JOSHUA GIDDINGS había sido detenido nuevamente por andar intoxicado en la vía pública y el gobernador Willock lo había sentenciado a tres días en el cepo… pies y manos. Siendo de naturaleza bondadosa, el gobernador rehusaba poner a ningún malhechor en el cepo para cabeza y manos, de uso tan corriente en la colonia de la bahía de Massachusetts. Sin embargo, a pesar de encontrarse en una posición bastante más cómoda aun cuando bastante molesta, Joshua estaba infinitamente más preocupado por tener que pasar a seco tres días seguidos. Una hora antes de que Joshua fuera dejado en libertad, la empalizada fue atacada por salvajes hostiles, conducidos por el famoso Garra Amarilla. Tan de improviso y tan rápidamente fue atacado el lugar que no tuvieron tiempo de liberar a Joshua y éste se convirtió en el único testigo de la matanza más terrible en toda la breve historia de la colonia. Todos los varones de más de doce años de edad fueron escalpados y todas las mujeres y niños llevados al cautiverio.
Mientras el drama de muerte y destrucción se desarrollaba ante sus ojos, esperaba Joshua que lo mataran en cualquier momento; pero, cosa curiosa, sólo él de entre todos los varones, fue respetado. Al cabo de una hora, la empalizada estaba reducida a cenizas humeantes y todos los seres humanos, con excepción de Joshua, habían muerto, o se les había conducido al cautiverio.
Cubiertos con la sangre de sus víctimas, varios bravos conducidos por Garra Amarilla se aproximaron a Joshua y, levantando los brazos muy alto, comenzaron a cantar con voz tonante. Luego, a una señal de su jefe, comenzaron a danzar alrededor del cepo. Cuando este ritual se terminó, Joshua fue llevado, con cepo y todo, hasta el campamento indígena. Allí, en medio de un gran círculo de malolientes cueros cabelludos, lo colocaron sobre una plataforma de madera de abedul. Mujeres, niños y ancianos de la tribu se congregaron en torno a Joshua y llevaron a cabo nuevamente el mismo ritual que antes habían ejecutado Garra Amarilla y sus guerreros.
Para entonces, estaba Joshua completamente confundido, aunque en el fondo, estaba inmensamente agradecido porque su vida había sido respetada hasta entonces. Quería vivir para volver a beber. Pidió cortésmente a Garra Amarilla que lo soltara, mostrándole los herrumbrosos candados de hierro, a cada uno de los lados del cepo; pero aunque el jefe lo comprendió, no hizo nada.
Luego, un día, una semana más tarde, Garra Amarilla fue a visitarlo, llevando un idolillo.
—Es el dios de la lluvia. ¿Comprende?
Joshua examinó el idolillo. Tallado en un bloque sólido de nogal, representaba un cubo, con las manos de un hombre, así como sus pies, saliendo por el frente; la cabeza estaba sujeta a la parte superior. La cara había sido tallada toscamente, pero Joshua vio que existía un claro parecido entre ese rostro y el suyo, pues las narices de ambos eran desacostumbradamente largas y puntiagudas.
Y así, Joshua Giddings se convirtió en el dios viviente de la lluvia de aquella tribu, y siempre que llovía le rendían culto. Pero aunque fue bien alimentado y cuidado durante cuarenta años ni Garra Amarilla ni su sucesor lo soltaron jamás.