VAN HOOTEN había permanecido en Borneo durante siete años, y durante los últimos seis de su estancia, la plantación había obtenido resultados excelentes; por eso, cuando la compañía anunció que iba a enviar a un hombre “para investigar ciertas cosas”, se enfureció.
—Es un insulto —tronó.
—Es solamente una revisión de rutina —le dijo su viejo amigo Jakob Maatschapp—. Únicamente tendrás que soportar durante unas semanas al joven Kals.
—¡Kals! —exclamó Van Hooten—. ¿Quién es? ¿El hijo del director?
—Su sobrino —fue la respuesta—. Pero, por favor, no te enojes. Nadie pone en tela de juicio tu habilidad, ni los resultados que has obtenido. En Amsterdam están muy satisfechos.
—¿También el viejo Kals?
El joven Kals, el sobrino, llegó una semana después, y en cuanto pliso los pies en la plantación, Van Hooten comprendió que la quería para él. ¿Cómo no? Era el mejor terreno tabacalero de toda la isla de Borneo. Siete años antes, cuando llegó Van Hooten, era una extensión cubierta de vegetación, poblada de jabalíes, de malas hierbas y además, amenazada por los dayacos. Van Hooten había despachado a todos los trabajadores y contratado otros nuevos, incluyendo dayacos, con cerbatanas y todo, y comenzó la tarea fatigante de limpiar el terreno. Sin embargo, el tío de Kals, el director, era un hombre íntegro. Nunca sacaría a Van Hooten de la plantación sólo para hacer lugar a su sobrino.
Pero, conforme pasaron los días y el joven acompañó a Van Hooten en sus rondas, inspeccionando los cuatrocientos acres florecientes de tabaco, Van Hooten vio que tendría problemas tan pronto como el joven Kals llegara a Amsterdam de regreso.
—¿Qué edad tiene usted, Mynheer Van Hooten? —preguntó un día Kals descaradamente.
—Sesenta y dos años —le respondió Van Hooten con calma—. ¿Por qué?
—¿No es hora ya de que piense en retirarse?
—No; todavía no.
—Ya lo veremos —comentó Kals.
Esa noche, le escribió una larga carta a su tío, pero la respuesta que recibió diez días después hizo que su semblante se obscureciera de decepción. El anciano había rehusado la petición que su sobrino le hiciera.
Esa tarde, Van Hooten y su huésped tuvieron la ocasión de penetrar en la choza vacía de un dayaco. Kals descubrió un sumpitan, una cerbatana nativa, en una alacena. Era de argón y medía casi un metro ochenta. El joven lo cogió inmediatamente y, acercándoselo a la boca, lo apuntó hacia Van Hooten, que permanecía aún sobre el umbral.
—Puesto que no será posible que me encargue de esta plantación en tanto no se retire usted, es muy probable que esto solucione el problema —comentó en tono burlón—. Puedo culpar de su muerte al miserable tipo que posee esto.
Van Hooten se echó a reír a carcajadas y el joven Kals comenzó lentamente a bajar la cerbatana, con una expresión de profundo asombro reflejado en el rostro.
—Loco y estúpido —se burló Van Hooten—. ¿Cómo quiere usted matar a nadie con el extremo equivocado en la boca?
Completamente confundido, Kals se apresuró a hacer girar la cerbatana, introduciendo en su boca el otro extremo, y en cuanto lo hizo, Van Hooten cogió el otro extremo y sopló por él. En el instante en que el dardo envenenado penetraba en la parte posterior de su garganta, Kals comprendió que había tenido la cerbatana en la posición adecuada desde que la cogió.