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alan riefe

entrevista de trabajo

EL TELÉFONO sonó, y citaron a Tom Worth para una entrevista de trabajo. Suspiró. Estaba agotado, se había pasado en pie toda la noche dando vueltas y una rápida ojeada al espejo le demostró que sus sospechas de que sus ojos delataran el cansancio que sentía eran bien fundadas, pero una entrevista significaba un trabajo probable. De modo que se duchó, afeitó y acicaló cuidadosamente, luego se vistió con rapidez, tomó un taxi, y se encaminó a la dirección que había escrito apresuradamente sobre el borde de un billete de un dólar. El edificio era antiguo, de color marrón, y carecía de ascensor. Las escaleras crujían con fuerza en todos los escalones. Las oficinas se encontraban en el cuarto piso. El nombre estaba escrito discretamente sobre la puerta: “Agencia A. W. Harris”.
Tom no había oído hablar nunca de la Agencia Harris, pero no había en ello nada de extraño. Nueva York era una ciudad muy grande y, con todo su éxito y los muchos años que hacía que trabajaba en los negocios, probablemente no habría entrado en contacto todavía más que con un treinta o un cuarenta por ciento de las agencias. Abrió la puerta y fue saludado por un hombre alto y barbudo de unos sesenta años de edad.
—¿Su nombre, por favor?
—Tom Worth. Me llamaron ustedes hace poco más de una hora.
—Worth… Worth. ¡Ah!, sí. Siéntese, señor Worth, el señor Harris lo recibirá dentro de un momento.
Tom tomó asiento y el otro desapareció entre las cortinas que separaban la parte anterior de las oficinas de la posterior. Era un lugar astroso, completamente diferente de todas las otras agencias en que Tom había estado. Y lo que le sorprendía realmente era que no había ningún otro candidato, y que aparentemente sólo a él habían llamado. Habitualmente, cuando penetraba en una oficina encontraba siempre una docena o más de tipos que esperaban ser interrogados. Había algo muy raro en todo aquello… En ese momento, otro hombre apareció y se presentó como el señor Harris.
—Sí, sí —dijo Harris, girando en torno suyo—, es usted exactamente lo que necesitamos.
Tom vio la fotografía suya en la mano del individuo; pero no pudo recordar cuándo había enviado una fotografía semejante a ningún nombre o dirección semejante. Pero, a veces, el personal de las agencias se pasaba las fotografías.
—¿Le molestaría que le preguntara qué clase de trabajo es el que tendré que desempeñar?
—Deseamos que sirva como modelo para trajes —le explicó Harris—. El que tiene usted puesto será muy conveniente.
Tom comenzó a decir algo; pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Harris había girado sobre sus talones y desaparecido entre las cortinas, al mismo tiempo que le hacía seña de seguirlo. Tom lo hizo así y se encontró en un cuarto considerablemente mayor.
—Queremos que pose usted con esos otros dos caballeros que se encuentran ahí.
Tom echó una ojeada y comenzó a reírse.
—Pero ¡si son maniquíes! —exclamó.
—No exactamente; lo que sucede es que están paralizados. Quizá olvidó decírselo mi ayudante, pero este trabajo es permanente.
Desgraciadamente, Tom no oyó la última frase del hombre, porque en cuanto pronunció la palabra “paralizados”, el otro le introdujo una aguja hipodérmica de aspecto siniestro, a través del esplenio, en la base del cerebro…