País Relato - Autores

alan riefe

la mejor habitación de la casa

HAMPTON era demasiado viejo para continuar subiendo y bajando escaleras, llevando equipajes, botellas y desayunos, inclinándose y haciendo reverencias por cuatro libras a la semana, el alojamiento y todas las propinas de seis peniques que le caían en la mano. Sabía que era demasiado viejo, pero no tenía intenciones de retirarse. No lo haría mientras pudiera añadir algún penique más al saco que guardaba bajo su lecho.
Pero gruñó interiormente cuando vio al desconocido que se apeaba del taxi y le pagaba al conductor. Realmente, no era el desconocido el que hacía gruñir a Hampton, sino más bien el ver las tres cajas de madera, de aspecto pesado, que estaban colocadas en el portaequipajes del vehículo. Parecían pesar cada una tonelada.
Y desgraciadamente, confirmaron esta suposición. Hampton hizo dos viajes por el tramo de escaleras, la primera vez precediendo al sonriente desconocido y la segunda llevando la más grande de las cajas, de más de noventa centímetros de longitud y un peso de al menos cuarenta y cinco kilogramos.
—Póngala junto a la mesa, viejo. Y traiga las otras dos, si me hace el favor.
—¿No tiene usted maletas, señor? —le preguntó Hampton.
El forastero sacudió la cabeza.
—Sólo las otras dos cajas. Apresúrese usted y no se preocupe, son mucho menos pesadas que ésta.
—Gracias al cielo —dijo Hampton entre dientes, y volvió a buscar las otras dos cajas. A su regreso a la habitación, aceptó un billete nuevo de un chelín con una inclinación de cabeza, en señal de agradecimiento. Notó que el hombre examinaba la habitación, los roperos vacíos y los cajones abiertos de las cómodas, como esperando que se llenaran con sus objetos.
—Es muy pequeña esta habitación —dijo.
—Pero muy asoleada, señor, y cómoda. Yo siempre he creído que es la mejor habitación del hotel.
El huésped se encogió de hombros.
—Cierre las persianas y tráigame luego algo para comer. Pescado, huevos, o lo que sea, pero ración doble de lo que sea…; hace varias horas que no como.
Dicho esto, condujo el huésped a Hampton hasta la puerta y cerró con llave tras él, corriendo además el pestillo del interior.
Hampton murmuró algo sobre que la rudeza y la impaciencia iban de la mano y bajó las escaleras en dirección a la cocina. No había pescado, pero consiguió huevos con jamón, bollos calientes y café. Puso todo ello sobre una bandeja y subió las escaleras. Llamó discretamente a la puerta, haciendo oscilar ligeramente la bandeja sobre una mano.
—El desayuno, señor.
—Espere un momento.
La llave giró en la cerradura, el cerrojo interior se descorrió, y la puerta se abrió. El desconocido lo saludó y se apartó para dejarlo pasar. Hampton echó una ojeada y parpadeó. El ropero estaba vacío aún y los cajones de las cómodas estaban todavía abiertos. Las tres cajas permanecían abiertas sobre el suelo, sin un pañuelo siquiera en su interior. No había ropas, ni objetos personales en ninguna parte de la habitación.
Pero, sentada ante la mesa, se encontraba una hermosa mujer rubia, que se volvió y le sonrió a Hampton, mientras éste dejaba caer la bandeja.