MARSHAK había estado delirando durante varios días, pero ahora se despertó como si hubiera tenido un sueño largo y reparador, bañado en sudor y con la cabeza clara, completamente consciente de su situación. Más allá de los castaños se extendía la barrera de alambre de espino y al otro lado, la libertad, y una nueva vida.
Trató en vano de recordar los acontecimientos de los días anteriores. Había estado con unos amigos; eso podía recordarlo. Había sufrido uno de sus ataques, y ellos lo habían atendido; después de eso, aparentemente, habían arriesgado sus vidas para llevarlo a pocos metros de la frontera.
Sin duda, los guardias fronterizos uniformados de rojo los habían sorprendido, y ellos se habían visto obligados a correr para salvar sus vidas, dejándolo a él en el escondite más conveniente…, en un almiar. Ninguno de sus amigos podía cruzar la frontera, ni osarían hacerlo. Todos ellos tenían esposas e hijos, que sufrirían represalias a manos de la temible policía secreta del dictador.
Pero Marshak tenía suerte. No tenía lazos familiares, nada que lo retuviera esclavizado tras el alambre de púas.
Decidió permanecer en el confortable escondrijo del almiar hasta la noche. Si tenía suerte, no habría luna y por algún punto de la retorcida y serpenteante Enea fronteriza de alambre de púas podría cruzar arrastrándose. Había centinelas armados apostados cada cien metros y había perros también. Él no estaba armado, pero tenía astucia y paciencia.
Bastante después de medianoche se dispuso a arriesgarse, escogiendo para ello un lugar cubierto de alta hierba de los pantanos. No había árboles a los lados para poder esconderse, pero, no obstante, tenía sus buenas razones para escoger aquel lugar en particular. Aunque la ciénaga se había secado, el suelo estaba suave todavía y no encontraría piedras, ni raíces. En lugar de deslizarse a través de la alambrada, Marshak tenía la intención de pasar, escarbando, bajo ella.
Durante cinco horas, sin descanso, escarbó con las manos desnudas, y logró al fin abrir una zanja lo suficientemente amplia para poder pasar por ella. Su túnel medía seis metros, directamente bajo los múltiples filamentos de alambre. Para entonces, sus dedos estaban en carne viva y le sangraban, y él estaba completamente agotado; pero la promesa de la libertad tan cercana lo hacía continuar. Después de hacer una pausa para reposar brevemente, se tendió sobre el estómago y se arrastró bajo la alambrada.
Una vez al otro lado, corrió agachado aproximadamente cien metros, antes de desmayarse.
Marshak fue detenido, a la mañana siguiente, temprano, por dos guardias fronterizos uniformados de rojo, que patrullaban la región a pie.
—¿Qué hacen ustedes en este lado? —les gritó, angustiado.
—Cuidamos que ningún cerdo como usted cruce al otro lado, a la libertad, querido camarada.
Y fue así como Marshak comprendió que sus amigos no lo habían llevado solamente hasta la frontera, sino que lo habían pasado al otro lado y, en su ignorancia, había cometido el imperdonable error de regresar, cruzando nuevamente la línea fronteriza.