—¡POBRE MUCHACHO! —dijo ansiosamente la madre de Warren—. ¿No hay nada que podamos hacer por él?
—Cálmate, querida —dijo el padre—. Tratemos de descansar y esperemos que todo salga bien. El doctor está haciendo todo lo humanamente posible.
—Pero ¿no hay nada que nosotros podamos hacer?
—Nada en absoluto —dijo el padre—. Siéntate aquí, aguarda y no pierdas las esperanzas.
—Pobre querido, parece algo tan incómodo el estar acostado en la cama de esa manera. ¿Crees que tendrá dolores?
—No lo creo. Tiene una expresión muy satisfecha en el rostro. Convéncete por ti misma; está casi sonriendo.
—Eso es buena señal, ¿no es así? —preguntó entonces la madre.
—Por supuesto que sí. Además, el preocuparte por él no resuelve nada. Siéntate y ten paciencia.
—Eso es fácil de decir, pero pareces olvidar que es nuestro único hijo, y si lo perdemos…, si… —la voz de la madre se quebró y comenzó a sollozar suavemente.
Su marido le pasó el brazo sobre los hombros para consolarla. Estaban sentados al pie de la cama en la que yacía su hijo, bajo una tienda de oxígeno. Tenía los ojos cerrados y respiraba con gran dificultad, como si cada inhalación fuera la última; pero como había notado su padre, su rostro tenía una expresión de profunda paz…, una expresión alegre.
Afuera, en el pasillo, dos doctores estaban discutiendo sobre el caso.
—Si su temperatura continúa subiendo, temo que no dure hasta mañana. Es una pena, tan joven —observó el primer doctor.
—¿Puedo hacer algo? —preguntó el otro.
—No lo creo. Ha sido operado y le he dado tantas drogas que apenas puede respirar. Verdaderamente, no hay nada que podamos hacer. La próxima hora debe indicar una cosa u otra. Excúseme, creo que será mejor que vaya a verlo.
Veinte minutos más tarde, el doctor salió de la habitación de su paciente y sonrió al reconocer al otro doctor que venía por el pasillo hacia él.
—Por increíble que pueda parecerle, se está recobrando. Su pulso se hace más fuerte de minuto en minuto y respira más fácilmente. Creí por un momento que iba a fallecer, pero ahora ya no. Soy capaz de jugarme mi reputación a que ese muchacho se cura.
En el interior de la habitación, los dos ancianos oyeron la voz del doctor y se miraron el uno a la otra, con decepción manifiesta.
—¿Has oído eso? —inquirió la madre—. Después de todo, no Va a morir. Ya sabía que algo así sucedería. Esta es la vez que más cerca ha estado de reunirse con nosotros. ¡Y ahora tendremos que esperar, probablemente, otros treinta o cuarenta años!
Su esposo asintió, desalentado. La ayudó a ponerse de pie, tomó la esquelética mano de ella en la suya, se envolvió en la mortaja y flotaron juntos, saliendo por la ventana y ascendiendo, bajo el resplandor tranquilo de la luna en la noche estival.