País Relato - Autores

alan riefe

felices navidades

JENNIFER CABSON tenía diez años y era madura para su edad, aunque aún pensaba en la Navidad con no disimulada alegría. Los padres de Jennifer estaban separados y habitualmente, la niña pasaba sus vacaciones con su madre. Ésta deseaba tener siempre un hermoso árbol de Navidad y gozaba decorándolo con ayuda de Jennifer. Primeramente colgaban los cables de luces multicolores, luego las brillantes hebras plateadas, las alegres bolitas de colores y, finalmente, las tirillas de estaño. De año en año, este ritual no variaba en absoluto.
—Piensa, cariño…, esta noche, mientras estés tú profundamente dormida, Santa Claus vendrá con su trineo lleno de regalos —le dijo su madre.
Jennifer había dejado de creer en Santa Claus desde hacía mucho tiempo. Pero con la pseudointuición de todas las niñas de diez años, había comprendido la conveniencia de dejar que su madre creyera que ella se ilusionaba con Santa Claus como cuando tenía sólo cuatro años de edad. Su madre la trataba aún como una criatura; ella lo sabía, pero esta era una de las cosas que una niña madura de diez años tenía que aprender a soportar.
El árbol era hermoso. El abeto rojo y las lucecitas refulgían entre sus ramas como nidos ardientes y tenía una cantidad adecuada de bolitas y tirillas de estaño. A su madre no le gustaban los árboles demasiado sobrecargados.
—Santa Claus necesita espacio debajo para colocar los regalos, querida —decía—. No nos gustaría que se enmarañara entre los carámbanos.
Madre e hija se acostaron pronto y Jennifer permaneció despierta, poniendo toda su atención en la tranquilidad helada del invierno, fuera de su ventana. Su regalo para su madre permanecía en un alegre envoltorio debajo de su cama. Comenzaba a creer que no debía haber gastado tanto dinero en un solo regalo, sino que en lugar de ello, hubiera debido comprarle tres o cuatro cosas diferentes. Siempre sucedía lo mismo. Su madre la cubría de regalos, y por comparación, su único regalo parecía insignificante. Pero además, ¿qué importaba? ¿No decían siempre los padres que las Navidades eran para los niños?
Por supuesto, su madre exageraba y lo mismo hacía su padre, pero Jennifer nunca soñaba siquiera en quejarse.
Jennifer despertó temprano, saltó de su cama y se precipitó a la sala.
—Felices Navidades, querida —le dijo su madre. Todavía en camisón, estaba arrodillada junto al árbol, abriendo regalos—. ¡Oh, cariño! Mira lo que ha traído Santa Claus. Una muñeca que derrama lágrimas verdaderas. Una pequeña bañera para ella que contiene agua verdadera. Y aquí…, mira, un muñeco de trapo. ¿No es precioso? ¿No te encanta?
—Es muy lindo, mamá —dijo Jennifer.
—Y esta muñequita pelirroja que solloza cuando se le sienta —dijo su madre—. Terminado —añadió—, ya he abierto todos mis regalos. Comienza a abrir ahora los tuyos.
Jennifer comenzó a desenvolver sus propios regalos, mientras observaba a su madre que abrazaba feliz sus muñecas nuevas. Era un tiempo feliz para ambas, el pasar las Navidades juntas en el manicomio, aunque su madre estuviera un poco trastornada y, pobrecilla, estaba bien trastornada, pensó Jennifer, al abrir su primer regalo y encontrar un sonajero de bebé de color azul brillante.