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alan riefe

en prisión

AGARRÓ los barrotes con ambas manos y tiró con todas sus fuerzas, hasta que le dolieron los dedos y sus nudillos se pusieron blancos. Comenzaba a creer que nunca lo dejarían salir, que no volvería a respirar el aire precioso de la libertad. Venían con frecuencia a hablar con él…, estaba siendo bien tratado y alimentado, pero nunca hablaban de dejarlo salir. Y nada de lo que él dijera parecía impresionarles en lo más mínimo. Se limitaban a sonreír con aire de superioridad, asentían con la cabeza y se iban. Soltó los barrotes y regresó al centro del piso. Si pudiera arrancar un barrote, tan sólo uno, sería capaz de deslizarse por el hueco y huir, pero no tenía nada con que trabajar y el quitar un barrote con sus manos desnudas parecía imposible. Si tan sólo tuviera una lima o incluso una cuchara o un pedazo de alambre… Examinó cuidadosamente el suelo, de un lado a otro, pero no había nada allí.
De nuevo se acercó a los barrotes y los asió con fuerza. Si tan sólo comprendieran lo que le estaba afectando mentalmente el permanecer encerrado en un espacio tan reducido… Ya estaba acosándolo la claustrofobia. Las paredes comenzaban a cerrarse sobre él y los barrotes lo oprimían, haciéndole sentirse un pedazo de carne encajado entre dos parrillas.
De una cosa podía sentirse agradecido. El techo era muy alto, tan alto en verdad que, cuando se ponía el sol, apenas llegaba a distinguirlo. Examinó el barrote que se encontraba frente a él. Ya los había probado todos, pero había estado tirando de éste mucho más que de los otros. Supuso que si tiraba de él hacia un lado y otro sin cesar, hasta que le abandonaran las fuerzas, todos los días, uno tras otro, cedería un poco en su base. Incluso si lograba moverlo solamente una fracción de centímetro, tendría entonces un poco de juego y cada vez que lo empujara nuevamente cedería cada vez un poco más. Podría necesitar una semana…, quizá un mes…
Y podría necesitar toda la eternidad. Era inútil. Abandonó los barrotes y se rió para sus adentros. Eran curiosos los pensamientos que cruzaban por la imaginación de un prisionero.
De pronto oyó una voz y una risa tranquila y afuera vio que ellos se le acercaban nuevamente. No traían alimentos…, así que probablemente iban a conversar con él, o quizá a liberarlo. Tendrían que hacerlo tarde o temprano; ¡no podían mantenerlo tras de los barrotes durante toda su vida! ¡Era impensable! No podían…, no podían…
—Al niño parece gustarle su nuevo corralito —dijo la señora Cárter, inclinándose y acariciando la cabecita de su nene de ocho meses.
—¿Quién sabe? —replicó su esposo—. Observa cómo se sienta y mira. Me pregunto en qué pueden pensar los niños a esta edad.