País Relato - Autores

alan riefe

lección de natación

EL ÚNICO orgullo en la vida de Claude Morrow era haber sido finalista del torneo de calificación para formar parte del equipo olímpico de natación de los Estados Unidos en 1956. La natación era toda su vida y nada había más importante para él…, ni su esposa, ni su hija Pamela, ni mucho menos todavía, su trabajo.
Por ironía del destino, Morrow no había conseguido nunca reunir, en ninguno de los múltiples trabajos que había desempeñado, el dinero suficiente para construir una piscina reglamentaria en su jardín, de modo que tuvo que construírsela él mismo. Su piscina medía menos de seis metros de largo y no tenía más de un metro veinte centímetros de profundidad en su parte más honda, pero aquello era suficiente para sus fines. Su fin era el permitir que Morrow pudiera enseñar a nadar a su hija Pamela en un lugar privado.
Desgraciadamente, la niña tenía un miedo atroz al agua; pero a pesar de ello y de las súplicas persistentes de su esposa para que dejara en paz a su hija, Morrow aprovechaba todas las oportunidades que se le presentaran para meter en el agua a Pamela.
La niña tenía solamente cuatro años de edad y la señora Morrow estaba convencida de que si su esposo no estuviera tan ansioso por enseñarle, terminaría, sin duda alguna, por gustarle el agua y era probable que, por sí sola, se convirtiera en una nadadora experta. Pero Morrow estaba molesto con su esposa por no haberle dado un hijo y con Pamela por su miedo.
Una tarde, estaba Morrow descansando en la piscina, mientras Pamela jugaba con su pala y su cubo al lado y su madre permanecía tendida sobre una hamaca, leyendo una revista y escuchando a medias su aparato de radio.
—Ven al agua, cariño —le dijo Morrow a su esposa.
—No me apetece ahora, Claude.
—¿Por qué no vienes entonces tú, Pammy? —preguntó Morrow.
—No. Gracias, papá —le respondió la niña.
—Anda, anímate… Papá te enseñará cómo hacer la plancha de espaldas.
—La última vez que intentaste enseñarle cómo hacer la plancha de espaldas, faltó poco para que se ahogara —intervino la señora Morrow fríamente.
—Se asustó. Fue culpa suya, no mía.
En ese momento sonó el teléfono y la señora Morrow echó a un lado su revista y penetró en la casa para responder a la llamada, pero no sin antes recomendar a su esposo que no obligara a Pamela a penetrar en la piscina.
Lo cual fue exactamente lo que hizo Morrow. La niña se debatió aterrorizada, sollozando y gimiendo y, finalmente, logró escapar de él y se arrastró por la hierba gritando.
—¡Gatito escaldado! ¡Miedosa! —le gritó Morrow, comenzando a reír, mientras la señalaba con el dedo en son de burla. Furiosa y roja por la humillación, la niñita cogió para lanzarle la primera cosa con que se topó: la radio de su madre. La arrojó y falló el tiro; la radio pasó lejos de Morrow y cayó en el agua. Claude Morrow cesó de reír instantáneamente.
“Electrocutado accidentalmente”, fue el informe del juez de instrucción. Accidental, porque era imposible que una niña de cuatro años supiera que el agua era buena conductora de la electricidad.
Una semana después, la señora Morrow cubrió con tierra la piscina que su esposo había construido, y ella y Pamela plantaron rosales sobre el lugar.