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alan riefe

treinta sueños

POCOS HUÉSPEDES ocupaban las sillas de mimbre sobre la terraza del hotel, pues era la hora de la cena, pero Hughes no tenía hambre. Él y la señora Hughes se sentaron discutiendo de la enfermedad de él. Mejor dicho, ella hablaba y él escuchaba a medias, contemplando los estorninos que volaban veloces por entre los alerces que se encontraban a los lados de la carretera.
Repentinamente apareció tras ellos un hombre pequeño y esbelto con una elegante barba blanca.
—Excúseme, ¿no es usted Everett Hughes, el industrial?
Hughes lo miró fijamente.
—Creo que tiene usted dificultades para dormir —continuó el desconocido.
Era cierto. Hughes había estado teniendo pesadillas horribles todas las noches desde hacía ya varios meses, y cuando despertaba a las mañanas, se sentía mucho peor que antes de acostarse. Había consultado a un sinnúmero de médicos y psiquiatras, pero parecía que ninguno de ellos podía hacer nada por él.
El desconocido sacó un frasco de píldoras blancas.
—Cada una de estas píldoras le asegurará una noche de sueño tranquilo, como no ha conocido usted desde su infancia. He incluido una píldora negra y roja. En el caso de que esté desesperado, tómela. ¡Pero no lo haga a menos que sea absolutamente necesario, porque es extremadamente potente!
Hughes rió y despidió al hombre con un movimiento de la mano y un comentario insultante.
—¡Charlatán ridículo! —exclamó furioso cuando el hombrecillo desapareció.
Pero aquella noche, mientras Hughes se disponía a enfrentarse a alguna otra terrible pesadilla, su esposa sacó la botella.
—No me costó ni un centavo —dijo ella—, me dijo el hombre que ya hablaría de eso contigo después de que probaras las píldoras. Por favor, haz la prueba, Everett.
Se hizo muy persuasiva y Hughes cedió y tomó una de las píldoras blancas.
Esa noche durmió sin despertarse y tuvo el sueño más maravilloso que hubiera tenido nunca. Se encontró en un extenso campo fértil y hermoso, muy parecido a un terreno de pastos que había conocido siendo niño. Había vacas pastando cerca de un arroyuelo y más allá de éste, sobre un bosquecillo de arces, el sol difundía su calor, derramando oro sobre la tierra. La belleza del paisaje que le rodeaba le dejó sin respiración.
Hughes tomó una píldora blanca todas las noches hasta que se le terminaron y entonces, desafortunadamente, su esposa extravió el frasco. Pasó dos noches pobladas de alucinantes pesadillas, antes de que ella encontrara el frasco, y a la tercera noche, ya no pudo esperar para tomar la píldora roja y negra, que era la única que le quedaba.
—¿Estás seguro de que debes tomarla? —le preguntó su esposa—. Recuerda: dijo que solamente la tomaras si tu situación fuera desesperada.
—Nunca ha sido tan desesperada —dijo Hughes.
Se durmió rápidamente. Reapareció el hermoso campo de sus sueños y pasaron ocho deliciosas horas antes de que descubriera que no podía abandonar el campo, que no podía despertar. La píldora le había convertido en una persona fija en su sueño y éste se había convertido en la realidad. De pronto, vio al hombrecillo de elegante barba blanca, que se dirigía hacia él.
—Así, se ha decidido a permanecer entre nosotros definitivamente —dijo—. Magnífico, debo anotar que usted lo pagó… todo.