País Relato - Autores

alan riefe

en la caverna

LAS CRIATURAS negras y brillantes se arrastraban hacia arriba y hacia abajo por las paredes húmedas de la caverna, pasando unas sobre otras, desplazándose sin rumbo fijo en todas direcciones. Habían sostenido una cruenta batalla horas antes y algunas de ellas estaban heridas. Algunas habían perdido la cola y sus cuerpos estaban lisiados, de modo que eran incapaces de recorrer grandes distancias y sólo podían permanecer en el suelo de la caverna. Se deslizaban por las aguas poco profundas en busca de alimentos, desplazándose alrededor de las criaturas redondas y perezosas que permanecían inmóviles, abriendo solamente la boca para que entraran alimentos.
Aunque la caverna estaba atestada, las dos especies no peleaban. No eran enemigos naturales. Lo único que podía provocar el que se atacaran los unos a los otros era la escasez de alimentos, pero, afortunadamente para ambos grupos, éste abundaba, diseminado por el suelo y adherido a las paredes. En realidad, las criaturas redondas y perezosas estaban desarrollando grasa, creciendo casi a ojos vistas de hora en hora y ocupando mayor espacio, pero las delgadas criaturas reptilianas no parecían preocuparse por ello. Cuando se sentían apretadas, se limitaban a alejarse reptando hacia otro lugar en el suelo o sobre la pared, donde las otras criaturas no podían seguirles.
La obscuridad era completa en la caverna, aunque en ocasiones, un gran resplandor penetraba por la entrada, haciendo que algunas de las finas criaturas, las más curiosas y aventureras, se dirigieran hacia allí. Algunas de ellas incluso salieron de la caverna, pero esto les pareció poco atractivo a la mayor parte de ellas, puesto que había tanto alimento esparcido y a su alcance.
Todos los individuos de una y otra especie, excepto unos pocos, habían comido ya lo bastante y permanecían acostados, dormitando en el aire cálido de la caverna. De pronto, el silencio fue roto por un gran ruido de tumulto a la entrada, y las criaturas despertaron y comenzaron a empujarse y agitarse aterrorizadas. Podían ver una gran sombra que se movía hacia adelante y hacia atrás ante la entrada de la caverna, como si algún monstruo se dispusiera a penetrar. Regueros de espuma blanca se introdujeron en la caverna, mientras el estruendo se hacía más fuerte y la sombra cubría el último resplandor. La espuma se extendió por el suelo, empapando a las criaturas amontonadas. Luego, antes de que supieran qué era lo que sucedía, llegó una gran ola de agua roja revuelta, penetrando y cubriéndolas, chocando contra las paredes y salpicando el techo, luego, cayendo sobre ellas y sumergiéndolas completamente. Algunas de ellas trataron de trepar por las paredes, pero la potencia de la ola era mucho mayor que sus fuerzas para oponerse a ella y fueron arrastradas lejos. Cuando finalmente se asentó el agua roja y se retiró, la caverna estaba vacía.
Habiendo terminado de cepillarse los dientes y de enjuagarse la boca con un líquido antiséptico, George Madison se secó los labios con una toalla. Era la primera vez que George había usado ese enjuagadientes, y le gustaba. Dejaba un sabor fresco y limpio.