STEWART LEONARD se había reunido con la expedición Hampton en Tangañica, cerca de la frontera del Congo, al este de Kigali. Hampton, un antropologista, había tenido gran urgencia de contratar un guía para que condujera su grupo al Congo, y desesperado, había ofrecido a Leonard doscientas libras por adelantado. A cambio de ese acto de generosidad, Leonard planeaba abandonar la expedición en la primera oportunidad.
Ésta se presentó al caer la noche del tercer día de viaje. Con la excusa de ir a explorar en busca de un lugar apropiado para pasar la noche, Leonard había avanzado adelantándose a los demás. Al llegar a un claro, comenzó a atravesarlo, pero inmediatamente descubrió, horrorizado, que había avanzado sobre arenas movedizas y lentamente comenzó a ser arrastrado hacia abajo de manera inexorable…, hacia abajo…, y cuanto más se agitaba, tanto más se hundía.
—¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Arenas movedizas…! ¡Hampton! ¡Hampton!
Pero sus gritos se perdieron en la brisa del anochecer. Su corazón latía fuertemente, mientras la arena obscura llegaba hasta su cintura. Ya no podía mover la mitad inferior de su cuerpo y sus voces de ayuda se hicieron más fuertes y más desesperadas. Sabiendo que no le quedaba más de un minuto de vida, se agitó con más fuerza, tratando vanamente de liberarse, retorciendo y haciendo girar su cuerpo, luchando con todas las fuerzas que le quedaban.
—¡Hampton! ¡Hampton! ¡Auxilioooo!
Se había hundido ya hasta el cuello y sus hombros estaban desapareciendo tragados por las devoradoras arenas, cuando, de pronto, milagrosamente, la succión ejercida sobre su cuerpo cesó bruscamente.
“He llegado hasta una piedra o una rama de árbol”, pensó, sintiendo un inmenso alivio. Ahora ya no se hundiría más, y si continuaba gritando, seguramente lo oirían los demás y acudirían en su auxilio. Pero mientras este pensamiento le asaltaba, sus ojos hicieron un extraño descubrimiento. Exactamente frente a él, en el lindero del claro, vio algo que parecía una cepa de color marrón de forma de cabeza de jabalí; luego, mientras observaba, la coloración del objeto se disolvió en manchas y, a la luz de la luna africana que acababa de salir, vio que era efectivamente una cabeza de jabalí que había sido atrapado en las arenas movedizas.
Mientras miraba horrorizado, la cabeza se convirtió en una calavera; desaparecieron rápidamente las manchas de color marrón, a medida que las terribles hormigas limpiaban completamente el esqueleto de la indefensa criatura. Luego abandonaron el esqueleto y avanzaron, atravesando las arenas movedizas en busca de más alimento…