AL ESTE de Svalbard y al norte de Novaya Zemlya se entiende el archipiélago ártico de Franz Josef Land, y fue en esas aguas prohibidas en donde el navío del capitán Alexander Douglas se encontró con una feroz tormenta ártica y quedó aprisionado por el hielo.
Pasaron catorce largos, tristes y angustiosos meses antes de que Douglas recibiera auxilio. La mayor parte de los oficiales y la tripulación habían recibido permiso de su capitán para tratar de llegar a Novaya Zemlya, aproximadamente a mil seiscientos kilómetros de allí, a través de las vastas llanuras árticas; pero el tiempo se encargó de probar que ese intento era una locura, ya que no volvió a oírse hablar jamás de ninguno de los que formaron el intrépido grupo. Desgraciadamente, los que decidieron permanecer con su capitán no tuvieron más fortuna. Con excepción del mismo Douglas, todos habían perecido a causa del escorbuto. Sólo él fue rescatado. No había tenido otra cosa que comer durante los últimos meses, que bizcochos secos y galletas, en su prisión de hielo y, a diferencia de los otros, permanecía aún inmune al escorbuto.
Aunque se había librado de la más horrible enfermedad de los marinos, el capitán había perdido casi cuarenta kilogramos de peso. Cuando lo internaron en un hospital, lo alimentaron a base de inyecciones de sueros y, a la semana, se hizo una prueba para alimentarlo oralmente.
Pero pronto descubrieron que no podía digerir nada que no fuera bizcochos secos, y los doctores rehusaron firmemente continuar castigando su organismo con ese alimento. El paciente presentaba un problema insólito. Con el tiempo, estaban seguros de que Douglas recuperaría su perdido apetito, sin ninguna duda. Pero, por el momento, no podía tomar prácticamente nada por la boca, ni verduras, ni frutas, ni ningún líquido de ninguna clase, con excepción del agua.
Él rogaba que le dieran carne… cocida, asada, frita… Res, puerco y cordero, aves y pescados le fueron preparados en una docena de diferentes modos, pero todo fue inútil. Simplemente, no pudo comerlos.
En la mente del doctor Frederick Pell, el médico del capitán, había una pregunta no contestada: ¿cómo era posible que, de los trece hombres que habían permanecido en el barco, solamente uno hubiera conseguido salvarse del escorbuto con una dieta tan limitada? Era seguro que no le quedaban frutas ni verduras, después de un período de tiempo tan largo.
Douglas no dio explicaciones. La alimentación intravenosa continuó, pero a las semanas siguieron los meses y seguía sin aceptar alimentos ordinarios.
Entonces, un día, absolutamente fastidiado al ver otra vez la aguja en su brazo, hizo llamar al doctor Pell y le pidió que le trajeran una vajilla de plata y una escudilla, siendo complacido inmediatamente.
—Ahora —dijo Douglas tímidamente— quiero una rata adulta.
—¿Cómo la quiere usted? —le preguntó el doctor, sin un solo parpadeo.
—Cruda.
El doctor asintió. Cazaron una rata negra adulta, la limpiaron y vacunaron y se la llevaron a Douglas.
—Es negra… ¿Tienen ustedes por casualidad alguna de color café? —preguntó el hombre.
El doctor sacudió la cabeza. Douglas se encogió de hombros, agarró la rata firmemente con ambas manos y le quebró el cuello con los pulgares. En ese momento el doctor se retiró y lo último que vio fue a su paciente, que se humedecía los labios hambrientos y cogía el cuchillo y el tenedor.