País Relato - Autores

alan riefe

la oreja

RUSS Y MYRA habían muerto instantáneamente, cuando su automóvil fue aplastado por una locomotora lanzada a gran velocidad, pero Dwight Edwards, socio de Russ en los negocios, que iba sentado en el asiento posterior del vehículo, escapó con vida. Sin embargo, perdió la oreja izquierda, que fue separada limpiamente del costado de su cabeza por un fragmento de la ventanilla de atrás del coche.
—Puedo hacerle una de plástico —le dijo su médico—; pero, por supuesto, es imposible que tenga la misma apariencia.
—No, claro —respondió Dwight, desanimado.
Dos meses más tarde, todo dolor había desaparecido por completo, pero él continuaba disminuido, con una oreja de menos y hacía ya tiempo que había abandonado la idea de hacerse una artificial. Su vida social se había visto truncada bruscamente y de la noche a la mañana se convirtió en casi un recluso, después de haber sido un hombre amante de las diversiones, que participaba activamente en la vida de la ciudad. Había llegado al fondo de la desesperanza, cuando un amigo de un amigo suyo sugirió que visitara a un cierto doctor Cyril Parrish, cuyo consultorio se encontraba en una ciudad distante.
—He oído decir que puede moldear un pulgar o un dedo índice que tenga exactamente el mismo aspecto que el original. Quizá pueda hacerle a usted una nueva oreja.
—Creo que quizá valdría la pena intentarlo —dijo Dwight lleno de esperanza—. Probablemente me cobrará como si se tratara de un brazo y una pierna, pero no importa.
Dwight fue a ver al doctor Parrish y éste lo examinó.
—Sí; puedo hacerle a usted una oreja nueva —dijo el doctor—. No hay dificultad. Sígame.
El doctor condujo a Dwight a una pequeña habitación, llena de aparatos de refrigeración, que contenían bandejas y más bandejas de narices, orejas, dedos de las manos y de los pies, lenguas y ojos, tejidos vivos, huesos…
—Coja tres o cuatro de las que le gusten y las haremos armonizar —dijo el doctor.
De entre todas, escogieron una oreja izquierda que correspondía perfectamente a la derecha de Dwight.
El doctor la colocó prontamente en su lugar, y cuando Dwight se vio en el espejo, se llenó de júbilo.
—¡Magnífico! ¡Extraordinario! ¿Cuánto le debo? —le preguntó al doctor, sacando su libreta de cheques.
El doctor Parrish rehusó con un gesto.
—Primeramente, asegurémonos de que todo va bien. Espere a que injerte. Venga usted a verme dentro de un mes.
La nueva oreja de Dwight injertó perfectamente y un mes más tarde regresó con un cheque en blanco en la mano.
—Ha realizado usted un trabajo excepcional, doctor Parrish —le dijo, agradecido—. Fije usted mismo sus honorarios.
Nuevamente, el doctor rechazó el cheque con un gesto.
—No deseo su dinero, señor Edwards. Mis honorarios por su oreja son los mismos que serían para cualquier otro paciente. Dos dedos.
—¿Dos qué?
—Dos de sus dedos, sean los que sean. Posiblemente olvidé decírselo; trabajo por el sistema de trueque. Dos dedos por una oreja. Una mano por las dos orejas, etcétera. Tengo que hacerlo así, porque, ¿de qué otro modo podría tener reservas? De modo que —añadió, tomando un escalpelo—, ¿me da usted dos dedos o prefiere que le quite mi oreja?
“Por lo menos”, pensó Dwight más tarde, “no me pidió un brazo y una pierna”.