País Relato - Autores

alan riefe

los o'brien

LA CASA había sido cedida a Charley O’Brien y a su esposa Janet, y a ella se mudaron inmediatamente. Era un edificio antiguo y marcado por la humedad, situado en una región poco poblada, sobre Wellfleet. Otros matrimonios jóvenes lo hubieran considerado pintoresco, con sus buhardillas llenas de rendijas, su vereda descuidada y sus tablas coloreadas de manera indeleble por millares de tormentas procedentes del mar. Pero para Janet era simplemente otra casa.
Era un lugar horripilante por las noches, cuando el viento silbaba por la chimenea y las persianas golpeaban los marcos de madera de las ventanas, pero esas cosas no la molestaban a ella en absoluto. Se consideraba demasiado madura para andar dando saltos y gritos cada vez que se producía el más ligero sonido.
Realmente, la única cosa sobre la tierra que molestaba a Janet eran las ratas. No podía soportarlas.
Había multitud de cosas que hacer en la casa, pero Charley se desentendía de esas tareas, prefiriendo, en lugar de ello, inspeccionar todos los rincones y rendijas de la casa. En cuanto a Janet, pasaba la mayor parte de su tiempo deambulando de una habitación a otra, poniendo la casa en orden, por si acaso alguien se presentaba de improviso.
Una noche, una semana después de haberse cambiado de casa, para su consternación, Janet creyó ver una rata y bajó las escaleras corriendo, gritando con fuerza, hasta donde se encontraba Charley. Charley subió y revisó todo cuidadosamente sin hallar rastro alguno. Sin embargo, algo le decía a Janet que volvería a ver a aquella criatura.
Efectivamente, a la noche siguiente, una rata pasó corriendo junto a sus pies, mientras ella estaba ante una ventana del piso superior del frente de la casa, mirando a la carretera en espera de Charley.
Cuando éste llegó a casa, la encontró al borde de la histeria y sólo pudo calmarla prometiéndole que se irían definitivamente de la casa. Charley se ingenió para encontrar a la rata y matarla, pero para entonces Janet estaba convencida ya de que el lugar estaba infestado de ellas.
—Cariño —dijo Charley—, lo que te molesta no es esa rata. Te tiene preocupada, porque no tienes nada en que ocupar tu tiempo, como ninguno de nosotros. Pero sé razonable. Olvídate de la rata y permanezcamos aquí una semana más…, sólo una.
Janet aceptó, renuente. Pero se sorprendió un poco cuando, menos de diez minutos más tarde, Charley la llamó desde la ventana del frente de la casa, señalando algo, muy excitado.
Allá abajo, cerca de la entrada, había un hombre, hablando con un joven matrimonio. La mujer parecía estar llena de admiración hacia la casa, como si se hubiera enamorado de ella a primera vista y el esposo se inclinó, recogió el letrero EN VENTA del césped y se lo tendió al otro hombre con un molinete.
—¿Crees que van a comprar la casa y mudarse aquí? —preguntó Janet, tirando de la sábana, para ajustarla sobre su esqueleto hueco y descarnado.
—Crucemos los dedos —dijo Charley, elevando sus dos huesudas manos—. ¡Si lo hacen, podremos comenzar a trabajar a tiempo completo!