizá por eso he regresado.
He regresado al único lugar donde he sido francamente feliz.