País Relato - Autores

alan riefe

la pelota

ALICE MITCHEL estaba malhumorada y, conforme pasaban los minutos, lo estaba cada vez más. Eran ya las cinco y ni siquiera había comenzado a preparar la ensalada; además, los tomates parecían demasiado maduros, y a ella no le gustaban los tomates blanduzcos. Siempre les daba la vuelta para que las partes blandas quedaran ocultas debajo.
Las cinco. El horno había estado calentándose durante toda la tarde y ahora toda la cocina estaba como un horno. Alicia se inclinó sobre el fregadero y abrió una ventana. El aire fresco le pareció una delicia al sentirlo contra sus mejillas, pero el tiempo seguía pasando. Cogiendo una lechuga, comenzó a cortar hojas enteras.
Se disponía a abrir la lata de tomates cuando una pelota entró por la ventana, golpeó el plato con el jabón y rebotó hasta el fregadero. Podía oír a los niños de los Melrose y a sus amiguitos, gritando con toda la fuerza de sus pulmones en el patio que se encontraba detrás del suyo. Colocó la pelota en el bolsillo de su delantal y fue hasta la puerta; pero, repentinamente, cambió de idea.
—No; si la quieren, será preciso que vengan por ella.
Se decidió, sacó la pelota de su bolsillo y la colocó sobre el borde de la ventana, de manera que pudiera verse fácilmente desde afuera.
Era blanca, un color raro para una pelota de caucho, pensó, además, no se sentía al tacto como si fuera de ese material, más bien como materia plástica, aunque era algo esponjoso, como la goma. No obstante, ¿por qué preocuparse? En estos tiempos se emplean toda clase de productos sintéticos para fabricar las cosas.
Alice volvió a dedicar toda su atención a los tomates. El primero de ellos que sacó de la lata estaba blando en su parte inferior, pero ya suponía ella que eso iba a suceder. De pronto, levantó la vista y vio, profundamente sorprendida, que la pelota se había encogido sola, convirtiéndose en un cubo. Cogió una cuchara de madera de mango largo y de un golpe hizo que la pelota cayera al suelo del borde de la ventana, convirtiéndose, en cuanto tocó el suelo, en un disco plano, como una gran oblea. Alice la pisoteó con el tacón de su zapato. Entonces, la pelota se enderezó sobre el borde y atravesó rodando el suelo de la cocina, en dirección a la puerta.
Alice abrió la boca, asombrada, y faltó poco para que gritara. Empuñó su escoba, recogió la cosa y la arrojó al fregadero. Luego, rápidamente, abrió el grifo del agua caliente y observó, horrorizada, cómo aquello se deslizaba por la cañería y desaparecía de la vista.
Temblorosa, se inclinó sobre el fregadero y miró los tubos. En ese momento, la cosa, que había tomado la forma de un largo, delgado y serpenteante rodillo, saltó hacia arriba y se aferró a la garganta de Alice. Gritando de angustia, ésta se agarró a la cosa con fuerza, con ambas manos, mientras su cuello era apretado con gran fuerza. Ya no podía gritar; cayó contra la pared y lo último que vieron sus ojos por la ventana fue centenares y centenares de pelotas semejantes reposando sobre el césped.