LA CARTA decía así:
“Mi ilustre conciudadano:
”El crimen de que ha sido usted acusado por sus honorables amigos es castigado de ordinario con la muerte. Sin embargo, siendo bondadoso por naturaleza, no puedo ordenar yo mismo su ejecución. Por consiguiente, le cedo la responsabilidad. Tenga la bondad de aceptar el recuerdo insignificante que le adjunto con esta carta, teniendo en cuenta que el seppuku es un privilegio muy valioso para los hombres de noble sangre japonesa, como es su caso. Confío en que mi regalo le será útil para cumplir con su deber”.
Nuziki cogió la daga cubierta de joyas, regalo de su emperador, y la apretó con la mano derecha. Le había sido ordenado, por su más noble señor, hacerse seppuku… (hara-kiri). No tenía ninguna idea de cuál era el crimen de que se le acusaba, pero esto carecía de importancia. Lo importante, lo que hacía latir su corazón con gran felicidad, era que se le daba la oportunidad de complacer a su celestial soberano.
Todos los preparativos para la ceremonia fueron llevados a cabo debidamente, y el día escogido, a una hora determinada, Nuziki penetró en el templo y se detuvo ante el estrado alfombrado sobre el que se arrodillaría. Vestido con las ropas ceremoniales, correspondientes a su rango de noble, ocupó su lugar sobre el colchoncillo, con su kaishaku o segundo. Sus amigos de toda la vida formaban un semicírculo en torno a él, sobre el estrado.
Se rezó una breve oración y la daga cubierta de joyas le fue tendida por el representante oficial del emperador. Luego, Nuziki hizo una pública confesión de culpabilidad, evitando escrupulosamente hacer referencia a su “crimen”. Esto era absolutamente necesario, tanto más cuanto que ignoraba todavía de qué se le acusaba.
Hecho esto, se dobló por la cintura y se inclinó hacia adelante, conociendo bien la antigua y respetada costumbre que exigía que todos los caballeros japoneses cayeran hacia adelante al morir. Asió la daga con ambas manos, se la hundió en el estómago, inmediatamente bajo la cintura, sobre el costado izquierdo, la hizo correr hasta su costado derecho y, haciéndola girar, cortó ligeramente hacia arriba.
En el mismo instante, el kaishaku, que estaba inclinado a su lado, se incorporó de un salto y descargó su sable sobre el cuello extendido de Nuziki.
Al concluir la ceremonia, el representante del emperador regresó al lado de éste, con la daga ensangrentada, prueba fehaciente de la consumación del acto.
—¿Murió valerosamente? —inquirió el emperador.
—Con sumo valor, ¡oh ilustre hijo del cielo! —replicó el oficial—, Ishomo Nuziki era el más valiente de los valientes.
—¿Nuziki? —preguntó el emperador, elevando una ceja y mirando sobre la nariz al otro hombre. Cogió rápidamente un pergamino y lo examinó—. Está usted equivocado, su nombre es Muziki… con M, no con N. Ishomo Muziki.
—Mi emperador, ¡estoy seguro de que sus amigos lo llamaban Nuziki, con N!
El emperador suspiró y sacudió la cabeza.
—¡Vaya! Oh, no importa. Limpie la daga y llame a mi secretario. Es preciso que escriba al hombre a quien buscábamos.