País Relato - Autores

alan riefe

sandra

EL JOVEN Graham heredó una fortuna considerable de su padre, y como era joven e impulsivo, abandonó inmediatamente sus estudios en Cambridge y se marchó a la costa oeste de Inglaterra. Compró una pequeña casa de campo pocos kilómetros al norte de Camborne y se dispuso a descansar, nadar, pescar, frecuentar las playas y tostarse al sol. En cuanto abarcaba la vista, no había un alma viviente para interrumpir su reposo y por ello se sorprendió al despertar una mañana, mirar por la ventana del frente de la casa y ver sentada sobre su playa a una hermosa joven.
Se llamaba Sandra. En poco tiempo Graham y ella se hicieron amigos. Sandra era una criatura muy bella, con largo cabello rubio que Is llegaba hasta los hombros y ojos tan azules como dos zafiros. Nadaron juntos, fueron de excursión al campo y dieron largos paseos a lo largo de la playa bordeada de rocas.
Aun cuando Graham se dio cuenta de que se estaba prendando de Sandra, sabía pocas cosas de ella, excepto que era bonita, que tenía el don de escuchar y que era extraordinariamente valerosa; en una ocasión, mientras volvían a Camborne de un pasco, tropezó Graham con una anguila entre las hierbas del pantano, cerca de la carretera, y para asombro suyo, lejos de gritar de miedo, Sandra recogió la anguila, acarició suavemente su cabeza y la dejó en libertad para que huyera serpenteando.
Una mañana, una semana después, despertó Graham muy temprano y salió a la terraza de su casa, desde donde vio a Sandra trepada sobre una roca, unos cuatrocientos metros mar adentro. Ella agitó los brazos y lo llamó, y él se apresuró a ponerse sus calzones de baño y a nadar para reunirse con ella. Nadó muy rápidamente, y estaba exhausto para cuando llegó a pocos metros de la roca.
Se dirigió a la orilla baja que ella le indicaba y en ese momento, una forma obscura y sinuosa emergió como una flecha del agua frente a él. Era un inmenso congrio, y un instante después, sus dientes agudos como alfileres se clavaron en su garganta. Él gritó, angustiado, y el animal atacó repetidamente hasta que el agua que los rodeaba se volvió escarlata, teñida por la sangre de Graham; y encima de ellos, sobre la turbulenta agitación, resonó la risa aguda de Sandra, que permanecía en pie, sobre el borde rocoso.
Graham perdió el sentido, pero lo recuperó momentáneamente, lo suficiente para ver a Sandra, que se alejaba nadando junto al horrible animal, con el brazo izquierdo sobre él y una mejilla apretada cariñosamente contra su repulsiva cabeza.