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alan riefe

la venganza de gavin

GAVIN escuchó, pero no alcanzó a oír nada y la obscuridad era demasiado profunda para poder ver. Pero era un hombre paciente. Había esperado la llegada de este día durante doce largos años y podía permitirse esperar una hora, o algo así. Había dos más de quienes tenía que deshacerse: el doctor Forester, médico forense del condado, y el juez Manning, que presidiera el juicio de Gavin, y que lo condenara…
El sol saldría y volvería a ponerse, y en el intervalo —Gavin no había decidido todavía cuándo exactamente— ambos hombres morirían violenta y horriblemente. Su venganza sería completa. Aún recordaba la figura de Forester, alto, pomposo, frío como el hielo, dirigiéndose al tribunal con su voz chillona.
“—En mi opinión, el acusado es más que un paranoico. Este hombre es un psicópata y sería extremadamente imprudente encarcelarlo junto a los criminales ordinarios. Debe ser enviado al hospital del Estado para enfermos mentales criminales”.
“¿Enfermos mentales criminales?, doctor Forester, si tan sólo estuviera usted tan sano como yo”, pensó Gavin. ¡Doce años en aquel lugar! Doce años encerrado con un grupo de locos furiosos, sin juicio alguno.
Y el juez Manning.
“—No, abogado. En un caso de esta naturaleza no puede haber apelación. Si Gavin estuviera sano, tendría derecho a un tribunal superior, pero ya ovó lo que dijo el doctor Forester…, el acusado está enfermo, sin esperanzas de curación. Ya he firmado todos los papeles. Va a ser recluido por un tiempo muy largo…, cuanto más largo, mejor. Es lo mejor que puede hacer el Estado por el pobre tipo. En las condiciones en que se encuentra su cerebro, matará sin cesar si le damos la más mínima oportunidad de hacerlo”.
“Una pequeña oportunidad”, pensó Gavin, “eso es todo lo que necesito. Eso es todo. No consigo recordar cómo llegué hasta aquí, no sé si me dejaron en libertad o me escapé, pero eso no importa. Lo que importa es que estoy en libertad; y ustedes, Forester y Manning, van a morir”.
Gavin comenzó a trazar su plan. Forester sería el primero. Entraría en su casa por efracción y esperaría hasta que llegara. Luego, lo estrangularía, apretaría sus dedos sobre el cuello de Forester, hasta que sus globos oculares estallaran. Luego, llegaría el turno del juez Manning…
El juez Manning precedió a su amigo Forester al penetrar en la habitación bien iluminada.
—Deseo presentarle un antiguo amigo nuestro —dijo Forester, señalando hacia la mesa que se encontraba en el centro de la habitación. Sobre la mesa se encontraba una cúpula de cristal y bajo ella un cerebro humano, conectado por medio de cables con toda clase de aparatos. Manning reaccionó, asombrado.
”Es el cerebro de Dennis Gavin. Obtuve permiso para hacer un pequeño trabajo experimental con él, después de la muerte del pobre tipo”.
—¡No está vivo!
—Oh, por el contrario, sí que lo está y sin duda, lleno de negros pensamientos, como de costumbre —dijo Forester—. Amigo mío, mire cómo tiembla. No lo había visto tan activo como ahora, desde que lo traje a casa.