País Relato - Autores

alan riefe

un objeto extraño

HABÍA UN gran montón de latas de conserva revueltas y sin etiqueta sobre el carrito que se encontraba cerca del mostrador de la carne, y el letrero tirado en medio de ellas decía “Cada una, 10 centavos”. Robertson había terminado ya de comprar lo que necesitaba para la semana y su propio carrito de compras estaba lleno. Pero por 10 centavos, ¿cómo iba a desaprovecharlo? Cogió una lata sin etiqueta, la agitó y estudió los misteriosos números de orden que figuraban en uno de sus extremos. Se encogió de hombros y la colocó sobre su carrito.
De regreso a su apartamiento, sacó la lata y la abrió. La pequeña lata sólo contenía un tomate en su propio jugo y Por un momento, Robertson se sintió decepcionado y enojado. Sin embargo, un solo tomate con tres cuartos de litro de jugo eran una verdadera ganga por diez centavos. Lo calentó y probó un poco. Tenía un gusto raro… muy dulce; no era malo como el de los tomates echados a perder, que es acre; pero tampoco era el sabor normal de un tomate guisado. Lo tragó todo entero, bebió dos tazas de café humeante después de comer la hamburguesa con ensalada que se había preparado y luego se sentó a ver la televisión durante una hora, antes de retirarse temprano.
Cuando se levantó a la mañana siguiente, sintió una extraña sensación; no estaba enfermo, pero sí un poco débil. Al avanzar el día, se sintió cada vez más débil y entonces, a media tarde, decidió que sería conveniente que se comprara un frasco de píldoras de hierro. El doctor Corbett le había aconsejado que tomara regularmente píldoras de hierro, pero se le habían acabado hacía varias semanas y había olvidado comprar otro nuevo frasco.
Tres días más tarde, despertó Robertson sintiéndose exhausto, como si se hubiera paseado por la habitación durante toda la noche.
Se dio cuenta de que su costado derecho estaba hinchado, tan hinchado que tuvo dificultades para ponerse el pantalón. Y notó una sensación de cosqiulleo en su estómago. Llamó a su oficina y pidió que le dejaran libre la mañana.
Luego llamó al doctor Corbett. Una hora después se encontraba detrás de una pantalla fluoroscópica y vio que los ojos del doctor se abrían desmesuradamente por el asombro.
—¿Qué es, doctor? —preguntó.
—Tranquilícese. ¿Dice usted que lo que comió fue un tomate?
—Sí.
El doctor se rascó la barbilla, pensativo, luego descolgó de la pared un espejo y lo sostuvo frente al fluoroscopio, para que Robertson pudiera verlo.
Éste retrocedió, horrorizado. En el lado derecho de su cuerpo, colgando de sus costillas, había una criatura parecida a un lagarto.
—¿Qué es eso? —preguntó aterrorizado.
—No lo sé —le respondió el doctor.
—Bueno. ¡Sáquelo! ¡Opéreme!
Corbett sacudió la cabeza.
—No puedo. Véalo usted mismo. Se mueve y nunca podría alcanzarlo operando.
—Entonces… sáquemelo por la boca. ¡Haga algo! ¡Dios mío! ¡Debe estarme devorando vivo!
—¿No siente usted dolor?
—No, pero…
—No está devorando nada. Lo que hace, aparentemente, es sólo… beber.
—¿Qué bebe? —preguntó Robertson, consciente de pronto de que continuaba debilitándose por momentos.