País Relato

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alberto fuguet

cómo pasa el tiempo

Está nevando. Esta noche está cayendo nieve sobre los estados de Virginia y Maryland y sobre el pequeño pero enrarecido distrito de Columbia. Mañana es el Día de Acción de Gracias. Thanksgiving. No hay nadie en el Fondo, el edificio está vacío. Todos han partido a ver a su familia. Yo no tengo familia ni nada que agradecer. O quizá sí: llevo doce años aquí, en este mismo puesto. ¿Debo dar las gracias? Doce años es mucho tiempo. Demasiado. Si no me estoy arrancando, ¿entonces qué? Quedarse pegado, apretando pausa, también es una manera de escapar. Este no es mi país, quizás alguna vez lo fue, quizás este sea el país de mi hijo, pero intuyo que ya no es el mío.
Una vez, en una fiesta, borracho, le dije a un tipo al que despreciaba que Chile me había quedado chico. En vez de insultarlo directamente, insulté a su país; que también es el mío. En todos estos años en que he vivido fuera, rozándome con lo mejor y lo peor de los apátridas, he llegado a dos certezas: nadie se va de su país porque sí (la gente no se va, huye, escapa, corre), y cuando alguien se instala a hablar mal de su país de origen, es porque se odia a sí mismo y, muchas veces, ni siquiera lo sabe.
Doce años, sí. Más ese año de intercambio en ese pueblito John Cougar Mellencamp de Indiana. ¿El mejor año de mi vida? Puede ser; al menos, 1981, mi año favorito, fue el año que más forniqué, lo que no es exactamente lo mismo, pero tampoco está mal. Además, era joven. Cuando uno es joven, ve las cosas de otro modo. En rigor, uno no ve nada. Uno siente mucho y hace mucho pero no ve ni piensa. Las gringas me encontraban exótico, latino, cool. ¿Habré sido alguna vez cool? Yo era el Foreign Exchange Student, el juguete nuevo. Era mejor que estar en Tercero Medio en el Santiago ochentero.
Just a young latinamerican kid living as hard as he can.
Puta, cómo pasa el tiempo. Adónde se va. Por qué deja tan poco.
Alguna vez pensé que todo eso, eso de estar en todas las fiestas, me haría una mejor persona. La teoría era clara y fácil de llevar a la práctica: mientras más minas uno conquistaba, mientras más tomabas y más jalabas, mientras más discos escuchabas y más flaco eras, mejor. Llegabas a la meta primero. La victoria se medía por la cantidad de tipos que te envidiaban y querían ser como tú. Pero uno no gana. A lo más, empata.
Lo otro que es falso, una mentira despiadada, es que aquello placentero que a uno le tocó vivir te protegerá para el futuro. Falso. La vida no es una cuenta de ahorro. Nada dura para siempre. Los recuerdos están sobrevalorados.
Sigue nevando y yo todavía frente a mi escritorio.
Ayer hice algo impensable: renuncié al Fondo, cancelé mi contrato de arriendo o lease. Llamé al Goodwill y doné todo. Tampoco tenía tanto. Esta noche dormiré en un hotel. En un hotel frente a la Casa Blanca. Mañana parto, dejo todo este mundo que nunca fue mío. Mi hermana Constanza se casa en unos días e iré. Acepté su invitación. Luke Skywalker me escribió para decirme que si yo no iba a la reunión de curso, él tampoco asistiría. «No soy capaz, huevón. Me da miedo toparme con ella».
En Santiago, además, está soleado. La primavera ya se ha transformado en verano.
Llegaré de sorpresa, pero el que está sorprendido soy yo.
Está nevando esta noche en la capital del Imperio, sobre las casas de los burócratas y de los diplomáticos y de los funcionarios internacionales. Está nevando esta noche en Washington y yo, por fin, parto.