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alan riefe

incidente en foggia

TODOS LOS que los conocían decían que Inglese y Carlone habían nacido para matarse el uno al otro, y hubo ocasiones en que las autoridades tuvieron que mostrarse severas para impedirles hacerlo.
Carlone era fabricante de velas, como lo habían sido su padre y su abuelo antes que él. Trabajaba sin descanso y despreciaba a Inglese porque éste vivía “como una sanguijuela sobre un esturión”, de la herencia de su esposa. Y así, cuando Inglese anunció de pronto que había obtenido la franquicia local para la fabricación y la venta de bombillas eléctricas para el alumbrado, Carlone se enfureció. Aquella “franquicia local” comprendía todo el sur de Italia y no solamente se haría rico su enemigo Inglese de la noche a la mañana, sino que además haría que Carlone y todos los otros fabricantes de velas cerraran sus negocios. Los cirios religiosos constituían solamente un pequeño porcentaje de las ventas de M. Carlone y Compañía. La demanda de velas para el alumbrado doméstico había disminuido prácticamente a la mitad al introducirse la lámpara de keroseno y ahora el foco eléctrico del americano Edison había aparecido en escena para arruinar completamente a Carlone; y para aumentar sus Sufrimientos, ¡el insidioso invento había caído en manos de su enemigo jurado!
Mientras tanto, Inglese saboreaba su triunfo y pronto se hizo ambicioso. Ahora tenía en sus manos a Carlone y estaba dispuesto a sacar el mayor provecho posible de la situación. Por pura bondad de corazón le hizo una oferta a Carlone.
—¡Cerdo! —le gritó Carlone—. ¡No le vendería mi fábrica ni por diez millones de liras!
—Yo había pensado ofrecerle cincuenta mil —dijo Inglese serenamente—. Deseo ampliar mi negocio, pero no tengo prisa. Piénselo usted.
La fábrica de M. Carlone y Compañía valía cincuenta veces cincuenta mil liras, pero aunque Inglese le hiciera una buena proposición, Carlone no estaba dispuesto a vendérsela. Como lo había imaginado, los negocios decayeron mucho en los meses siguientes. Inglese se detenía todas las noches, al pasar por allí, para preguntarle si se había decidido a vender, y todas las noches Carlone se ponía rojo de rabia.
Un atardecer, después de una entrevista particularmente descorazonadora con su tenedor de libros, Carlone estaba sentado, solo en su fábrica, cuando se le ocurrió una idea. Esa noche recibiría bien preparado a su atormentador.
Al llegar la hora acostumbrada, apareció Inglese. Carlone estaba listo para recibirlo. Le anunció que estaba dispuesto a renunciar a la lucha.
—Al fin ha recuperado usted el sentido común —dijo Inglese.
Estaba tan satisfecho y divertido que no notó que Carlone aflojaba rápidamente una cuerda que corría hasta el techo. Al instante, un cilindro metálico hueco cayó de golpe e Inglese se encontró prisionero.
—¡Carlone! ¡Carlone! —gritó.
Pero Carlone estaba ocupado: había acercado una escalera, luego arrojó la cuerda blanca al interior del cilindro y comenzó a dejar caer sobre su prisionero cera derretida de una enorme caldera que se encontraba encima. Se tomó mucho trabajo para centrar perfectamente la mecha. Esta sería la última vela que haría, y era necesario que fuera la mejor de todas.