País Relato

Autores

alberto fuguet

el far west

Ok, cuando quieras. Partamos, no más.
Vale. ¿Te molesta que grabe?
No, para nada.
Gracias. Es mejor grabar que anotar. Lo he ido aprendiendo con el tiempo. Si anoto, no te puedo mirar.
¿Y para qué me quieres mirar, huevón?
No, o sea... Es para la confianza.
Ya te tengo confianza; si no, no estarías aquí. ¿Crees que te hubiera dejado acercarte?
Eh...
Además, no te conozco, así que todo bien. Sólo desconfío de aquellos que me conocen.
Entiendo.
No creo, pero da lo mismo. En mi vida, huevón, sólo me ha cagado gente de confianza: mi viejo, amigos, minas. Profes, también. Empleados, jefes. Un desconocido, en cambio, nunca me ha cagado. Por ahora. Espero que no me cagues.
Puedes confiar en mí.
Confiar en un periodista.¿No te parece un poco ingenuo?
«Toda mi vida he dependido de la bondad de los extraños».
¿Qué?
Nada. Mi polola es actriz. Hizo una obra... Da lo mismo. Así terminaba una obra muy famosa en que actuaba.
No sé. No voy al teatro. Odio el teatro. Ya ni voy al cine. Aquí no hay. Tampoco tengo tele.
No te pierdes nada.
Seguro. Aunque igual estamos pensando con mi socio instalar Sky en las cabañas. A los veraneantes les gusta ver tele. El Festival de Viña y toda esa mierda. Aquí la señal abierta llega como el forro.
Ya basta de charlitas, mejor entrar en acción. Si logro relajarlo, tendré un gran artículo. Basta que me cuente la mitad de lo que le pasó para que tenga un medio título y una buena crónica. Voy a matar. La Paula Recart va a quedar feliz, me va a amar, capaz que hasta me contrate como su reportero estrella.
¿Te pareció muy largo el camino?
No. De hecho, pensé que era mucho peor. Me sorprendió que estaba todo pavimentado. ¿Partamos?
Partamos.
Tengo varios minicasetes y pilas. Así podemos hablar todo lo que queramos.
Lo que quiera. El que va a hablar aquí soy yo, no tú.
O sea, sí, claro, Pablo; pero se supone que vamos a conversar...
Tú vas a preguntar, que no es lo mismo. Y yo, si quiero, te voy a responder.
Sí.
Entonces esto no será una conversación, compadre. El que tiene el poder aquí soy yo. ¿Y gracias a quién? A ti. A ti y a tu morbosa curiosidad reporteril. Si decido no hablar, te quedas sin pan ni pedazo.
No me queda tan claro.
Entonces quedemos hasta aquí. Un gusto haberte conocido.
No se trata de eso...
Entonces te puedes regresar a Santiago sin tus casetes saturados con mi voz. Lo que tú quieres, lo que necesitas, son los detalles. ¿O no?
O sea...
Sin los detalles, compadrito, cagaste pistola. Tu jefecita dejará de ser tan dulce y te va a volar la raja. ¿Te parece mal lo que te digo?
No. Es tu visión de las cosas. Te la respeto. Yo sólo quiero ayudarte...
Te quieres ayudar a ti, huevón. No te vengas a hacer el inocente. Un periodista no puede ser bueno, aunque trate. Siempre terminará hiriendo a otro.
Pero yo con esta historia quiero ayudar a los demás. Igual creo que tu caso...
Por algo me vienes persiguiendo hace dos meses. Mi historia te toca y te llega.
Sí, claro. No lo niego. Es una buena historia. No siempre uno se topa con buenas historias.
Así me gusta: sé sincero. Muestra tus colmillos, Félix.
Felipe. Felipe Rivas.
Te gusta la sangre, la hueles, y sabes que yo apesto a ella. No tienes nada de qué avergonzarte, Felipe Rivas.
Puede ser. Lo admito.
Lo que tú quieres es un buen artículo. Y creo que lo vas a tener. Así que nada..., veamos qué pasa.
Tiene razón: sin él, no puedo conseguir la historia. Por lo general, el entrevistado es el que está nervioso, el que tiene miedo. ¿Por qué ahora soy yo el que se siente interrogado?
Ah, y tampoco tengo todo el día, Félix.
Felipe.
Es lo que quería decir. Surfeo por las tardes, Felipe. Acá abajo. Es para mantener mi sanidad. Cuando surfeas, te equilibras. ¿Lo sabías?
No.
¿Sabes nadar?
Sí, pero casi nunca nado.
Deberías.
Ahora que estoy de freelance voy a tener más tiempo.
Puta, sin tiempo, ¿de qué te sirve todo lo demás? Y es el tiempo el que se te escapa, no la plata, no la gente, no las cosas. Eso, huevón, lo aprendí en Hawai. ¿Has ido?
No.
El mar está gris. Cubierto. No se ve el horizonte. Siento frío pero, al parecer, Pablo está acostumbrado. Incluso parece estar sudando. A lo mejor son los nervios. Su pelo —largo— está mojado alrededor de sus orejas. De que está eludiendo el tema, lo está. Se me está yendo por la tangente. Pero tampoco puedo obligarlo ni lanzarme, de una, con la artillería pesada. Quizá sea mejor seguirle la corriente. Entrar de a poco. Dejar que opine y opine antes de encerrarlo en su propio cuento.
¿Siempre amanece nublado acá?
Si no despeja a la una, no despeja.
Tenemos tiempo, entonces.
Supongo que sí. ¿Una cerveza?
No.
¿No?
Bueno.
María, dos chelas, por favor. No, una no más. Yo quiero una michelada. ¿Quieres una?
No.
¿Quieres un crêpe?
No, estoy bien. Gracias.
Si escribo esto en tercera persona, debería anotar detalles. El lugar, las cabañas, su ropa. Su polera alguna vez tuvo mangas; alguna vez fue color azul. Dice Puerto Escondido. Nota mental: debo averiguar dónde queda. Creo que está en México. ¿Estará en Baja? A los surfistas les gusta Baja. Lo leí en una Revista del Domingo. ¿O fue en otra parte? Debería preguntarle dónde queda.
Puerto Escondido está en México, ¿no?
Sí.
¿Baja California?
No. La costa del Pacífico. Oaxaca. México es la zorra. Pero Puerto Escondido es...
El cielo...
No, no para tanto. Igual hay gente. Y en el cielo no puede haber gente. Pero Escondido al menos está escondido. Siempre hace calor, no como aquí. Si eres surfista, es la cagada. Puta, es bacán. Igual yo estaba más en Xipolite porque ahí puedes pasar en pelotas.
Ah, es una playa nudista.
Supongo, sí. Claro. Vos eres medio cartucho, ¿no?
No.
Ah. Igual tienes cara como de nerd.
Puta, gracias. ¿Tú eres nudista, Pablo?
La preguntita. Veo que partimos. Los periodistas son periodistas. Hagan lo que hagan.
Perdona. Tics del oficio.
Dos micheladas trajo María. No voy a reclamar. La cerveza viene con hielo molido y se ve oscura. Mmm. Es picante. Y tiene salsa inglesa o algo así. No diré que no me gusta. Tengo que ganarme a este huevón. Tiene que hablar. La Paula me va a crucificar si no regreso con...
Ok, Felipe, ¿quieres que parta por el comienzo? ¿O por esa noche?
Partamos al final. A veces es mejor sacar eso para fuera para poder ordenar el cuento. ¿Qué fue lo que pasó esa noche? La noche del...
3 de octubre. El mismo año que atacaron las Torres Gemelas. Un poquito tiempo después.
¿Qué pasó ese 3 de octubre?
Mira, ese miércoles en la noche, porque fue un miércoles, día de semana, un día normal, yo estaba en el cumpleaños de una amiga de mi polola de ese entonces. Era un cumpleaños familiar, con los papás de la festejada. El típico cumpleaños fome de día de semana de mina que no tiene pololo y que dice querer más a su familia de lo que la quiere; lo que pasa es que no tiene con quién más juntarse. Pero la mina era la mejor amiga de la Cristina, mi polola, así que fui. Y comencé a tomar piscolas de puro aburrido porque, de verdad, me cargan las piscolas, prefiero el ron, el cuba libre; pero los dueños de casa, unos viejos medio fachos, no tenían nada más. La cosa es que nos pusimos a conversar sobre la situación de mis hermanos. No sé cómo surgió el tema, pero como la gente no era gente que yo conociera, tampoco me explayé tanto ni hablé pestes contra mi viejo como para que alguien pensara «este gallo va a cometer una locura en cualquier momento». Pero sí terminé hablando harto sobre arriendos y departamentos. De pronto a la vieja, a la dueña de casa, le cae la teja y me dice, casi horrorizada, «no entiendo, joven: usted es el apoderado de sus hermanos. ¿Y sus padres?».
No podía creer que tuvieras tanta responsabilidad.
Claro. Eso siempre ha sorprendido a la gente. Pero cuando le dije que mi padre era un hijo de puta y que mi madre estaba muerta, la vieja casi se cae de espalda. Se puso blanca. Inmediatamente cambió de tema y se puso a pelar a la Vivi Kreutzberger, porque a la gente en los cumpleaños no les gusta tocar temas peludos.
¿Y qué pasó después?
Fui a dejar a la Cristina a su casa. Vivía en Hernando de Magallanes con Bilbao. Por ahí. Ella andaba como tonta y no quiso que pasara. Nunca quería porque vivía con sus padres. Además, según ella, estaba indispuesta. Algo que, personalmente, me da lo mismo. Pero la Cristina se bajó del auto y nada. Ni un beso. Así que partí. La idea de ir a la casa de mi viejo me vino un poco más tarde. Cuando comenzó a sonar Ausencias del grupo Nadie. ¿Conoces esa canción?
De los ochenta.
Sí. Chilena. Del grupo Nadie.
«A Nadie».
Sí, así les decían, pero eran buenos. O sea, yo creo que eran buenos. Tuvieron, al menos, una canción.
Con una canción —dicen— basta.
Totalmente de acuerdo: con una canción basta para que te recuerden. Sin duda. La cosa es que surge esta canción de la nada, después de un tema, no sé, creo que de OMD. Y no sé, Ausencias como que me conecta con algo..., con el pasado, con un pasado bueno, cuando era más pendejo, pero también con un pasado como las huevas, porque la verdad es que nunca la pasé peor que cuando se suponía que debía estar pasándolo la raja. ¿Me cachai?
Totalmente.
Pero lo que me mata de la canción..., lo que me mata es el coro. Quizás es un poco adolescente. Como de adolescente que lee filosofía y no entiene nada pero igual se siente profundo.
«Lo que no te mata, te hace más fuerte».
Lo que igual es verdad.
Sí.
No porque no hay/siquiera una razón/un pájaro volador/un poco de comprensión/Ten un poco de compasión.
Me acuerdo de ese tema, sí.
Y nada..., como que de repente me vi onda llorando, pero sin querer, y eso que no había tomado tanto. Mientras me secaba, capté que iba manejando por Las Condes arriba, casi en piloto automático. Como que el auto comenzó a dirigirse a la casa de mi padre. Como en esa película... Christine. Quizás el auto sabía que tenía que ir donde él, que yo tenía que enfrentar mi destino para así poder liberarme. No sé. Tampoco sé cómo llegamos a todo esto. Perdón, ¿dónde iba? Perdí el hilo.
Cuando te despediste de tu polola se te ocurrió ir a ver a tu viejo.
Eso. Como que la canción me gatilló algo. O me dio fuerzas. Si la Cristina, que tenía algo de mamá, hubiera sospechado siquiera que yo podía tener intenciones de ir esa misma noche adonde mi viejo, no me habría dejado. Ella sabía que yo había ido antes y era de la opinión que era mejor cortar la relación de raíz y de una vez por todas. Una vez me dijo que ya no valía la pena que me juntara con mi padre.
¿Por qué?
Porque siempre terminaba mal, con gritos. Y, al final, el que terminaba peor, enganchado, era yo. Esa noche, en todo caso, fui a conversar con él de nuestra situación. Mi plan no era pelearme, aunque sí desahogarme. Tanta mierda en mi cabeza ya no me dejaba dormir. Fui a enfrentarlo; algo que nunca había hecho en toda mi vida. Porque discutir por huevadas no es lo mismo que enfrentarse y hablar claro. En ese sentido, fue una noche distinta. Pero, puta, no sabía que sería tan distinta. Mi padre puede ser un hijo de puta, siempre lo ha sido, pero otra cosa es que sea...
Un asesino.
Exacto. Aunque no me mató.
Pero quiso...
Sí, se le pasó la mano.
Bastante.
Bastante, sí. Además, me atacó por la espalda.
Ah. No sabía eso.
Por la espalda, como los traidores.
¿Sin aviso?
Sin aviso.
Quizás eso fue lo que más te descolocó. No tanto que te disparara, sino que haya sido por la espalda.
Te aseguro que si me hubiera baleado de frente, me hubiera dolido igual.
Hablo más bien de los aspectos simbólicos
Da lo mismo que te balee Edipo o Ulises o no sé quién chucha. Cuando tu viejo te balea, tus traumas se acaban y uno sólo está preocupado de no desangrarse. ¿Te puedo hacer una pregunta?
Claro.
Tú has ido a terapia, ¿cierto? Dime. ¿Has ido?
Sí. ¿Por qué? ¿Se me nota?
Demasiado.
Ah.
¿Por qué fuiste?
Por huevadas.
¿Pero por qué?
Creo que son temas personales.
Por qué, te dije.
Puta, por rollos con mi viejo.
Veo. ¿Te baleó?
No.
¿Lo intentó?
No.
¿Entonces por qué te llevaron?
Porque, aun de adolescente, me meaba en la cama.
¿A qué edad?
Puta, a los doce.
¿Pero por qué? ¿Te pegaba? ¿Te culeaba? ¿Qué?
No, nada tan terminal. Nadie me pescaba. Con el tiempo, supongo que da lo mismo. Creo. Uno lo supera. Pero cuando lo estás viviendo, cuando crees que todo es tu culpa o que has hecho algo malo, puta, la huevada te rebana los sesos. Te bajan las defensas, pierdes tu columna vertebral y te vas a la mierda.
¿Malas juntas?
Digamos que llegué a la adolescencia sin estar preparado. Repetí curso. No salía de mi pieza. No hablaba. Las minas no me pescaban, me odiaba, me encontraba feo, todo me daba miedo. No paraba de dudar de todo.
Dudar es lo peor. Cuando te largas a dudar, después no puedes parar. Dudar es el jale de los pensamientos.
No era capaz de terminar nada. Nada. No tenía amigos. Pero onda ninguno. Pasaba volado, y borracho. Traté de matarme con las pastillas de mi vieja, pero se me hizo. Y eso..., al final, igual uno vive. Se salva raspando, pero se salva. Sales al otro lado.
Lo típico.
Sí. ¿Contento? No creo que sea tan distinto al resto. Mi vida no da ni para novela ni para artículo. ¿Podemos seguir?
Pero igual tienes tu pasado.
No tanto como el tuyo, pero tengo pasado. Yo creo que todos tienen un pasado.
Sí, pero no todos tienen un futuro. Puedes usar esa frase como destacado.
No todos. ¿Tú crees que tienes uno?
Digamos que tengo un presente. Con eso, por ahora, me basta. No hay que pedirle mucho a la vida. ¿Otra cerveza?
Yo estoy bien.
Yo me tomaré otra. Además, como que me cansé, Felipe. Estoy raja.
Pero si recién partimos.
Sí sé, pero... ¿Sabes? No sé si quiera seguir... Igual todo es como muy... no sé. Es difícil. Espero que entiendas...
Tiene que seguir. Recién comenzó a abrirse. No puede parar ahora. No puede. No abandoné el diario La Segunda para luego fracasar. La única manera en que pueda armarme un nombre es con un artículo que pegue, que llame la atención. Sin polémica no hay ruido, y si no hay ruido, nadie escuchará tu nombre. Pero esto es más que polémica. Es un golpe. Un golpe directo al corazón. La revista Paula sólo publica cosas de nivel. Un testimonio que, de seguro, podrá...
¿Otra cosa?
¿Qué?
¿Si deseas tomar otra cosa? Hay jugos...
No, gracias.
¿En qué estabas?
No... Estaba pensando, no más.
¿En qué?
En lo que tengo que hacer cuando vuelva a Santiago.
Huevón, relájate. Si te voy a hablar. ¿En eso pensabas?
No.
No mientas.
Sí.
Lo haré. Don’t worry. Pero necesito otra cerveza. Y un pisco. María... venga, por fa. Eh... ¿Te molesta que me fume un...?
¿Pito?
Sí. ¿Quieres?
Eh..., creo que no.
¿No?
No. O sea... si tú quieres..., pero creo que lo mejor para ti...
¿Lo mejor para mí? No me huevees. Ya tuve un padre y mira lo que me pasó. Ah. María, me trae otra michelada y un corto de pisco. ¿Tú?
Una Coca-Cola no más. Con eso estoy bien.
Eso, María. Gracias.
Si quieres, Pablo, podemos partir por el comienzo.
Te dije que estaba cansado.
Cansa menos cuando uno cuenta las cosas en orden. Es más largo pero dejas de pensar. Te fluye no más.
¿Eso te lo enseñó tu sicólogo?
Pero igual creo que es una buena idea.
¿Qué?
Que partamos —que partas— por el comienzo...
¿Qué comienzo?
Tu comienzo. Mira, Pablo, si no quieres llevar esto a cabo, de verdad que te entiendo, pero por favor...
¿Que cuándo nací y todo eso?
Sí.
Es una historia larga, ojo.
No importa, son las mejores. Además, no hay apuro. Tengo tiempo.
Pablo enciende el pito y lo aspira. Miro las banderas de piratas flamear. El humo invade todo el espacio sombreado del chiringuito. Claro que no hay nadie. Sólo María, que está más allá, en la cocina; se me ocurre que ya conoce esta historia. Algo me dice que se la sabe de memoria.
Supongo que todo empieza mucho antes de esa noche. Mucho antes incluso de que muriera mi mamá. Supongo que todo comienza con ellos.
Sí. Todo parte así.
Bien: ellos se casaron en 1971, en plena UP. Creo que faltaron muchas cosas en la boda, que igual fue chica, y fue en el campo, en el campo de un tío mío, que queda en Boco, al lado de Quillota. Mi mamá se llamaba Mariana Cruz Tagle, y tenía 17 años; y mi papá, Francisco «Pancho» Santander Ossandón, que recién había cumplido los veinte.
¿Los veinte?
Sí, eran un par de pendejos. Demasiado chicos. Quizá por eso nos tuvieron; lo hicieron sin pensar. Si la hubieran pensado, yo creo que al menos mi viejo no me tiene. Pero, como te dije, eran chicos. Mi viejo, seguro que pasaba con la penca parada y no creo que pensaba que cada vez que se comía a mi vieja podía surgir un hijo, y menos una serie de responsabilidades. Para nada. De hecho, se casaron apurados. Fui yo, digamos, la razón de su unión. Se casaron de tres meses. Al rato, aparecí yo. De verdad creo que no sabían lo que hacían.
¿Crees eso?
Quiero creer eso. Porque no creo que uno planee ser un mal padre ni que uno quiera cagarse a sus hijos. Lo que pasa es muy simple: uno espera que, a medida que crezcan, te vas a ir calmando. Juras que el tiempo te hará mejor persona y, de paso, mejor padre; pero, claro, nunca sucede.
¿No?
Por desgracia, no. Ah, gracias, María. Lo anota en la cuenta.
Gracias.
Mmmm. Está rico. Está empezando a hacer calor.
Sí.
¿En qué estábamos?
En tu nacimiento.
Entonces nací yo. Pablo Alejandro Santander Cruz. ¿Quieres mi número de carnet?
No. ¿Qué año fue?
El 71. ¿Tú?
El 72.
Yo nací el 18 de septiembre de 1971. Justo para Fiestas Patrias. Puta, desde que tengo barba o antes que he pasado mis cumpleaños tumbado en el suelo barroso de una fonda escuchando cómo bailan cueca arriba mío. ¿Qué más?
Eh... tu infancia. ¿Cómo fue?
Como las huevas. ¿Qué más?
Puedes explayarte...
Puta que hueveas; mira, desde que tengo memoria veo a mi viejo pegándole a mi vieja, o castigándonos a nosotros. Los sociólogos, sacos de huevas, alegan que los monos japoneses de la tele son demasiado violentos, pero, puta, son menos violentos, te cagan menos la siquis, que tu viejo, hediondo a Flaño, armando el medio escándalo porque sí. ¿Estás de acuerdo?
Sí.
Desde los tres años que me agarra a correazos. Y le pegaba combos a mi vieja. Una vez hice un cumpleaños. Invité a todo mi curso. Mi viejo empezó a discutir con mi vieja, tomó la torta y la tiró contra la pared, y luego le pegó tanto a mi mamá que ella sangraba arriba de la mesa. Todos los pendejos lloraban, traumados.
¿Hasta cuándo duró el matrimonio...?
Mis papás se separaron definitivamente en 1985, cuando yo tenía 14 años. En 1980 ya se habían separado por primera vez y estuvieron dos años así, distantes. Pero después se volvieron a juntar como por cinco años, período en el cual nació la Tere. Sé que todo esto es medio enredado, pero, puta, la vida no es ni como en las películas ni como en los cuentos. Es un puro caos, no más.
De más.
Y tampoco uno aprende algo al final. Yo, al menos, no.
¿No?
No sé. No creo. Cuando mis viejos se volvieron a separar, después de este segundo intento, mi mamá se fue de la casa. Se fue con lo puesto. Ahí sí que no entendí nada. Ellos, desde luego, no aprendieron su lección. Me acuerdo que el día que mi vieja se iba me preguntó qué opinaba y yo le dije: «Primero te vas tú, después me voy yo, después se va la Connie; es la única manera que tenemos de escapar». Un par de meses después me arranqué. Me costó mucho porque de alguna manera —supongo que por ser el mayor— yo era el hijo predilecto de mi viejo. El favorito. Quien te quiere, te aporrea. A la Connie le costó harto también. El Martín y la Tere se quedaron con él porque eran chicos.
Son cuatro hermanos, entonces.
Somos cuatro hermanos Santander Cruz: yo soy el mayor; después viene la Connie, que es mamá del Miguel Ángel; después está el Martín, que estudia Ingeniería en computación en la Portales, y la Tere, que está en Tercero Medio. Viviendo con él corríamos auspiciados en la parte económica, pero sólo si vivíamos con él. Esa era la condición. La Connie no estaba dispuesta a venderse y terminó en un liceo con el apoyo de mi vieja; después se dedicó a viajar. Quería estar lo más lejos posible. Vivió harto tiempo en San Pedro de Atacama. Se recorrió toda Sudamérica mochileando. Ahora estudia Teatro en Colombia; está en su tercer año. Mi papá, a todo esto, se volvió a casar hace como doce años. Y el año antepasado Martín se fue de la casa. La Juana, la segunda mujer de mi papá, trataba muy mal a la Tere, le pegaba; por eso el Martín siempre tuvo muchos problemas con ella. Estaba bueno el pito. Te lo perdiste.
Volvamos ahora un poco atrás. Rebobinemos.
Vale.
Cuéntame algo de tu adolescencia. ¿Qué onda?
Me acuerdo de cuando vivíamos en una casita de la calle Arizona, en la villa El Dorado. Había muchos niños en el barrio, porque eso era: un barrio hecho y derecho. Yo pasaba en la calle. Tenía, no sé, unos doce años. Me acuerdo que era capaz de escuchar a varias cuadras de distancia el auto de mi papá: un Fiat 132. Ahí me entraba el pánico. No quería que me castigara, pero me castigaba igual aunque no me hubiera mandado ningún condoro. Bastaba que escuchara el ruido del motor para que me largara a vomitar.
¿Y más de grande...?
Igual no más. Pero todo es más piola, más para callado. Es más fácil tener miedo de chico que de grande porque no tiene nada de malo tener miedo cuando eres chico. ¿Me cachai? Es lo que corresponde. De grande, puta, ahí la huevada se complica porque el miedo lo tienes que esconder. Pero no se te va. Se transforma en otras huevadas, pero no se te va.
¿En ira quizás?
Cortemos la huevada sicológica, ¿ya?
Vale.
Estuve en todos los colegios. En todos. Tanto que, al final, no estuve en ninguno. Pasaba metido en los Delta, jugando. Me gasté una fortuna en fichas. Cuarto Medio lo terminé haciendo exámenes libres. Lo mío era flojera. Flojo, muy flojo el culeado. Lo asumo.
¿Eras muy conflictivo?
Muy pocas veces en mi vida he peleado. Fui más cobarde que pato malo. Yo no era el cabrón del curso ni el que andaba peleando. Para nada. Como que le tenía miedo a la agresión. Cuando veía a mi viejo enajenado con nosotros o con mi mamá, lo que sentía era pánico, no rabia. Pero, por otro lado... es raro, pero, a veces, mi viejo...
Tu viejo qué...
No era tan mala persona. En serio, no era tan malo. O sea, sí. Puta que sí. Pero la verdad es que también tengo buenos recuerdos de él cuando yo era pendejo. ¿Qué quieres que le haga? Como que me compraba todo lo que quería. Me hacía cómplice de sus huevadas. Ese era su truco. Estando con mi viejo, lo teníamos todo: socios de un estadio para que jugáramos tenis, subidas a la nieve, veraneos en la playa, viajes a Florianápolis. Me acuerdo que incentivé a mi viejo para que se comprara una camioneta y fuéramos a dunear. Me compró una moto a mí, le compró una al Martín, y andábamos en moto. El año 87 fui campeón nacional de motocross, categoría 125 centímetros cúbicos. Me regalaron Milo para todo un año. Salí en todos los diarios. Fui a competir a Mendoza y Córdoba y a Uruguay. Y a un campeonato panamericano en San Antonio, Texas. Tengo una foto frente al Álamo. Mi viejo me acompañó y luego fuimos juntos en un auto a conocer la NASA en Houston. Yo tenía una KTM y con ella aprendí mecánica. Si llegué a ser campeón fue gracias al auspicio de mi viejo. Y porque mi familia todavía estaba unida.
¿Nunca pensaste estudiar en la universidad?
No. Si uno cacha para qué sirve, entonces no sirve para nada. De verdad. Te vas directo por el cagadero. Así que ni lo intenté.
¿Qué hiciste?
A instancias de mi abuelo materno, que tiene muchos contactos, mi mamá me mandó obligado a hacer el servicio militar en Punta Arenas. El 92. Mi mamá estaba con problemas económicos y yo andaba jipeando con mochila por aquí y allá, así que entre los dos hicieron la movida para que me fuera a hacer el servicio al sur.
¿Cuánto tiempo estuviste por allá?
Como año y medio. Y en la Fuerza Aérea. Después me volví a Santiago y ahí estuve como un año, pero no lo pude resistir. Así que me vine para acá a Pichilemu. Todavía no construía las cabañas pero ya teníamos los terrenos. Me prestaron plata y me hice cargo del hotel Chile-España que, en esa época, estaba para el pico. Y nada: lo arreglé, le di onda y lo transformé en un refugio power para surfistas. Salimos en la guía Lonely Planet. Hasta me citan. Ask for Pablo: you can count on him.
Ahí enganchaste con el surf.
No, mucho antes. Yo creo que surfeaba en el útero. Mis abuelos siempre han tenido casa acá. Y varios terrenos, además de un campo cerca de Litueche. Yo tengo una conexión con esta zona. Supongo que esta playa es mi lugar. Por eso siempre vuelvo para acá. Es el único sitio donde me siento seguro. Aquí conocí a la mamá de mi hijo y, sin pensarlo mucho, me casé. De una. Nos fuimos a vivir un año a las sierras de Bellavista. Después otro año en Santiago, donde nació el Lautaro, que hoy tiene siete años. Pero me apesté y nos volvimos para acá, para que el chico se criara en la arena y bajo el sol.
¿Tienes un hijo? No lo sabía.
Sí. Como padre, me declaro responsable dentro de lo que he podido ser. Mientras estuve con él nunca le faltó nada y su cercanía me resultaba sumamente motivadora. Nunca estuve muy de acuerdo con que se fuera al sur. La mamá es de Chillán. Pero se fueron y perdí todo contacto. Hubo una pelea por teléfono y ella ahora ya no vive ahí. Ahora está, creo, en Argentina. En la Patagonia. Creo que en Puerto Madryn, pero no me consta. Quizás están en Río Gallegos. No sé. Con ella nos separamos por problemas estrictamente de pareja. Tampoco creo que terminamos por mi familia. De hecho, la cosa se puso grave después de que ella partió.
O sea, no tienes contacto con ellos. Ni con él.
No. Pero no porque no quiera. Son cosas que pasan. Por ejemplo, no todas mi pololas —o sea, he tenido dos después de que mi mujer se fue— supieron que tenía un hijo. Igual no tengo cara de ser papá, así que no se dan cuenta. A la madre de mi hijo la he apoyado cada vez que he tenido la posibilidad.
No la ayudas, entonces.
No es que no quiera, no puedo. Te dije que no sé dónde están; tampoco me llaman.
Pero no crees que podrías intentar localizarlos y...
Ya; pero es mi vida. El artículo no es sobre cómo soy como padre.
Perdona.
Ya. Igual es complicado. No sé para qué te lo conté. Se me salió. Tal vez por todo lo que me ha tocado vivir, yo ya le tomé un poco de recelo a las relaciones pasionales. Pasa. Prefiero las relaciones más livianas. O simplemente no tener. Tampoco hacen tanta falta. No es tan difícil conseguir sexo. Y si te concentras, ves que tampoco es tan, tan importante o necesario. Por suerte, uno nació con manos. Mi actual polola, porque, increíblemente, ahora tengo a alguien, y eso que no andaba ni mirando, igual me estabiliza. Llevo cuatro meses, pero pase lo que pase, sé que no quiero casarme ni convivir ni deseo volver a tener hijos. Ya me casé una vez, por el civil y por la Iglesia, y sé que nunca más lo voy a hacer. De hecho sigo casado, porque no hemos anulado el matrimonio con la mamá del Lautaro. Pero mi idea es nunca volver a casarme ni tener más hijos.
Es comprensible.
Supongo. Pero no coloques nada de eso, ¿ya? Bórralo. No lo incluyas ni en broma. ¿Me entiendes?
Queda en off.
¿Off qué?
Off the record. Fuera del casete. Es como si nunca hubiéramos tocado el tema.
Mejor. Cero Lautaro, Felipe. Cero.
Off es off. Te doy mi palabra.
Ya .
Si quieres te puedo enviar una copia de todo esto.
No creo que sea necesario.
Vale. ¿Quieres seguir?
Sí. Sigamos.
¿Cómo era tu mamá?
Mi mamá se parecía a la María Olga Fernández. ¿No sé si te acuerdas de ella?
Algo.
Era de la tele. Después desapareció. Creo que se fue del país. A Miami. Incluso animó Viña. Ella fue la que le entregó la Gaviota a Fernando Ubiergo.
Por El tiempo en las bastillas. No me acuerdo de su cara pero me acuerdo de la canción. Éramos como muy chicos.
Una vez vi un programa de Antonio Vodanovic y me fijé. También tengo una Cosas en que es portada. Ella era linda. Súper bonita. Además, tenía clase. Era fina. Se notaba a la legua por como caminaba. Caminaba como modelo. Mi mamá era de una familia grande: siete hermanos, cinco mujeres y dos hombres. Fue vendedora de AFP. Trabajó en la AFP Summa durante muchos años y después se pasó a Provida. Sufría de una úlcera crónica que luego degeneró en un cáncer gástrico. Yo creo que mi padre la mató.
¿Cómo?
Mi padre la hizo sufrir demasiado y ella, claro, no estaba preparada. Nadie está preparado para sufrir tanto. Y menos cuando aquel que te hace sufrir es alguien que te quiere. Eso es lo peor. Eso te mata. Cuando le diagnostican el cáncer, lo único que nos pidió fue que por ningún motivo nos acercáramos a mi papá. Me decía: «No te vayas a vivir con él, no le metan juicio, nada; no se metan con él».
¿Qué edad tenía cuando supo de su enfermedad?
Cuarenta. La misma edad en que murió. Todo fue súper rápido. Al tiro. Quizá fue para mejor. No sé si yo hubiera podido soportar una enfermedad así por años. Llegó un momento en que vomitaba la fruta que había comido dos días antes. Lo peor es que le salía un olor a podrido, y a ella eso le daba vergüenza. Ella decía que era su maldita úlcera, pero una úlcera no es tan severa. Fue a la clínica, le hicieron la biopsia y, claro, la úlcera era cáncer y estaba muy avanzado.
¿Cómo reaccionaste?
No quiero hablar de eso.
Entiendo. Y qué pasó...
Duró apenas seis meses. Le pillaron el cáncer muy avanzado, la operaron casi sobre la marcha, se hizo el tratamiento y no funcionó. Mi vieja andaba con el catéter; ya no podía comer nada. En un momento dado entendió que no había mucho más que hacer, salvo desconectarse. Los doctores le dijeron que si lo hacía no iba a aguantar una semana. Duró dos meses. Igual ella quedó viva en mí.
¿Cómo así?
Me siento depositario de su energía. Hasta el día de hoy, cuando tengo dudas, ella me entrega todas las respuestas. Ella me ayuda a distinguir entre lo bueno y lo malo.
¿Y tú, qué edad tenías?
Yo ya estaba grande. O más o menos. Tenía 23, pero igual sentí que era chico.
...
...
¿Qué más le pregunto? ¿O lo dejo respirar? Quizá debería parar. Su voz, el tono de su voz... no habrá manera de reproducir su tono de voz. Su voz lo dice todo. Es como si su voz guardara todo lo que ha vivido. Y puta que le han tocado cosas. Y pensar que alguna vez pensé que mi vida ha sido espantosa. Que mi vida era peor que las de los demás.
Volvamos a tu padre. Háblame más de tu padre.
Un tipo complicado...
Al parecer...
Mi papá siempre fue agresivo, violento, superexplosivo y orgulloso. Mi mamá era todo lo contrario. Siempre le perdonó todo; de hecho, mi viejo se mandó hartas cagadas con mis abuelos maternos. Mi abuelo pudo meterlo preso muchas veces, pero mi mamá no lo dejaba. Por nosotros. Yo creo que a mi viejo lo que le dolió fue el hecho de sentir que alguien cercano se le saliera de su control. Mi madre dejó de quererlo. Eso es la clave de todo. Y lo dejó de querer porque no le daba espacio. Era my celoso. La celaba todo el día.
¿Tomaba mucho?
Sus problemas no eran ni de drogas ni de copete; era una huevada de personalidad. Una personalidad fallida. Después, con el tiempo, sin duda que comenzó a hacerle a todo. A todo. Y ni siquiera convidaba el hijo de puta. Pero su verdadero problema era su tendido eléctrico. Simplemente hacía cortocircuito. Mi vieja le dijo hartas veces que fuera a terapia y todo eso, pero él la mandaba a la chucha. Después vino lo de la separación y ahí empezó la cagada en serio. Era lógico que se separaran. Mi papá no sólo le sacaba la cresta, sino que la humillaba heavy. El amor se convirtió en odio. No sólo a mi vieja, sino a nosotros. Mal que mal nos fuimos con ella, lo dejamos solo. Por eso no nos pasaba ni uno. Mi viejo es reorgulloso y, por lo mismo, medio tonto. El habernos pasado plata hubiera sido como traicionar sus principios. Pobre huevón; en el fondo me da pena.
¿Te da pena?
Un poco. Sí. Me da harta pena.
...
...
Y tú crees qué...
¿Te confieso algo?
Claro.
Yo creo que nunca he amado a una mujer como él amó a mi vieja. Nunca. Tampoco creo que lo haga. Igual eso me da rabia. Y pica. Pero también es cierto que, por eso mismo, no creo que me pase lo que le pasó. Él se vino abajo como una casa de adobe durante un terremoto. Cuando ella se fue de la casa, cagó. Los hombres cagamos así.
Eso es verdad. Cagamos rápido.
Él necesita odiar. Siempre decía: el amor, como el odio, necesitan cultivarse; si no, uno se olvida la razón del porqué odia. Era el tipo de hombre que, para poder sentirse hombre, necesitaba tener a alguien en su contra.
Un enemigo.
Sí. Por eso mi papá era tan proPinochet, yo cacho. En el fondo era un dictador despiadado y, no sé, como que se identificaba con el viejo culeado. Lo encontraba simpático, divertido. El carácter, eso sí, lo heredó de su propio padre. Él es el mayor de seis hermanos y fue el único que se quedó viviendo con mi abuelo paterno, Facundo Santander, cuando este se separó de mi abuela. Mi abuelo, como buen hombre de su época, le era compulsivamente infiel a mi abuela. Creo que iba todos los viernes a un prostíbulo y luego tuvo una amante oficial. Incluso le tenía un departamento por el centro. Con mi abuela no se pescaban. Dormían en piezas separadas. Según mi madre, mi abuela estaba feliz de que su marido tuviera tanta activdad externa porque así no la molestaba. El acuerdo funcionó por años, todo bien. Hasta que mi abuela se metió, y no por amor, sino por carne no más, con el hombre —el hombrecito, como le decían— que iba todas las semanas a hacer el jardín y a limpiar los vidrios. El tipo tenía unos diez años menos que mi abuela que, por ese entonces, no sé, ya tenía unos cincuenta.
Parece un cuento de José Donoso.
Fue una huevada heavy para mi abuelo. Los encontró in fraganti y no la pudo perdonar. Expulsó a mi abuela de la casa. Y mi abuela cagó porque ni siquiera amaba al tipo. El hombre le daba cariño, no más, pero no sabía ni leer. Además estaba casado y tenía una pila de hijos. No es que tuviera planes de fugarse con él. Casualmente, a las pocas semanas, el Braulio, o sea, el jardinero, murió acuchillado. Se supone que fue una riña de borrachos en un bar de mala muerte del matadero. Pero, por lo que me cuentan, yo creo que mi abuelo tuvo algo que ver. Esto, claro, asustó aún más a mi abuela. La muerte del Braulio fue como una prueba para que ella entendiera que con Facundo Santander no se juega. Mi abuelo se fue en picada contra ella y el resto de sus hijos. Contra todos excepto mi padre, que fue el único en quedarse con él. Mi padre tenía nueve años. Mi abuelo era abogado, pero era el abogado de los chicos malos; le pagaban súper bien y tenía harta plata y contactos; tanto en el submundo como en los mejores círculos, por lo que siempre hizo lo que quiso. Una vez salí con una abogada y cuando supo quién era mi abuelo, su cara se volvió de piedra. «Qué asco», me dijo, y luego me pidió perdón. Yo le dije que sí, que tenía razón; el viejo era un asco, pero más asqueroso era que su sangre circulara por mis venas.
Pero uno no elige sus parientes.
Sí sé, pero, de todo modos, te marcan. Ser hijo o nieto de gente mala no te hace malo pero sí te llena de culpa y de sombras. Y hagas lo que hagas, ellos siguen ahí. Por suerte, huevón, mis apellidos no son famosos. O sea, no todos saben quién es mi padre. Siempre me he imaginado qué significa ser hijo de alguien que todo el mundo odie o desprecie. ¿Cómo se vive si tu apellido es, no sé, Townley?
¿Qué fue de tu abuela?
Terminó viviendo con su hermana en una parcelita de Olmué. Nunca volvió a Santiago. Murió un día en misa. Rezando. Mi padre tenía como catorce y no lo dejaron ir al funeral ni nada.
¿Y tu padre a qué se dedica? Porque tiene buena situación, ¿no?
Cuando mi abuelo Santander murió el 89, de cáncer al esófago, por tanto fumar, dejó una enorme cantidad de bienes. Mi papá, que en ese tiempo ya estaba separado definitivamente de mi mamá, quedó como el responsable de todo ese medio patrimonio. Mi viejo quedó totalmente equipado y eso le significó pelearse con mis tíos.
¿Y qué estudió? ¿Estudió algo?
Después del colegio estudió mecánica, pero no terminó. Fue vendedor de 3M durante, no sé, unos cinco años. Después hizo un curso para ser jefe de ventas, se cambió de empresa, y con todo el capital que le llegó puso su propia empresa. Importa todo tipo de tarjetas de bancomático, de crédito, de grandes tiendas, de controles electrónicos de accesos, códigos de barra, máquinas para grabar tarjetas, circuitos cerrados de televisión.
¿Le va bien?
Muy bien. Como te dije, mi papá quedó con mucha plata. Y la plata ayuda a generar más plata. Se compró una casa a toda raja.
¿Nunca volviste a estar cerca de él?
Sí. Siempre. A cada rato.
¿Cómo?
Es que mi padre es un tipo muy fluctuante. Sube y baja, va y viene. Es como una montaña rusa. Te odia y te putea y al día siguiente es encantador y divertido y hasta amoroso. Después del bajón del carrete es capaz de ponerse a llorar. Es culposo y se arrepiente. Le dan sus depresiones, nos pregunta que cómo lo ha hecho, si es buen padre o mal padre, y empieza así, a llenarnos de cariño y nos obliga a perdonarlo.
Un poco agotador.
Desgastante porque nunca sabes a qué atenerte. Nunca. Hace como tres años, por ejemplo, yo estaba aquí, en Pichilemu, viviendo con unos surfistas gringos muy locos, y mi viejo me vino a buscar. No fue en mala, todo lo contrario. De hecho, como que me costó reconocerlo. Cuando apareció yo me cagué de miedo, pero al final terminamos tomándonos unas cervezas en la playa y hablando de la vida. Me convenció de que volviera a la casa con él, que quería reunir a la familia y la cacha de la espada. Me ofreció trabajar en una de sus empresas: una cadena de fotocopiadoras y servicios de impresión. En un principio todo iba bien, pero después, claro, empezó a quedar la cagada por, no sé, ¿quinta vez?
Un círculo vicioso.
Sí. Un día se me ocurrió pararle los carros. Me sacó la chucha; es muy heavy que tu papá te dé una pateadura cuando ya no eres un pendejo. Me echó de la pega y nos botó de la casa. Porque también echó al Martín. Quedamos literalmente en la calle. Después nos acogió la familia de mi vieja, mis tíos, quienes metieron abogados para obligar a mi viejo a que nos pagara una pensión. Pero él decía que prefería gastarse su plata en la cárcel que pasarnos un peso.
Y eso fue lo que te gatilló a enfrentarlo.
Sí. Fue una noche como una de las tantas. Porque, de verdad, hemos peleado tantas veces. Yo ya estaba aburrido de estar a cargo, de que todas las preocupaciones cayeran sobre mí. Quería hablar con él de una vez por todas sobre la situación de mis dos hermanos menores. Por su falta de preocupación, Martín llevaba cinco meses sin pagar la universidad. Y la Tere estaba yendo a un colegio gratuito, pero último, con puros alumnos problemas y donde hasta los profesores van con la caña.
Espera, no entiendo. ¿Tus hermanos chicos vivían contigo o con él?
Martín estaba conmigo. La Tere estaba con mi padre, aunque pasaba harto tiempo en mi departamento. Yo trabajaba en una compra-venta de autos de un primo de mi mamá. Y arrendaba un departamento en la Avenida Colón. Como mi viejo era chantajista, se estaba cagando a Martín. No le pasaba un peso y dejó de pagarle la universidad. Yo tenía que hacerme cargo de él y no tenía dinero. O sea, no me alcanzaba. Además, puta, era mi hermano, no mi hijo.
¿Tu hermana chica estaba bien?
No. Pero vivía en este medio palacete. Construyó esta enorme casa con una pieza con baño para cada uno: para seducirnos y que volviéramos con él. A pesar de que éramos adultos. Tenía esta fantasía de que los cuatro viviéramos con él como una familia feliz. La casa tenía varios niveles y una sala con una mesa de pool. La piscina era temperada. Y tenía una cascada. Es rica la casa, pero lo mejor es la vista. Qué vista. Cuando estaba muy despejado, o después de un día de lluvia, veías hasta los aviones despegar. De noche, puta, hasta daban ganas de vivir en Santiago. Una vez me tocó cuidarla durante un verano, durante una tregua; lo mejor era despertar en medio de la noche e ir a la cocina a tomar algo y ver el espectáculo de las luces. Nadar de noche, en el verano, en esa piscina, mirando la ciudad iluminada, como que uno se sentía en paz, protegido. Pero era una quimera. Esa casa no era un oasis, sino una fortaleza. Ahí, mi papá se refugiaba y planeaba su ataque. Desde ahí era capaz de repeler a sus enemigos y, sobre todo, a los pobres. Mi viejo le tenía pánico a los pobres. Le tiene, digo. No creo que haya cambiado tanto. Juraba que algún día se tomarían su casa. Por eso no entendía que viviera aquí donde nadie tiene ni uno.
¿En qué barrio está la casa?
En Quinchamalí. ¿Cachái dónde es?
Creo. ¿Es por Los Dominicos?
No. Es casi camino a Farellones. Subiendo por Las Condes, antes de la Plaza San Enrique, justo antes de la bifurcación hacia Farellones.
¿Donde está la YPF?
Correcto. Todo el barrio que está ahí, a la derecha, digamos, hacia el sur, es Quinchamalí.
Es un barrio con reja. O sea, tiene guardias a la entrada. Una barrera.
Una de las entradas tiene, pero a la noche. Pero sí, es un barrio protegido. Hay buenas casas. Y el pavimento no tiene trizas. El pavimento es tan blanco que uno podría comer ahí. Mi casa —la casa de mi viejo, digo— está como a la entrada. Tienes que subir por una calle medio empinada hasta que el terreno se aplana. Ahí estaba la casa. Ahí está, digo. ¿A vos de chico alguna vez te llevaron a una huevada muy mula llamada el Far West?
Claro que sí. Estaba por allá arriba.
Quedaba en Quinchamalí... Ahí estaba.
Tienes razón: era antes de la subida a Farellones. Puta, me acuerdo poco. Era una cosa del Oeste, ¿no?
Estaba lleno de vaqueros que caminaban por las calles polvorientas. Hacían shows. El lugar era muy cuma porque esto no es Hollywood. O sea, ¿cuándo han hecho aquí una película de vaqueros?
Ni siquiera uno de esos spaghetti westerns.
Lo loco es que fue un invento de Allende. O sea, se inauguró como el año 1970, al comienzo de la Unidad Popular, cuando todo lo yanqui era considerado sospechoso. Creo que se terminó como en 1976 o en el 77. Yo igual era chico, pero tengo fotos. Yo, con sombrero y pistolones, en plena calle principal, frente al saloon, al lado de mi viejo que tiene dos pistolones. Tengo otra en que me abraza una mina con unas medias tetas que hacía el rol de puta. Según mi viejo, de noche, el Far West era para grandes y quedaba abierto durante el toque de queda; servían alcohol y las mujeres escotadas del bar ahora eran putas, estaban ahí trabajando duro.
El Far West. Uf, hace tiempo que no pensaba en el Far West. ¿O sí? Una vez, hace años, la Ana Josefa me envió a Los Angeles a un junket, a un lanzamiento para la prensa internacional de Duro de matar 3. Yo nunca había ido a Los Angeles. Yo nunca había ido a los Estados Unidos. Me alojaron en un hotel llamado Beverly Wilshire y me tocó entrevistar a Bruce Willis y Samuel Jackson, y a Jeremy Irons, que me dijo que quería mucho a Isabel Allende y que el haber podido interpretar a Esteban Trueba era, sin duda, uno de los hitos de su carrera. Yo, para quedar bien, le dije que también era un fan y que en Chile todos la amaban. El último día nos llevaron a un sitio llamado Knott’s Berry Farm, que era como el Far West pero en versión Primer Mundo. Era todo del Oeste, con locomotora y diligencias y una montaña rusa... Y ahí me acordé del Far West chileno. De lo precario y polvoriento que había sido nuestro Far West.
The Far West Town, ese era su nombre real. Los indios no eran mapuches, sino argentinos. Tenían mejor cuerpo y eran más altos que los chilenos y se veían mejor en taparrabos. Según mi viejo, además, no tenían caras de indio y que por eso los contrataban.
No te creo.
Eso me lo dijo mi madre, que odiaba el Far West. Le parecía patético. Y fome porque, en realidad, no había mucho que hacer. No es que hubiera atracciones y juegos como en Fantasilandia. Pero a mi viejo le gustaba. Lo que pasa es que el dueño era amigo suyo. Un tipo del colegio que era de ese grupo contra Allende.
Patria y Libertad.
Eso. Creo que en el mismo Far West entrenaban con balas reales. Nadie se daba cuenta. Era el sitio ideal para planear sus atentados y secuestros terroristas. Nosotros íbamos a cada rato a ver los duelos con pistolas. A fogueo, supongo. Me acuerdo de un tipo que se lanzaba de un tercer piso y caía arriba de un montón de paja. Después la cosa quebró y lotearon y de a poco comenzaron a hacer casas. Quinchamalí era el Far West. Ahí estaba la casa. Justo donde antes se alzaba The First Pioneer Bank.
Esa era la casa, entonces.
Sí. La casa a la que llegué esa noche. Llegué hecho un energúmeno a la casa. Puta, igual yo cacho que daba miedo. Harto. Llevaba una botella vacía de cerveza y con ella salté la reja, una media reja, y empecé a pegarle al auto de mi papá para que sonara la alarma. Era un Audi nuevo, pero no pasó nada. Entonces apareció en la puerta del antejardín y yo me lancé encima. Ni siquiera lo pensé, sólo salté. Nunca antes le había pegado a mi viejo y ahí capté que hacía años que quería sacarle la chucha.
Querías vengarte.
Sí, pero al mismo tiempo como que reaccioné. Me asusté y lo solté. Es rara la sensación, como que por un lado sentía que la había cagado y por otro no. Me paré y me fui, asustado.
¿Dirías que eres un tipo violento?
Agresivo yo no soy, violento tampoco, pero soy letal en el sentido de que no soy un tipo que cierra los ojos ante las cosas: tengo reacciones rápidas e instintivas. Hace un tiempo atrás, en una discotheque de acá, durante febrero, cuando se llena de huasos brutos pasados a pisco, yo estaba con un amigo y este se empezó a agarrar con uno de estos huasos tatuados. Yo los empujé a los dos para separarlos y cuando el tipo se me viene encima lo agarro del pescuezo y él me empieza a pegar en las bolas. Entonces ahí, instintivamente, le entierro un dedo en la garganta. Al tipo se le empezaron a inflar los ojos y me soltó al tiro, entonces yo lo solté a él. Ni la pensé. De más lo pude matar. Pero agresivo, bueno para pelear o bueno para los combos a la salida del colegio, no, nunca he sido así. Ahora sé que la cagué esa noche. No voy a mentirte. O sea, estuvo mal no esperar que me abrieran. Hasta entiendo que hubiera llamado a los pacos, pero...
Pero qué... Qué pasó a continuación.
Me di cuenta de mi embarrada. Estaba tiritón. Sólo quería irme. Estaba, de verdad, en otra. Por eso no me percaté cuando mi viejo se paró y entró a la casa. Alcancé a caminar unos tres metros hacia la reja cuando sentí el primer balazo. No habían pasado más de tres o cuatro segundos. Estoy seguro que entró corriendo a la casa, agarró su Magnum 38 y salió detrás de mí a buscarme, decidido a pegarme un buen tiro. Cuando sonó el primer disparo yo estaba mirando hacia la calle. Me di vuelta y ahí siento el segundo: el que me entró en diagonal por el estómago, por acá. Menos mal, porque a la hora que me toca un hueso no salgo de ahí ni gateando. Todo fue muy rápido. No creo que mi viejo se haya percatado de si el primero me había llegado o no antes de disparar el segundo. Tengo la impresión de que si me hubiera quedado quieto me habría pegado un tercero y así hasta matarme. Él dijo que no me había reconocido, que pensó que era un ladrón, pero no le creo.
Yo tampoco.
Esa noche él estaba lúcido. Estaba durmiendo, estaba en pijama. Además conoce mi forma de hablar, de caminar. O sea, soy su hijo. Uno debería reconocer a su hijo aunque esté oscuro.
Sabía perfectamente quién eras.
Sí.
¿Te dolió? O sea, pudiste levantarte. ¿O te ayudó...?
Mira: quien te diga que los balazos no duelen te está mintiendo. Es como si te hicieran mierda por dentro. Un balazo es como un combo fuerte con un cuchillo en un punto localizado. Sentí que me salía algo por la espalda, me miré la guata y vi que me salía humo por el hueco donde había entrado la bala. Ahí le rogué que me abriera la puerta. Justo ahí siento que alguien desde adentro abre la reja con el citófono. Fue la Juana, su mujer. Salí caminando; lo único que pensaba era que estaba todo mojado. Como si me hubiera hecho diarrea. Pero era sangre y estaba caliente y pegajosa.
¿No tenías celular?
No. O sea, sí pero estaba apagado y, no sé, primero pensé en escapar lejos. Así que me subí al auto, que estaba estacionado al frente con las llaves puestas, y me fui de ahí sin rumbo. Toqué la radio sin querer y, no sé, parece que cambié la banda AM y recuerdo que dos tipos estaban hablando de ovnis. Llegué a la Avenida Las Condes, no había nadie, cero tráfico; empiezo a bajar y de repente sufro un pequeño desmayo que me hace subirme al bandejón central de la calle. Como el auto es chico, un Suzuki Maruti, queda atascado en el bandejón con las ruedas en el aire, sin tracción. Le meto reversa y me doy cuenta de que ya no se puede mover. Nunca perdí totalmente la conciencia en ese trayecto. Me decía: «Sigue, Pablito, sigue, no te desmayes». En el auto tenía unas mentas y me las comí. Pensé que necesitaba azúcar. Al no poder seguir, atino a bajarme y ahí recién me percato que estoy mal, pero mal mal, y que se me está apagando la tele. La bala me había roto el intestino en siete partes y tenía una hemorragia interna. Ahí perdí la memoria, pero no la conciencia. No me acuerdo cuándo llegó el carabinero, no me acuerdo del furgón, pero parece que me levanté, me subí al radiopatrulla que estaba hediondo a desinfectante y le conversé al carabinero que me preguntaba qué había pasado y yo le decía: «Pregúntale a mi papá, pregúntale a mi papá». Cuando llegamos a la comisaría le di la dirección de mi viejo. Luego agarraron mi celular y llamaron a mi abuela materna, porque tenía a mi abuela en la A; o sea, era el primer número que encontraron.
¿No te llevaron a la clínica?
Ahí llegó la ambulancia, me subieron y yo ya estaba crítico. Recuerdo que la ambulancia iba rajada y que con los saltos la herida me dolía mucho; eso me despertó un poco de nuevo. Lo único que quería en ese momento era que llegáramos al hospital Salvador y me anestesiaran. Entramos derecho a pabellón y yo ya estaba en shock: vomité, vomité y vomité y empecé a preguntar por el anestesista. A estas alturas ya me costaba respirar: empezaba a ahogarme con la hemorragia interna. Cuando vi que el anestesista había llegado, ahí tiré la esponja y me fui cortado. Ya no me quedaba energía ni me interesaba tenerla.
¿Perdiste mucha sangre?
Me pusieron tres litros de sangre. Tenía dos litros y medio derramados adentro. La bala me traspasó el estómago, me pasó a llevar el hígado y me rompió el intestino en siete partes. Por lo que sé, entré a pabellón como a las tres y media y salí a las siete de la mañana. La hemorragia paró, según el doctor, recién cuando terminaron de coserme el intestino. Desperté como a las doce del día siguiente y empecé a estabilizarme. Estuve una tarde en la UTI, la tarde del jueves. Después la recuperación empezó a ser más rápida; incluso, me entrevistaron algunos de tus amigos periodistas que llegaron al hospital a cachar qué onda. Poco a poco, la cosa se fue calmando. Me llevaron a la casa de mi abuela y nada..., comencé a cicatrizar. Y ahora tengo la media cicatriz de recuerdo.
Uf. Vaya. No me la imaginaba tan grande.
La veo y me la toco todos los días. Hagas lo que hagas, te acuerdas.
No lo olvidas.
No. Aunque lo intente. Tampoco sé si quiero.
Claro.
Vaya. No me la imaginaba tan grande. Seguro que todos los días se la toca. En la ducha, al dormir. Se la mira, la ve en el espejo empañado del baño. Haga lo que haga, se acuerda. No lo olvida. Aunque lo intente. Puta, uno cree que siempre va a recordar todo lo malo, que uno va a odiar para siempre, que no podrás perdonar, pero olvidas. Perdonas. Sin querer, sin planearlo, olvidas. Cómo. En qué momento. Pero esto no. No hay caso. Él nunca podrá olvidarlo. Cómo. Hay cicatrices y cicatrices, y esto es un tajo. Una zanja que divide el antes y el después. Y puta, todo, todo lo que me ha pasado es nada. Nada. De qué me quejo. De qué chuchas me quejo. Al lado de este huevón, no me ha pasado nada. Nada.
¿Y qué pasó con tu padre?
Lo metieron en cana casi en el acto. Al menos pagó la cuenta del hospital, aunque estoy seguro que lo hizo por consejo de su abogado para atenuar la condena. Es parte de su plan de defensa ante el juez.
¿Y en qué está ahora?
Mi viejo está preso, ha pedido la libertad pero, por suerte, no se la han concedido. Todo el tema legal lo han visto mis tíos por parte de mi mamá. Se han portado súper bien, nos ayudan con la comida, con el arriendo de la casa donde ellos están en Santiago. Yo trato de ir harto para estar con ellos. Igual tengo que estar acá por las cabañas.
Tú ahora eres, digamos, el padre de tu familia.
Estoy a cargo, sí. Los voy a sacar adelante. Y creo que vamos a ganar el caso. Mi abogada se ha puesto la camiseta por nosotros y se lo toma como algo personal. La victoria para mí en todo esto sería conseguir tranquilidad para mi familia, en el sentido de que mis hermanos menores puedan estudiar, o que tengan un lugar donde vivir. No se trata de conseguir plata para comprarnos autos o poder viajar, pero sí que podamos vivir sin la sombra de mi papá detrás de nosotros restringiendo todos nuestros movimientos. Para eso hemos interpuesto una querella criminal por parricidio frustrado y no intento de parricidio. Aparte de la causa civil por la pensión de mis hermanos. La condena es de entre diez y cuarenta años. El riesgo es alto, porque si mi viejo llega a salir de la cárcel es para preocuparnos. Pero si no pongo la querella criminal va a ser muy fácil que salga en libertad. Entonces, si la ley se cumple —y nos estamos encargando de eso— él va a seguir preso. Por eso, supongo, tú estás aquí y yo estoy contando todo esto.
Así es. Y te lo agradezco.
¿Crees que esto servirá de algo, Felipe?
Sí.
¿Sí? No sé. ¿Qué más?
Nada más. Creo que llegamos al final.
Yo también creo lo mismo.
Sí.
Viste, al final, yo también me salvé. ¿O creías que me moría?
No.
¿Estamos entonces?
Sí. No tengo más preguntas.
Menos mal.
Eh... ¿Te parece que mañana o pasado venga el fotógrafo? ¿Puedes?
Sí.
Sería ideal que mostraras la cicatriz. No sé, una foto en traje de baño frente a un fondo neutro. O quizá con el mar de fondo.
Vale.
Y tambien me gustaría que dieras la cara.
¿Cómo que dar la cara? Ese no fue el trato.
No, si lo sé.
Entonces no hay más que coordinar.
Por eso dije que me gustaría. Sería lo ideal. Sin la foto, sin tu cara, Pablo, con tu torso y la cicatriz a la vista, creo que el artículo no tendría la misma fuerza.
No sé. Si doy la cara, doy mi nombre. Y, obvio, algunos me van a reconocer y dirán: «Mira, es el hijo del Pancho Santander». Eso podría emputecer aún más a mi viejo.
¿Te preocupa que tu papá intente rematarte?
No. Esas cosas suceden en las películas, y esto es la realidad.
Entonces...
Entonces no. Ya tengo suficientes problemas.
Igual piénsalo. Te lo pido por favor.
Quizá. Déjame pensarlo.
De verdad creo que esto puede ayudar a otras familias. A otros hijos. La gente cree que esto sólo sucede en ambientes muy marginales.
Cuando tu productora me llamó y me contó que, por fin, me habían ubicado y me contó que llevaban como no sé cuántos meses buscándome y tenían todos los recortes de los diarios..., no sé... Debí colgarles de inmediato, pero no lo hice. Supongo que fue por algo.
Creo que esto va a ayudar a cambiar las cosas.
Ojalá.
Estamos, entonces. Gracias por tu tiempo.
No, gracias a ti. ¿Te regresas ahora mismo?
Sí, tengo que transcribir todo esto.
Puta que te va a quedar largo.
Voy a tener que buscar una forma para organizarlo porque no me van a dar tantas páginas. Siempre falta espacio.
Y tiempo, huevón. Acuérdate de eso.
Sí, me voy a acordar. Me voy acordar de todo esto.
Vale.
Nos vemos, entonces.
Nos vemos.
Eh... esto ha sido muy importante..., de verdad. Para mí, digo.
Lo sé.
Suerte.
Suerte.