Miro la pantalla plana frente a mi asiento. El air show. El avión ya ha salido del espacio americano. Volamos sobre el Caribe que es tan azul y cuyos países, tan hospitalarios, nunca son capaces de devolver los préstamos internacionales.
Apagan la señal de abrocharse los cinturones.
Me levanto y camino hacia el fondo, hacia los baños. El avión va prácticamente vacío, excepto por un compacto y heterogéneo grupo de unos cincuenta hombres solos, de mediana edad, que son... que parecen, pues, cazadores. Algunos leen unos folletos que dicen Hunting in South America. Muchos visten con trajes de camuflaje. En la cocina hay uno, rechoncho, con una gorra y un chaleco como de fotógrafo de guerra.
Howdy, le digo. Siempre me gustó ese saludo. Lo recogí en Indiana.
Howdy, me dice el tipo antes de sonreírme y mostrarme sus dientes, perfectos e inmensos, pero del mismo color arcilloso de su pelo.
Flying down to Chile?
Nope. We change plane there. We all are going down to Córdoba.
Pronuncia Córdoba como Kor-Dou-Ba, acento al final. Su tonada es redneck, sureña, y sus ojos, me fijo, tienen más edad que su descascarada piel.
Córdoba, Argentina?
Yeah, Argentina is really cheap now.
Sí sé. Me tocó la devaluación de cerca. Reuniones y reuniones hasta las tres de la mañana y para qué. Una vez, en Buenos Aires, mi auto fue atacado por una turba que nos trató de usureros. Mis jefes quedaron escandalizados. Yo consideré que los piqueteros tenían razón, pero me quedé callado.
You hunt too?, me pregunta.
No, no. I’m just going home. I’m going back.
To Argentina?
No, to Chile.
Me cuenta que Córdoba es la capital mundial de la caza de palomas. Dovehunting. Yo pensé que era la capital mundial del alfajor. Me entero que hay veinte millones de pájaros surcando los cielos de los alrededores y que, en un mal día, un cazador puede disparar unos mil quinientos tiros. Cerca de las sierras, me cuenta, hay unas estancias dedicadas totalmente a atender al depredador extranjero.
Los rasgos faciales del tipo delatan una vida no sólo sufrida, sino limítrofe. En Estados Unidos, más que en ninguna otra parte del mundo, uno se topa en las calles, y en tiendas como Walmart y PayLess, con esas caras que delatan un severo grado de demencia funcional. Uno sólo las ve en Estados Unidos. Son tipos que han padecido más abuso o soledad de lo tolerable. Pobreza se ve en todas partes, en algunas más que en otras, pero esas caras americanas son las caras que más temo: esas mandíbulas desencajadas de tanto hablar solas, esos ojos desorbitados de tanto ver televisión.