País Relato - Autores

alan riefe

huésped para la cena

GABIS podía dar gracias a su buena estrella, fuera la que fuera entre los cuerpos celestes. En verdad, había perdido su brazo izquierdo desde el codo, y una lanza se le había hundido en el muslo, pero esta herida era solamente en la carne y la pérdida de un brazo le parecía un precio bastante barato por su vida.
Todos los otros habían sido abatidos y comidos por los Monbuttu. Solamente Caris viviría para referir la historia, y ello sólo porque había tenido la suficiente presencia de ánimo para salvar a un niño de morir ahogado.
El incidente resultó ser una página de pura fantasía. Efectivamente, el niño era el hijo del jefe, y como recompensa por su heroísmo, Garis había salvado la vida y, además, había sido invitado a la fiesta del Dios de la Luna. Al mismo tiempo, el hechicero lo había tomado a su cuidado y, aplicándole una compresa en el muñón de su brazo, hizo que disminuyera el dolor considerablemente y que se evitara la infección. Asimismo, untando sobre la herida de la pierna de Garis un remedio secreto, consiguió que cicatrizara por completo en el curso de dos días.
Sabiendo que los Monbuttu eran caníbales, Garis tenía algunas sospechas poco agradables sobre el menú preparado para la fiesta del Dios de la Luna. Y por ello, fue grande su alivio cuando vio a las mujeres llenando una enorme caldera con frutos del árbol del pan, tiras de carne de mono y raíces y verduras variadas. La carne de mono no sería muy apetitosa, pero podría tragarla mucho más fácilmente que la carne humana. Y fuera cual fuera el gusto de ese guisado, Garis se prometió comer todos los bocados que le fueran servidos con una sonrisa en el rostro y el corazón lleno de gratitud, porque continuaba vivo.
Le invitaron a sentarse, y el hijo del jefe, que él salvara, se sentó en el suelo a su lado. El jefe mismo y los ancianos de la tribu, incluyendo a su amigo el hechicero, rodearon la caldera y fueron los primeros en ser servidos. Para asombro de Garis, el asado era suculento. En realidad, pronto descubrió que no se cansaría de comerlo. Cocinado a fuego lento en una salsa color café, no era muy diferente de un estofado, y Garis se alegró al observar que sus papilas gustativas no llegaban a hacer la diferencia entre los pedazos de carne de mono y algunas verduras dulces que nunca había comido.
A mitad de la comida, vertieron en la caldera jugo de frutas fermentado, con el resultado de que cuanto más se comía, tanto más ebrios estaban todos, incluso Garis. La caldera estaba casi vacía cuando se levantó el jefe y en voz alta declaró que la fiesta había terminado, después de lo cual las mujeres dieron la vuelta a la caldera, dando lo que quedaba a los perros.
Para horror suyo, Garis vio los restos óseos de un brazo y una mano. El brazo había sido cortado a la altura del codo.
—Muy bueno —comentó su amigo el hechicero—. La carne del brazo le dio buen gusto.
Pero Garis no le estaba escuchando. Sintiéndose ligeramente enfermo, estaba fascinado por el espectáculo de uno de los perros, que recogió su brazo entre los dientes y corrió a enterrarlo entre los matorrales.