WILKIE era un profanador de tumbas que había tenido gran éxito en su profesión. Su distinguida carrera abarcaba no menos de veinte años, saqueando las tumbas de los muertos recientes. Era un trabajo solitario, pero muy satisfactorio y Wilkie se enorgullecía del campo que había escogido. Puesto que virtualmente todas las posesiones personales de una persona eran enterradas sobre la cintura del cadáver, Wilkie hacía ya tiempo que había imaginado su propio método para robar a los cadáveres… abriendo sólo la mitad de la parte superior de la tumba, para tener acceso a la mitad superior del ataúd. Esto duplicaba el número de operaciones nocturnas en el tiempo de que disponía.
Sus ganancias consistían sobre todo en anillos y se concentraba principalmente en los cadáveres de mujeres, más que en los de los hombres, sabiendo que las mujeres son, en su mayor parte, más vanidosas y que insistirían en llevar sus diamantes, perlas y otras joyas preciosas con ellas al otro mundo.
Wilkie se consideraba a sí mismo como una especie de cobrador de peaje, sobre la carretera entre los dos mundos, exigiendo el pago en objetos de valor a todos los que pasaban. Tomó la costumbre profesional de consultar las columnas necrológicas regularmente y una mañana, se sorprendió agradablemente al leer que nada menos que el multimillonario Charles B. Cavendish había muerto y no había dejado nada a nadie, por lo que se sabía. Nadie, con la posible excepción de la Oficina de Ingresos Internos sabía cómo había amasado Cavendish su enorme fortuna ni a cuánto ascendía con exactitud. Por otra parte, todo el mundo sabía que era el más miserable de los hombres. En verdad, era más mezquino con una moneda de diez centavos de lo que lo eran hombres mucho menos ricos que él con los ahorros de toda su vida.
Wilkie imaginó que Cavendish habría revisado la regla fundamental de la muerte y habría “llevado todo con él”. Wilkie tuvo visiones del ataúd lleno de billetes de mil dólares, diamantes, relojes de oro…
Naturalmente, un personaje tan eminente como Charles Cavendish no permitiría que sus restos fueran enterrados en la tierra común. Fue enterrado en el mausoleo familiar, lo cual representaría para Wilkie un problema de acceso. Pero ya se había enfrentado a problemas similares muchas veces en su distinguida carrera y por ello se presentó en el mausoleo con todas las herramientas necesarias para entrar rápida y limpiamente. Su corazón estaba lleno de esperanza.
Forzó la entrada fácilmente y localizó a Cavendish; luego, sudando y en tensión, levantó la losa que cubría el ataúd. Allí estaba el anciano, con todo su dinero alrededor de él, ocultándolo por completo, con excepción de su rostro y la parte delantera de su camisa. En el centro de ésta, un enorme diamante brillaba tentador. Wilkie estiró la mano y lo agarró.
En los estrechos confines del mausoleo, el ruido del disparo de dos revólveres resonó ensordecedor. Pero es seguro que Wilkie no llegó a oírlos. Estaban apuntados directamente a su corazón, pero escondidos en las manos de Cavendish, bajo aproximadamente cuarenta mil dólares cada uno.