Mi hermano me dice que una ciudad no se mide tomando en cuenta lo que te da, sino aquello que no te quita.
Caminamos por la Alameda. Jonás está asesorando a un equipo que está realizando un documental sobre Luciano Kulcewski, el arquitecto «más cool y gótico de América Latina». Jonás algo sabe sobre Kulczewski; su memoria de título será sobre este hombre que, durante los años treinta, intentó transformar Santiago en la ciudad que él siempre quiso habitar.
Kulczewski no aceptó que esta ciudad estaba al fin del mundo, o que era horrible, o que sólo servía para escapar de ella. Kulczewski, a diferencia de sus compañeros de generación, no soñaba con viajar a Europa o vivir lejos. Kulczewski se la jugó por Santiago, Santiago. Y eso, no sé, eso me conmueve. Me da lata que todos sepan quién es Gaudí y nadie sepa quién es Kulczewski.
Yo, lo reconozco, no sabía quién era, pero recorriendo la ciudad con mi hermano, mientras el sol se pone y la llamada hora mágica ilumina los góticos edificios de este señor, me doy cuenta de que siempre me gustaron, aunque nunca se me ocurrió preguntar quién era el autor.
Siempre me ha molestado cuando la gente ataca a Santiago, Jonás, le confieso. Como que siempre pienso que me están atacando a mí.
Cierto: te llamas Santiago.
¿Crees que es muy agradable cuando dicen «puta, odio Santiago» o «Santiago vale callampa»?
«Santiago no salva a nadie»
Exacto.
Igual debe ser genial llamarse Santiago. Es el único nombre que también es ciudad. Nadie se llama Río Pérez.
O Montevideo Acuña.
Caracas Sánchez. Oslo Vicuña. Osaka Lozada.
Como apellidos, las ciudades funcionan más: Ulises Lima. Eugenia París. Ricardo Lagos. Juan Madrid.
Jason London. Las hermanas Lisboa. Juan Carlos Valdivia. Daniel Trujillo.
Santiago Santiago. Es posible, le digo.
Mucho, ¿no? Nicolás Santiago suena mejor.
Sydney Pollack.
Cierto. Santiago y Sydney. Dos nombres. Claro que Sydney es mujer, me responde.
Sydney Pollack, el director, es hombre.
Ya, pero es un nombre unisex. Pero es más de mujer, ¿no crees? Sydney, Australia, es definitivamente una ciudad femenina. Además, tiene playa.
¿O sea, las mujeres tienen playa?
Viña tiene playa y es mujer, me dice.
Acapulco también. ¿Acaso es mujer?
Sí, y es una media mina. Lo mismo que Miami.
No sé... Rara tu teoría, Jonás. Concepción también es femenino. Concepción Balmes. Y Florencia. Ahí tienes otro. Florencia Fuenzalida.
En todo caso, poca gente se llama igual que su ciudad.
Me acuerdo de una canción de Isabel Parra. Puta, cómo odio a Isabel Parra. Era una canción tipo canto nuevo. De protesta. La escuché una noche en un local alternativo llamado Kafe Ulm, que quedaba al lado del cine Normandie.
Ese edificio es de Kulczewski.
¿Sí?
Sí.
Sincronía. El asunto es que sale Isabel Parra y se larga a cantar con su guitarra esta canción sobre Santiago. Onda «Santiago, te hundirás... reventarás, reventarás». Algo así.
Es el discurso fácil: puta la ciudad apestosa, puta el pueblo la nada, puta el lugar perdedor.
Es que la gente se cría amando París, Jonás.
Amar a París es fácil. Es fácil que una pareja termine besándose al lado del Sena. ¿Por qué la gente no termina besándose al lado del Mapocho?
Es que de París vienen los niños.
Odio París.
Yo también. Y odio Roma, Venecia, Florencia.
Florencia es un asco.
¿La conoces?
No, pero jamás iría a Florencia, le digo. Para qué.
Es todo viejo.
Está todo hecho.
Dale en tu corazón un lugar a Santiago. ¿Te acuerdas?
Me acuerdo todos los días, huevón. Es la canción que tarareo en la ducha.
No preguntes lo que la ciudad pueda hacer por ti, me dice, antes de cruzar la calle Irene Morales. Pregunta mejor qué puedes hacer por tu ciudad.
Quererla.
Puta, eso es un súper primer paso, hermanito.
Me despido de mi hermano frente a un edificio llamado La Gárgola, frente al Parque Forestal. El taxi sube por Providencia. Se me ocurre que la gran diferencia entre un pueblo chico y una ciudad es que un pueblo nunca podrá ser grande y una metrópolis, si te cierras lo suficiente, te podrá terminar pareciendo un pueblo.
Recuerdo y miro pasar los lugares por donde he transitado tantas veces.
El cerro San Cristóbal y el funicular, obra, me entero ahora, de Kulczewski.
La cordillera nevada iluminada por el sol rojizo de la tarde.
La Biblioteca Nacional.
El hotel City.
El cine Las Lilas, esa pescadería, esa florería, esa botillería, esa reparadora de zapatos...
En todos esos lugares he estado. Cada uno de esos lugares son parte de mi historia.
Ahí compré un disco,ahí encargué esa torta,ahí arreglé mi bolsón, ahí me junté con Lorenza Garcés y se puso a llover.
Lo importante no es lo que te da, recuerdo, es lo que no te quita.