Mi hermana Paula me cita en un lugar que de inmediato me gusta: el café Budapest, en un cruce que tiene cuatro plazas; en cada una hay nanas y niños y adolescentes con uniforme de colegio y algunos ancianos con sus enfermeras de blanco.
Mi hermana ha intentado ayudarme a buscar a Lorenza. Le parece del todo romántico. Hemos usado Internet, la guía de teléfonos, toda la red social. No hemos tenido suerte.
En eso llega mi hermana Constanza, que ya se casó. Vive cerca y se vino caminando. Su piel está bronceada por el sol de Anga dos Reis. Pide un capuccino. Los capuccinos de acá no son iguales a los de allá. Le pregunto si aquí existe un diario donde uno pueda publicar un aviso que diga algo así como:
¿DÓNDE ESTÁS?
Te vi en la fiesta del lanzamiento del vodka, en el parque. Andabas con un perro. Casi todo me recuerda a ti. Recorro Stgo y no te encuentro. ¿Dónde estás? Santiago (ahora en SCL).
09-733-2115
No creo, me dice. No creo que lo lea.
Pero alguien se lo podrá comentar. Pero aquí todo el mundo se conoce, le digo.
Santiago es grande, Santiago. Santiago es interminable, no creas que todos se conocen.
Mi otra hermana agrega: yo a veces siento que no conozco a nadie.