País Relato - Autores

alan riefe

una esposa consciente de sus deberes

EL GENERAL Harkness se había ido de viaje, pero la señora Harkness no iba a permitir que aquella ausencia inesperada fuera causa de que se interrumpiera una cena planeada con anticipación.
—No era posible desperdiciar todo esto —explicó ella, mientras permanecía en el umbral de su casa, saludando a sus invitados, uno por uno—. Es la noche de salida de Millie, pero se ha ofrecido a quedarse para ayudarme. ¿No es un encanto?
Millie era, por supuesto, un encanto en la imaginación de los ocho caballeros que aceptaron la invitación a cenar de la señora Harkness. No habría más señora que su anfitriona, ya que ninguno de los amigos del general era casado, ni lo había sido nunca. Eran, como explicaban siempre, “hombres entre hombres”, lo que es tanto como decir que miraban al sexo opuesto del mismo modo que la mayoría de los hombres miran a los perros extraviados: con una indiferencia casi total.
Y el general, a pesar de sus treinta años de matrimonio, compartía su odio hacia las mujeres. No era un secreto que trataba a su esposa del mismo modo que a las sirvientas de la casa; no peor, por supuesto, pero tampoco mejor.
La señora Harkness parecía haberse acostumbrado a este estado de cosas. Hacía mucho tiempo ya que había llegado a conocer cuál era su lugar. Realmente, su esposo tenía solamente una costumbre que se le hacía a ella intolerable: persistía en humillarla tan sólo para diversión de sus amigos. El general poseía una agudeza de ingenio que, desgraciadamente, no era patrimonio en absoluto de la señora Harkness.
Para ser brutalmente francos, sus amigos no podían comprender cómo hacía la excelente señora para vivir más de dos minutos consecutivos bajo el techo del general; pero poseía sin duda, la paciencia de Job y lograba hacerlo.
Sus amigos idolatraban al general y los ocho gustaban mucho de la cocina de su esposa. Sus talentos culinarios eran verdaderamente excepcionales y tanto si el general asistía, como si estaba ausente, nada hubiera impedido a ninguno de los ocho estar presente a la mesa de la señora Harkness.
El menú era una obra de arte, desde el coctel de camarones hasta los postres y, desde luego, el pavo asado estaba realmente soberbio, tal y como todos ellos lo habían esperado. Como un solo hombre, todos los comensales declararon que era el pavo más sabroso que hubiesen comido en su vida. En particular, el relleno estaba magnífico.
—Por favor, coman cuanto quieran —dijo la señora Harkness, y los ocho caballeros no solamente comieron cuanto quisieron, sino que, además, se llevaron a sus hogares, envueltos en papeles, grandes trozos.
Cuando se fueron todos, la señora Harkness y Millie descendieron a la bodega, donde se guardaban los suministros. Las alacenas estaban llenas de cestos que contenían frutas y legumbres y una gran caldera metálica, llena casi hasta el borde de la carne molida que había servido de relleno en el pavo.
—¿Qué debemos hacer con lo que queda del general, señora? —preguntó Millie.
—¡Oh!, se conservará bien hasta nuestra próxima recepción —dijo la señora Harkness, cerrando la tapa de la caldera de golpe y poniéndola en el refrigerador—. A sus amigos les gustó mucho. ¿No cree?