País Relato

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alberto fuguet

hijos

1
Somos una pareja joven, sin hijos. Lo de joven es relativo. Ninguno de los dos ha cumplido los treinta, es cierto, pero llevamos siete años juntos y no hemos sentido comezón alguna. Diría que somos más ambient que transient. Carla no baila. Nunca lo ha hecho. No nos hace falta. La pasamos muy bien. Nos reímos sin cesar. Completamos nuestras frases, sabemos lo que estamos pensando. Ninguno de los dos maneja. Nos gusta trotar a orillas del mar y pedir que nos lleven comida a casa. No gastamos en moda ni en cosas de moda.
Nos gusta surfear la red tomados de la mano. Tenemos un computador al lado del otro. Recientemente, nos pasamos a banda ancha. Contamos con varios Apple. Los coleccionamos. Es donde más gastamos, pero nos parece más una inversión que un despilfarro. Nos gusta renovarlos cada tres años. Es, quizás, un vicio, aunque apostar por el futuro no nos parece algo frívolo. Carla tiene un iMac color uva, yo acabo de comprarme un G3 portátil. Siempre hemos sido fanáticamente anti PC. Creemos en la hermandad Mac. A veces le envío e-mails cariñosos y le escribo el tipo de cosas que no me atrevo a decirle en persona. A ella le gusta tomar fotos digitales a cosas en las que nadie se fija: vitrinas, letreros, carteleras de cine. Cuando no podemos estar juntos, chateamos vía Messenger.
No ganamos mal. Si sumamos nuestros respectivos sueldos, juntamos un monto respetable. El departamento de Recreo es nuestro. No somos oriundos de la zona, pero ambos sentimos que Viña del Mar es nuestra casa. No nos interesa viajar y evitamos Santiago como si fuera una ciudad azotada por la plaga. A veces, contratamos un taxi y vamos hasta los Baños de Corazón, donde trabaja Cristóbal, un primo de Carla, que es ciego y, quizá por eso mismo, es un masajista de primera. Nos gusta sumergirnos en las aguas termales y mirar a las parejas mayores. El ritmo de las termas es tranquilo y nos hace bien, tanto para el cuerpo como para el alma.
Respecto al tema de la descendencia: no es que no podamos procrear, simplemente no queremos. Quizá más adelante, durante el próximo milenio. Eso es lo que le decimos a los curiosos que no entienden (o son incapaces de comprender) que no queremos desvelar nuestras noches o endeudarnos con criaturas que, una década y media más tarde, pensarán de nosotros lo mismo que nosotros pensamos de nuestros progenitores.
Mis padres nunca se separaron, pero tampoco se quisieron. Siguen juntos, aburridos, atacándose cada vez que tienen la oportunidad. Es algo triste y, a la vez, exasperante. No nos gusta viajar hasta Linares para estar con ellos, pues la mala energía que emanan nos contamina y nos deja en un estado irritable.
Carla, a su vez, es hija de padres separados y, sobre todo, inmaduros. No tenemos contacto con ninguno de los dos. Pensamos que no están a la altura. Optaron por seguir el camino de sus deseos y relegaron a un segundo lugar sus responsabilidades como padres. Nos parece muy bien querer ser feliz, acaso es lo único que importa, pero también creemos que la felicidad sólo puede ser perseguida por aquellos que son solteros o no tienen descendencia. La felicidad no se puede alcanzar a costa de los hijos. Si uno es padre, uno deja de ser un ente independiente. No puede comportarse como un adolescente. Los padres deben sacrificarse por sus criaturas.
Nosotros, de más está decirlo, no estamos dispuestos. Preferimos ser egoístas asumidos y no dañar otras vidas.
Hace un año y tanto ocurrió algo que, de alguna manera, nos reforzó la creencia en que los hijos no siempre traen estabilidad a una casa. Mauricio, un amigo nuestro de la época de la universidad, terminó casándose con su novia, una chica intercambiable a la que admiraba más que quería. Nada nuevo ahí. Se instalaron en una casa con jardín en Villa Alemana. A los diez meses tuvieron un niño, al que bautizaron con el horroroso nombre de Benito. Cuando Mauricio nos solicitó ser padrinos, Carla se negó. No recurrió a tácticas diplomáticas. Por eso la quiero. Por como habla, por como piensa.
—Disculpa —le dijo—, pero no acostumbramos a apadrinar a nadie. Tú sabes lo que pienso: no hay nada más irresponsable que llenarse de responsabilidades.
Seis meses después, la nana que contrató Mauricio se tropezó sobre el piso encerado y el niñito, que estaba en sus brazos, chocó contra la pared de ladrillo antes de rebotar en un sofá y caer arriba de una mesa de cristal que estalló en mil pedazos. Benito no se mató y sus cortes fueron mínimos, aunque quedó inconsciente un par de horas. Al parecer, no hubo daños encefálicos. Un milagro, sostuvo Mauricio, que es agnóstico. Su cónyuge, la Sole, fue inyectada con sedantes varios.
Acompañamos a Mauricio esa noche. Le preparamos comida. Mauricio nos habló de su amor incondicional por Benito. Quedamos impactados por la fuerza de su pasión. Estábamos ante un padre ejemplar. Hasta que nos dijo lo que ninguno de los dos quisimos volver a escuchar. Nos dijo ese tipo de cosas que a veces se piensa pero pocas veces se comparte, ni siquiera con las personas más íntimas. Mauricio, esa noche, no se estaba midiendo; estaba hablando con la verdad. Por eso mismo, quedamos doblemente asqueados.
—El lazo que he establecido con mi hijo no se compara con lo que siento por Soledad. Un amor no tiene nada que ver con el otro. Tu mujer, a la larga, es una extraña. No tiene tu sangre. Es un ser ajeno. Cuando el niño estaba con los doctores, y no reaccionaba, me acuerdo que pensé que prefería que muriera la Soledad a que muriera Benito.
Esa misma noche, Carla me insinuó la posibilidad de quizá traer un perro a casa. Algo pequeño, civilizado. Un chihuahua, por ejemplo. O uno de esos hush puppies.
—Un ser que nos una, pero que no nos separe —me susurró en medio de la oscuridad.
A la mañana siguiente, mientras caminábamos por el muelle Vergara, nos dimos cuenta que tampoco necesitábamos un animal. Nada de mascotas, nada de intrusos.
—Sólo tú y yo.
—Sólo los dos. ¿Para qué más?
Eso fue hace un año. Sí, un poco más de un año.
* * *
A Carla y a mí nos gusta estudiar. Cursamos un MBA en la Universidad Adolfo Ibáñez. Luego de graduarnos, decidimos asistir, en forma sistemática, a cursos de formación integral para no perder el hábito. Hace poco participamos en uno sobre clonación y cibernética. Gozamos con otro, dictado en la Federico Santa María, llamado «Parábolas de la postrimería: hibridez y caos en América Latina».
Este semestre nos inscribimos en un curso vespertino titulado «Plano secuencia: cine documental y cine como documento». Lo ofrece la Universidad Católica de Valparaíso. El profesor que lo dicta es un señor llamado don Bartolomé Paternostro Villalba. Debe tener unos setenta años y es muy bajo. Minúsculo. Casi enano. Es proporcionado y todo, sólo que es bajo. Bajito.
El señor Paternostro Villalba estudió Medicina y ejerció, por años, acaso décadas, como pediatra. De hecho, sus manos son como las de un niño. Lo suyo, sin embargo, es el cine. Dirigió y produjo, a pulso, cinco documentales, filmados durante los cincuenta y los sesenta. Por lo que averiguamos, son legendarios en toda Europa. Tuvimos el privilegio de ver los cinco en clase. Quedamos especialmente admirados con Pelusas, el retrato de dos chicos vagos que recorren los cerros del puerto.
El doctor está casado con una señora también muy baja. Redonda como una pelota, casi. Uno los ve caminar por los pasillos de la vieja universidad y, de lejos, cree que son niños disfrazados. Aquellos que no los conocen se apartan de ellos con cara de espanto.
La señora del doctor se llama Celinda del Valle y fue una célebre actriz de radioteatros. Su tono de voz es bajo, áspero, inquietante. Celinda es mayor que don Bartolomé, bordea fácilmente los ochenta. Se sienta en la primera fila de la clase y toma apuntes de cada una de las palabras que emite su marido. Celinda luce una piel muy clara y, entre su decrepitud, sus diminutos ojos verdes alegran el frágil conjunto. Pero es su pelo, negro azabache, sin una cana, el que distrae y apabulla.
Desde que los conocemos, no podemos conversar de otra cosa. A veces nos pasamos horas especulando sobre sus vidas y sus respectivos pasados. Es como si los Paternostro se hubieran apoderado de nuestro inconsciente.
* * *
Una noche, después de clases, nos fuimos caminando y, no recuerdo bien cómo, terminamos cenando con ellos en un restorán llamado Hamburgo. La cena dio paso a una suerte de rito. Así, cada jueves, después de clases, los cuatro nos vamos a cenar. Nos turnamos en el pago.
De más está decir que Carla y yo disfrutamos muchísimo de la compañía de esta singular pareja. Nos divierten y sorprenden. Aprendemos tanto de los dos. Es primera vez que confiamos en gente mayor que nosotros. Supongo que nos proyectamos en ellos. Puede ser, no lo vamos a negar. A diferencia de la mayoría de los matrimonios de avanzada edad, en ellos no hay indicio de fatiga. Tampoco de resentimiento. No tienen hijos, por cierto. Están juntos porque nada los ata excepto el deseo de potenciarse.
Un par de semanas atrás, el doctor nos mostró una vejada copia en 16 mm de El acorazado Potemkin. Si bien el curso no incluía cine ruso, Paternostro Villalba usó la obra de Eisenstein para ilustrarnos dos ideas que, para él, son claves: el montaje como instrumento revolucionario y el cine como manifiesto. La famosa escena de las escaleras de Odessa me recordó la secuencia en la estación de tren de Chicago de Los Intocables con Kevin Costner. Se lo hice saber. Paternostro no sabía de qué le hablaba. Tampoco conocía, ni de referencia, el trabajo de Brian De Palma.
Esa noche, los cuatro nos fuimos caminando por la estrecha calle Esmeralda. A poco andar, me quedó claro que no contaban con un video-grabador. Tampoco tenían televisor. Ni hablar de un computador. Es más: hacía años que no veían un filme en un cine comercial.
De inmediato sentimos que se abría una posibilidad de crecimiento para nosotros. Les explicamos lo que era la red, en qué consistían los chat rooms, el Real Audio.
—Ahora uno puede enviar cartas sin papel, sin estampillas, sin ir al correo. Basta apretar un botón y ya llegó a su punto de destino.
Nos miraron como si fuéramos de otro planeta. A la clase siguiente, les imprimimos información que bajamos del Internet Movie Data Base acerca de sus propios documentales. Los diminutos ancianos se quedaron con la boca abierta.
Carla fue la que me sugirió regalarles el PowerBook 520c que teníamos fondeado en un clóset.
—Les puede cambiar la vida —me comentó fascinada.
Ese martes nos acercamos a los Paternostro y les comunicamos nuestra oferta. Celinda la rechazó sin titubear. Nos dijo que no podían aceptar un regalo tan oneroso. Les explicamos que no era tan caro como ellos pensaban, que ya no eran artefactos de lujo, sino de consumo. El doctor arguyó que ya estaban muy viejos para aprender cosas nuevas. Les dije que debían enfrentar el nuevo siglo conectados al futuro.
—Es la mejor manera que existe, además, para volver al pasado —les dijo Carla.
Seguimos insistiendo, a riesgo de parecer majaderos.
—Podrán leer diarios extranjeros, buscar trivia, llenarse de información. No saben el gozo que eso da.
Luego de intrincadas deliberaciones y varios desvíos, por el plan de la ciudad, terminamos frente a la Plaza Victoria con ellos claudicando frente a la modernidad.
—Está bien, ganaron.
Nos citaron para un día sábado en su casa del cerro Cordillera.
—Vengan a tomar té.
Antes de despedirnos guardamos el mapa que nos dibujaron en un trozo de servilleta. Esa noche dormimos especialmente bien y, quizá por eso, despertamos dos horas tarde. Ninguno de los dos escuchó el despertador.
2
La casa no es una casa, sino un departamento escondido detrás de unos frondosos pimientos al final de un estrecho callejón que huele a amoníaco. El departamento forma parte de un pequeño y rechoncho edificio con aspecto de astillero. Toco varias veces el timbre.
No hay respuesta.
El viento marino golpea las planchas de zinc de las casas vecinas. El cerro se mece. El mar, allá abajo, se ve alzado y levemente amarillo.
Una reja de fierro forjado me impide ingresar. La empujo y cede. Estaba abierta.
Ingreso: mis pasos retumban con eco de sintetizador. La humedad acumulada dentro es espesa. El sol acá no llega. Subo una escalera ciega, tipo caracol. En el tercer piso me enfrento a una puerta metálica. A un costado, un letrero dice:
Dr. Paternostro Villalba, Pediatra. Horario de consulta: 16 a 19 horas.
La golpeo.
Nada.
Esucho un ruido, como si alguien estuviera patinando sobre el hielo durante un toque de queda.
Golpeo de nuevo.
De inmediato, me abre la minúscula Celina, con su pelo inflado de laca.
—Los estábamos esperando —me dice antes de fijarse que ando solo.
El doctor está al fondo, frente a una ventana que no ha sido limpiada en años. Viste, como siempre, de terno y corbata. Aunque hoy, en este contexto, su traje se ve caduco, anacrónico.
—Cuidado con Perséfona —me advierte.
—¿Cómo?
—Cuidado, no la vayas a pisar.
En el suelo, sobre una esponjosa alfombra persa, yace un gato, negro como el pelo de Celinda. Es un gato gordo, hinchado. Una gata, para ser preciso. La luz es débil y no distingo mucho, pero al lado del animal hay una mancha.
—La pobre está un poco indispuesta —me subraya Paternostro.
Basta que me diga eso para que sienta que mi pie cobra vida propia. Tengo que controlarme para no pisar a la bestia.
—¿Te gustan los gatos?
Miro al doctor y, antes de intentar escoger una mentira, le respondo con los ojos.
—Prefieres los perros —me responde.
—La verdad es que sí.
—Grave error. Los perros, como los niños, terminan abandonando la casa. Los gatos siempre vuelven.
No sé qué responderle. Le sonrío incómodo, tenso.
—Siéntate acá, con nosotros, en esta mesa —me ordena Celinda—. Íbamos a tomarnos un anís. ¿O quizá prefieres una taza de té?
—No, no, no. Un anís me parece bien.
El doctor se aleja a la cocina. Celinda me observa y, luego de un rato, me dice:
—¿Y tu mujer, muchacho? ¿Por qué no vino contigo? Ustedes siempre están juntos. Parecen siameses.
—Está indispuesta.
—¿Indispuesta?
—Sí. Desde ayer. No se ha sentido bien —le respondo—. Pero les envía saludos.
Celinda abre una cigarrera y elige un delgadísimo cigarrillo oscuro. Antes de encenderlo me pregunta:
—¿Le dolía la cabeza?
—Se sentía débil, con jaqueca, sí. Malestar estomacal.
—¿Náuseas?
—Algo. Es que ayer almorzamos una comida china que ya tenía unos días.
—¿No llamaste a un doctor?
—No, no es para tanto. Le tocó una semana dura en el banco. Yo creo que necesita descanso, eso es todo.
—Pero a ti la comida china no te sentó mal. Y a ella sí. Curioso. ¿No estará embarazada?
—No lo creo.
Celinda me mira directo a los ojos. Su mirada me parece desafiante, intrusiva.
—¿No lo crees o no lo sabes?
—No lo creo. Imposible.
—¿Cómo que imposible? ¿Te puedo hacer una pregunta?
—Sí, claro.
—¿Tú y Carla tienen relaciones cada tanto?
—Sí.
—¿A menudo?
—Sí. Muy a menudo.
—Ah.
Celinda aspira su cigarrillo y lanza el humo entre la lámpara de lágrimas que cuelga desde el techo.
—¿Entonces por qué imposible?
—Porque nos cuidamos.
—He visto muchas cosas en esta vida, amor. A veces la gente más cuidadosa es la más aguerrida. No hay mujer que no quiera comprobar si es mujer. Aunque sea para luego cambiar de parecer. Nosotros, en cambio, siempre supimos que no...
Don Bartolomé ingresa, sin aviso, a la sala.
—¿Siempre supimos qué?
—Que lo tuyo era el cine.
En la bandeja que trajo de la cocina hay una botella de Anís del Mono, tres vasos, una hielera y un sifón con soda. En un pocillo hay dos docenas de huevitos de codorniz con su cáscara cubierta de lunares. Celinda sirve los tragos como una profesional.
—Veo que llegaste sin el aparato —me dice Paternostro—. Te arrepentiste.
—El computador está en el maletín, doctor.
—Cómo. Pensamos que traerías una armatoste. Despejamos todo el escritorio.
—Ahora existen unos que son aún más delgados. Desde luego los hay más livianos.
—Quién lo hubiera dicho.
Bebemos el anís. Celinda descascara los huevos. Les saca la yema antes de salpicarlos con sal. Luego se los da al doctor. No sé por qué no me ofrece. Tampoco me atrevo a sacar. No me apetecen, la verdad. Menos con anís.
—Estoy pensando terminar un documental inédito, muchacho. A lo mejor te interesaría ayudarme. Tengo un par de latas con imágenes de María Luisa Bombal.
—Esa vieja borracha.
—Cállate, mujer. Déjame terminar. No tiene sonido. Y no creo que sean más de veinte minutos. Es ella caminando por Viña del Mar. Leyendo sus libros. Ese tipo de cosas. ¿Tú crees que con la tecnología moderna podría...?
Golpean la puerta.
Todos callamos.
—Debe ser el veterinario —indica Celinda—. Espero que no te moleste.
—Para nada.
—No estará más de cinco minutos —me consuela don Bartolomé antes de levantarse de su silla.
Lo miro atravesar la inmensa sala. Celinda lo sigue. Ambos caminan iguales, me fijo.
Un chorro de luz se filtra al abrir la puerta. Ilumina al gato. Los tres se quedan bajo el umbral, conversando en silencio.
El veterninario es un tipo color arena, de rasgos eslavos, con un corte de pelo naval. Parece un estudiante. El contraste con la edad de los Paternostro es evidente y hasta obsceno. Lo mismo la altura. Mide cuarenta centímetros más que los dos, calculo.
Celinda cierra la puerta; la penumbra se apodera una vez más de la casa. El veterinario se acerca a la gata, la revisa con el tacto. Le hace un gesto a Paternostro para que la levante. No es una maniobra fácil. El animal parece pesar una tonelada. Desaparecen por una puerta de la que no me había percatado antes.
El maletín del veterinario queda abandonado en el suelo.
Me levanto y, sin saber qué hacer, desenfundo el computador. Lo coloco sobre el escritorio que despejaron. Celinda aparece y recoge el maletín. Veo su reflejo en un espejo.
—Te iba a proponer justamente eso: que empezaras. El doctor quiere revisar a Perséfona. Ya no está tan joven. Tiene casi mi edad.
Luego me susurra:
—Creo que tendremos que ponerla a dieta.
—Necesito un enchufe telefónico.
—Tenemos un solo teléfono. El que está ahí. Espero que no nos dejes sin línea, niño.
—Un rato, no más. Mientras naveguemos.
Celinda me mira con cara de no entender.
—Después nos dejas comunicados, mira. Nada de cosas raras.
—Nada de cosas raras —repito.
Espero a que Celinda desaparezca nuevamente hacia la pieza en donde están Perséfona, el veterinario y el doctor Paternostro. Desenchufo el teléfono. Me fijo en que es de los teléfonos antiguos que se conectan con un enchufe con cuatro patas. No hay forma de conectar el módem. Quizá podría llamar a la compañía. Solicitar un cambio de sistema.
Enchufo el teléfono y, al segundo, suena.
Salto como si me hubieran electrocutado. Me protejo detrás de una silla. El teléfono prácticamente se sacude con cada ring.
Me acerco dispuesto a contestarlo. Deja de sonar.
Silencio.
Entonces veo al veterinario. Luce una cotona blanca y guantes transparentes. Tiene una jeringa metálica en la mano. Me contempla, luego rehúye mi mirada y desaparece.
El silencio es quebrado por los gritos. Rebotan en los vidrios. Camino unos pasos, hacia la pieza. Los gritos van y vienen, como una marea. Alcanzo a ver la figura del doctor Paternostro Villalba tendido en una cama; abraza al animal.
Mi zapato pisa algo viscoso, transparente. Miro la alfombra: una poza gelatinosa, placentesca, yace en el lugar del gato. De Perséfona.
El veterinario aparece con una palangana de plástico y un montón de paños de cocina. Debe tratarse de un parto, pienso.
El doctor me mira el calzado.
—¿Usted es...?
—Amigo... Alumno del profesor, más bien. ¿Sucede algo?
—El animal está muy mal.
Don Bartolomé vuelve a gritar. Es un llanto mezclado con palabras que no puedo desentrañar. Tampoco hace mucha falta. Es como si entendiera. Como si lo entendiera todo.
—Voy a tener que sacrificarla ahora mismo —me dice en forma seca.
Ninguna palabra llega a mi boca.
—No hay operación posible. Se trata de una hemorragia devastadora. Está muy mal, sumida en un dolor que no le permite ni siquiera quejarse.
—¿Pero ahora? ¿En este instante? No podría...
—Creo que es mejor que se retire. Yo me hago cargo. No se preocupe. Yo les digo que usted se despidió de mí.
—¿Hay algo que yo pueda...?
—Creo que preferirían estar solos. Entiéndalos, no se lo esperaban. La gente sola se encariña mucho con los animales.
El doctor desaparece. Comienzo a guardar el computador dentro del maletín. Me fijo en el vaso con licor. Lo trago de un golpe. Entonces la veo. Veo a Celinda. Está a un costado.
—No te vayas. Quédate conmigo.
Celinda me estira la mano. Miro la puerta y se la tomo. Es ínfima, fragílisma. Siento la piel blanda, las venas. Noto su palpitación. Celinda camina hacia un sofá. No puedo hacer otra cosa que seguirla. Ella se sienta. Yo la imito. Me suelta la mano y se tapa la cara con las dos.
Desde la pieza se escucha:
—¡No, no, no aún...! ¡Cinco minutos más!
Nada de lo que he vivido hasta este momento me ha preparado para este instante. ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué estoy viviendo? ¿De qué se trata todo esto?
Intento no saber. Pero algo sé. Sé que no me puedo escapar.
Celinda se sube a mi falda y se me acurruca como una niña. Es tan pequeña y liviana. Se queda ahí, destrozada, sin vida, agonizando. Le toco el pelo, se lo acaricio.
El doctor sale de la pieza. Nos ve. Se acerca.
Miro mi mano: está negra, tiznada con tintura.
—Ya está en el cielo. Ya no va a sufrir más.
Celinda se incorpora. El doctor la ayuda a levantarse. Su maquillaje está corrido.
—Don Bartolomé la necesita.
Celinda no me mira. Camina tambaleando hacia la pieza. Desaparece. Me quedo en el sofá, intentando recuperar aquello que acabo de perder. Apenas, a mi pesar, sin fuerzas, me levanto y llego a la puerta. Salgo. Camino por el pasillo, bajo la escalera. Me topo con la reja de fierro. La empujo. No abre. No cede.
Al otro lado, me fijo, está lloviendo. Es de noche. Se ve poco.