—TONY está comiendo, al otro lado de la calle —dijo el barbero.
Era éste un hombre grande como un toro, con la cabeza cubierta de cabello negro ensortijado y ojos obscuros, semicerrados, y de apariencia estúpida, que estudiaban a Taylor por debajo de sus cejas pobladas. Taylor se encontraba en un apuro, tenía una cita importante de negocios dentro de quince minutos y tenía gran necesidad de ser afeitado antes, pero nunca había dejado que nadie que no fuera Tony tocara su cara con una navaja de afeitar.
—¿Cuánto tiempo tardará en volver? —preguntó.
—Media hora, acaba de irse.
La situación comenzaba a hacerse insostenible. Taylor era el único cliente de la barbería y no podía permanecer media hora sentado allí, esperando a Tony, mientras aquel otro barbero estaba ocioso. Después de todo, debía de ser un barbero competente o, de lo contrario, Tony no lo hubiera contratado nunca.
Ocupó el sillón. El barbero le colocó el lienzo, hizo descender el asiento y sacó una toalla caliente. Trabajaba en silencio, enjabonando el rostro de Taylor, asentando bien su navaja de afeitar. Pero cuando, después de haber afeitado sus dos mejillas, comenzó a hacer resbalar la navaja sobre el cuello de su cliente, comenzó éste a sentirse un poco nervioso.
Lo único que tenía que hacer era cambiar de dirección, en vez de arriba abajo, de un lado a otro. Un rápido tajo sobre la yugular y su garganta se abriría como una boca carmesí, brotando la sangre de ella.
¡Pero era absurdo! ¿Cómo podía pensar en tales cosas? Este hombre no lo conocía siquiera. ¿Por qué iba a cortarle la garganta? El pobre tipo trataba solamente de ganarse la vida honradamente. Sin embargo, la navaja que brillaba, reflejando los rayos del sol… Se preguntó si pasaría la más mínima tentación en la mente del barbero. Era improbable. El cortar la garganta de un hombre era un acto compulsivo. ¡Siente usted la necesidad de hacerlo y corta! ¡Corta! Taylor se imaginaba él mismo afeitando a un hombre, mirándolo sentado allí, indefenso, con su blanca garganta expuesta. Un rápido tajo y no habría ningún sonido…; nada.
Para alivio suyo, el barbero terminó de afeitar su barbilla y comenzó a afinarle las puntas de sus bigotes, jugueteando, tratando de ganarse la propina, y Taylor respiró más fácilmente. En ese momento, cuando el hombre terminaba su trabajo y cerraba su navaja, hubo un chasquido y ambos miraron hacia el fondo del salón en donde había una puerta que había permanecido cerrada. Ahora se estaba abriendo, lentamente, como empujada por una mano invisible. Taylor gritó sofocadamente, horrorizado. Dentro, acurrucado, se encontraba Tony, con su blanca chaqueta cubierta de sangre: su garganta había sido cortada de oreja a oreja.
—Maldita puerta —dijo el barbero tranquilamente—. Si hubiera tardado medio minuto más en abrirse, usted habría salido de aquí.
Sacudió la cabeza con simpatía y, cogiendo su navaja barbera, la abrió de un golpe.