País Relato - Autores

alan riefe

la multitud

EMERY estaba pasando un mal rato tratando de encontrar el camino de vuelta a su hotel. Eran las tres y cuarto de la mañana y la obscuridad era profunda. Era forastero en la ciudad, se había estado divirtiendo y sus facultades no eran tan agudas como él hubiera deseado que fueran. Sin embargo, estaba convencido de que se encaminaba en la dirección correcta. Recordaba claramente que su hotel se encontraba cerca de la estación del ferrocarril y oía una locomotora en lontananza, frente a él.
Las calles estaban absolutamente desiertas: ni siquiera había un gato merodeador en ellas. Era casi como si caminara por las calles de una ciudad fantasma. Por ello, se asombró cuando, al dar la vuelta a una esquina, se encontró con una gran multitud. La gente se aglomeraba sobre los lados de lo que parecía ser una gran tienda. Estaba demasiado obscuro para poder leer la inscripción que figuraba en el frente.
En el centro de la multitud, subido sobre un cajón, lo cual hacía sobresalir de la multitud su cabeza, había un hombre. Estaba nombrando a algunos.
—Thomas Jacobs.
—¡Aquí!
—Henry Wiswell.
—¡Presente!
Emery se aproximó a un caballero alto que se encontraba al borde de la muchedumbre.
—Excúseme usted, señor, ¿qué es lo que sucede aquí?
Antes de que el desconocido pudiera responder, el orador cesó de llamar y se dirigió a Emery.
—Usted, allá atrás, ¿quiere hacer el favor de callarse? Es preciso que terminemos con esto; ya estamos retrasados.
Emery sintió que sus mejillas enrojecían al ser observado por numerosas personas.
—Mary Fiske.
—Presente.
—Robert Fiske.
—Aquí.
—Ellen Maitland.
—¡Aquí estoy!
Emery se sintió dominado por la curiosidad, de tal modo, que el deseo de volver a su hotel le abandonó por completo. Eran más de las tres de la mañana y esa muchedumbre estaba allí, en pie, como si esperaran que llegaran autobuses para llevarlos a alguna iglesia lejos de la ciudad. En ese momento, la luna apareció por entre las nubes, por primera vez en más de media hora, derramando su fantasmagórica luz sobre la multitud. Inmediatamente, Emery vio que no sólo había allí reunidos hombres y mujeres, sino que también había algunos niños. Y todo el mundo estaba vestido con sus mejores ropas. Para sorpresa suya, algunas de las topas, sobre todo los vestidos de las damas, eran de hacía más de un siglo o, por lo menos, de la moda de aquel entonces o incluso anterior. Y muchos hombres llevaban pelucas empolvadas, largas chaquetas de terciopelo y botas, en lugar de zapatos.
—John Wilkins.
—Aquí.
—Thomas Heath.
—Sí.
Atemorizado y sorprendido por lo que veía, Emery comenzó a alejarse retrocediendo. ¿Qué podía significar todo aquello? Por supuesto, lo hubiera sabido en seguida, si el otro lado de la calle no le hubiera sido cubierto por la muchedumbre completamente, impidiéndole verlo. A la luz de la luna, hubiera visto el cementerio, con todas sus tumbas abiertas… Aquí y allá había algunos ataúdes todavía no podridos, entreabiertos…, y todos ellos estaban vacíos.