EL HOMBRE se arrastró por el suelo de madera sobre las manos y las rodillas. La obscuridad era completa, y el único ruido que podía oír era el del aire, a lo lejos, más abajo de donde se encontraba. Era algo que recordaba la brisa cuando sopla con fuerza bajo los aleros de una vieja casona, pero no había nada particularmente horripilante en ello. Lo único que le daba miedo era la obscuridad y el suelo de madera sobre el que se desplazaba. Era probablemente de madera de pino y parecía ser una sola y amplia plancha, ya que no notaba intersticios de separación. Por consiguiente, se le ocurrió que podía tratarse no de un suelo, sino de un anaquel y que para abandonar el lugar, para salir de la obscuridad, era preciso que encontrara el medio de descender al suelo, a la superficie que se encontraba más abajo.
Su mano palpó cautelosamente hacia la izquierda y, al desplazarse en esa dirección, llegó al borde. Para sorpresa suya, su mano tropezó con una cuerda que pendía en la obscuridad. No podía saber hasta dónde descendía, pero deseaba aprovechar todas las oportunidades que se le presentaran para bajar al suelo.
Comenzó a descender a fuerza de puños, con las piernas cruzadas sobre la cuerda, para disminuir la tensión de sus manos. La cuerda misma, muy lisa, estaba húmeda, y parecía más de nilón que de cáñamo. No obstante, consiguió asirse a ella con fuerza e inició lentamente el descenso en la obscuridad casi completa.
El ruido de abajo se hacía más fuerte conforme descendía, y supuso que se trataba de alguna clase de ventilador, que giraba lentamente y agitaba apenas el aire, lo suficiente para ser apenas audible.
Contó los cambios de manos, estimando la distancia entre éstas en aproximadamente treinta centímetros. Había descendido unos doce metros, cuando sus brazos comenzaron a dolerle y, afianzando fuertemente sus piernas, anudándolas alrededor de la cuerda, descendió ambos brazos hasta más abajo de su cintura, manteniéndose todavía aferrado. La tensión se calmó inmediatamente, y mientras reposaba, miró a su alrededor, tratando de encontrar alguna luz que rompiera la obscuridad, pero no había ninguna.
Después de descansar un poco, respiró profundamente y recomenzó el descenso. Se aproximaba ya a los treinta metros cuando, de pronto, con alegría, sintió que su pie izquierdo tocaba el fondo. Sintió que estaba en pie sobre una superficie suave, no muy diferente de una alfombra gruesa. El ruido se oía entonces en torno a él y comenzó a sentir unos dedos peludos que lo tocaban por todas partes…
Entonces comprendió, sin lugar a dudas, dónde estaba en pie, qué era lo que le tocaba y la causa del ruido que le rodeaba. Sintió sus manos húmedas y supo que no había descendido por una cuerda, después de todo, sino por el hilo tejido por una araña.
Y que ahora estaba en pie sobre el vientre blando de la araña.