País Relato - Autores

alan riefe

en el mar

HACÍA SIETE días que Kruger estaba en el mar y el bote que había robado, daba claras muestras de estar estropeándose completamente. Por fortuna, el mar estaba en calma; pero si se levantaba el viento y comenzaban a teñirse de blanco las crestas de las olas, ello podría tener graves consecuencias.
Por otra parte, sus reservas de agua se reducían a menos de dos litros, en la cantimplora sujeta al débil mástil del centro de su embarcación, así que, cuando Kruger descubrió la balsa en el horizonte, se dirigió en línea recta hacia ella. Al acercarse, pudo observar que era mucho más sólida que su bote, y que navegaba con facilidad sobre cuatro oxidados bidones de aceite. Una pila de provisiones se elevaba en el centro de la balsa y su único ocupante era un anciano, un hombre anciano de apariencia muy débil, pensó Kruger, mientras remaba en dirección a él.
Después de que Kruger abordó la balsa y arrojó al anciano por la borda, investigó las reservas alimenticias. Había toda clase de latas de conservas, excepto legumbres o frutas. Pan, galletas, bizcochos…, lo bastante para medio año en el mar. Pero no agua.
“¡El viejo loco!”, pensó. “¡Todas estas provisiones y se olvidó de traer agua!”
Racionando su propia reserva a un sorbo al día, Kruger consiguió hacer durar el agua durante casi dos semanas, pero cuando hacía aproximadamente dieciséis días que se había apoderado de la balsa, su garganta comenzó a exigir agua desesperadamente. Hora tras hora, reposaba Kruger tendido boca abajo, estudiando el mar que golpeaba suavemente contra los costados de la balsa, tentándolo a llenar su cantimplora y dejar que el agua fría corriera por su atormentada garganta. Pero Kruger sabía a qué atenerse. El beber agua salada podía hacerle morir, aunque, desgraciadamente, lo mismo sucedería si no bebía agua en absoluto. ¡Si tan sólo lloviera! Pero, encima de él, el cielo era una vasta extensión de color azul pálido, sin una sola nube, cambiando solamente su color a causa de los reflejos del sol dorado.
Hacia el final de la tercera semana, todo lo que a bordo tenía cierta humedad había sido consumido y los labios de Kruger se habían vuelto ásperos y comenzaban a agrietarse. Sus glándulas salivales habían cesado totalmente de funcionar y tanto su boca como su garganta le daban la sensación de estar ardiendo.
Pedía agua a gritos y maldecía al mar sin descanso. El único líquido que había ingerido durante varios días era su propia sangre, que manaba de las grietas de sus labios, que se hacían cada vez mayores. Así, Kruger enloqueció y, en su agonía, se arrancó todos los cabellos. ¡Sin embargo, aún no bebería agua del mar!
Y de pronto, en medio de su tormento, cambió de idea y comenzó a tomar grandes cantidades de agua de mar. Muy pronto, antes de lo que esperaba Kruger, su estómago se le anudó y, retorciéndose de dolor, cayó de la balsa al agua.
Lo último que vio al desaparecer su cabeza bajo la superficie del agua, fue una palabra escrita sobre uno de los bidones de cincuenta litros que soportaban la balsa.
Decía… agua.