Guardó el cuchillo ensangrentado en su bota y estiró sus viejos Levi’s hasta dejarlos lisos y tirantes. Del bolsillo interior de su chaqueta de cuero extrajo un pito y lo encendió con indiferencia, como si nada le importara realmente, como si todo fuera una vieja película que ya no le interesaba volver a ver. Aspiró el porro, sintió cómo el humo le picaba los ojos y lo saboreó tranquilo, cero apuro, bien. It’s hard to give a shit these days, pensó, citando mentalmente a Lou Reed. Se rió un poco, todo le parecía tan inútil. Después lanzó un escupitajo rojizo al suelo que se quedó flotando en el cemento. Le pareció raro, pero ni tanto. Arriba, las nubes negras pasaban rajadas.
Hora de partir.
Con un rápido movimiento flectó sus brazos hacia atrás, casi rajando su desteñida polera Guns N’ Roses, e inició una lenta caminata por el callejón hasta llegar a la puerta de entrada. A medida que avanzaba sobre el pavimento, rodeado de cientos de ojos sin caras que le registraban cada paso, pensó que era justamente alguien como él lo que esos tipos llenos de colores necesitaban: un héroe, un huevón dispuesto a todo, un Rusty James chileno.
Al acercarse a las puertas de vidrio automáticas, el Macana pudo ver por una fracción de segundo su reflejo antes de que se abrieran. Se veía aun más fuerte, aun más seguro, como si lo siguiera una horda de ultraviolentos y él fuera el líder indiscutido. Su pinta de guerrero de pandilla americana, con ese aro chacal en forma de calavera, esas muñequeras, ese pañuelo de vaquero que le tapa la mitad de su desordenada melena que cuelga sin ánimo, lo hace verse bien, casi perfecto, con ese tipo de belleza que solo surge después de una pelea, después de tensar cada músculo y juguetear con cada reflejo.
—El Macana es el mejor, el más bonito.
—Es un reventado.
—Legal que lo sea, ¿o no?
—El compadre se las trae.
Al entrar al Apumanque sintió la mirada de todos y se dio cuenta de que se veía igual a los de las películas que emulaba. Soltó otra sonrisa bajo el neón rosado y siguió caminando orgulloso, sabio, certero. Un chicle aplastado lo hizo recordar la escena anterior, igual a un video de Slayer o peor: la sangre del Yuko saliendo caliente, sorpresiva, con humo. Y le gustó, fue emocionante, como en los viejos tiempos cuando andaba en la onda thrash, rock satánico, cosas de cabro chico, escandalizar con la pinta, joder, lanzarles pollos a los viejos para ver si así cachan. Pero ahora que era mayor, trece años vividos a fondo, a todo dar, el rollo era otro. Todo le estaba resultando. Ahora solo faltaba un detalle.
Desde la escalera automática divisó el típico aviso de Benetton en tres dimensiones: todos perfectos, combinados, adultos-jóvenes gastando sus tarjetas de crédito, viejas acarreando guaguas con jardineras Osh Kosh. Si tuviera una bomba lacrimógena, la lanzaría arriba de todos, tal como esa madrugada eterna en la Billboard cuando ya estaba aburrido de jalar en el baño, los motts le tenían los tabiques anestesiados, de puro wired la tiró para quedarse con la pista vacía y bailar hasta reventar. Odiaba el Apumanque, quizás por eso iba tanto. Todos esos parásitos que vegetaban en el Andy’s, puras papas fritas y pinchazos, comida rápida, taquilla pura, amistad en polvo, esa onda. Sábado tras sábado, el lugar de reunión, ver y que te vean. Lleno de lolitas disfrazadas de cantantes pop, de esas minas que nunca atinan, que calientan el agua pero no se toman el té, de esos gallos que se hacen los machos pero que piden permiso para llegar tarde.
El Macana siguió subiendo hasta llegar al último nivel donde los autos están estacionados. Se percató de lo oscuro que estaba, de lo neblinosa que se había puesto la tarde. No podía relacionar las cosas. Estaba seguro de que el duelo fue de día, recién, en colores: el polerón púrpura, la sangre roja, pegajosa y coreana del Yuko, quizás un foco que iluminaba todo el callejón desde arriba. Los destellos del cuchillo, el vapor, el ruido del acero de su bota, disparos a lo lejos. Estaba débil, lo sabía; vulnerable, eso era peligroso: podían atraparlo de nuevo.
—Ya no es el mismo...
—Ya nadie es el mismo, huevón.
—Lo cagaron.
—Esa clínica le lavó el cerebro.
—Lo dejaron lerdo.
Sintió que lo seguían. Apresuró su paso: Welcome to the jungle, it gets worse here everyday. Debían ser los guardias de azul. Seguro que sí. Imaginó cómo, poco a poco, iba a extenderse el pánico a través de todo el Apumanque. Las viejas correrían a ver el espectáculo, ansiosas de saber si el herido era suyo o de alguna conocida. El efecto de esas anfetas le había distorsionado todo, tal como quería, sentir un poco de intensidad real, pero ahora le estaba llegando el bajón, el sueño, le hacía falta un poco de jale que se conseguía el Chalo en ese bar de General Holley. Recorrió todo el estacionamiento y no encontró nada, ningún lugar: todo cubierto, cercado. Típico.
Lo acechaban. Debía cambiar de táctica. Y rápido. Urgente. Probablemente lo tenían rodeado: eso estaba claro. No descansarían hasta destruirlo. Como al Chico de la Moto. Lo importante es saber dónde ir, pensó, no que te sigan unos cuantos cuicos que no son capaces de apreciar a un Drugo de verdad. Es típico, nunca se dan cuenta, los dejan al margen, como al Jimbo y a Cal, recordó, o los encierran, los tratan de locos, los dejan de querer, los obligan a juntarse en bandas de ratas huérfanas, errantes.
—Los Drugos sin el Macana son la nada.
—Seguro.
—Dicen que necesitaron cuatro para amarrarlo con la camisa de fuerza.
El casi centenar de compadres, con sus respectivas groupies, que se habían congelado en el callejón trasero de puro pánico, ya habían reaccionado. Hubo gritos, llantos, tipos que salieron soplados a buscar ayuda, otros que se subieron a las micros por si llegaban los tiras o los pacos. Las minas trataron de curar al Yuko, que yacía herido y sangrando, aterrorizado como nunca antes.
—No te dije que estaba loco, onda trastornado.
—Fueron las pepas, estoy segura.
—El Karate Kid no supo defenderse: se le hizo.
—De mais.
—Estos coreanos son pura boca, te dije.
El Macana empezó a deambular nervioso por el estacionamiento, dando vueltas y vueltas, casi corriendo. Tambaleaba de un lado a otro. Le era difícil saltar sobre los capós como antes: perdía el equilibrio, se le nublaba la vista, escuchaba tambores y saxos. Tiró al suelo su chapita no future y la aplastó, dejándola lisa y reluciente. No encontraba ningún sitio, ningún escape.
Agotado, comenzó a descender por la rampa de los autos. La parte de atrás del centro comercial parecía sacada de Blade Runner: puro cemento, murallas altas, vidrio mojado. Silencio total. Ningún espectador, ningún amigo.
—Parece un zombi.
—Se ve viejo: como de diecisiete.
—Está acabado.
Abajo, al final de la curva que bajaba, dos guardias con los ojos fijos en el Macana. No le era desconocido ese tipo de mirada. A lo largo de sus años —se crece rápido cuando no se tiene a dónde ir— la había visto varias veces: inspectores, médicos, siquiatras, jueces, policías. Un guardián-en-el-centeno, agente de Pinochet, levantó su walkie-talkie. El Macana saltó encima de la delgada muralla y comenzó a correr hacia arriba por la angosta faja de cemento. A medida que el paredón crecía en altura, la pendiente se agudizaba. Abajo, el callejón vacío, oscuro.
Ya no había mucho que hacer. La muralla por donde arrancaba llegó a su fin. Los cadáveres jóvenes también se pudren, pensó, pero el asunto le parecía emocionante, entretenido. Pegó un salto y voló varios segundos hasta estallar en el pavimento trizado. El cuchillo rebotó lejos, cayendo bajo el único farol que funcionaba.