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alan riefe

el mundo de wendell frazier

WENDELL FRAZIER era un solterón, de cerca de sesenta y cinco años, tímido, sin amistades y casi apartado del mundo. Era un hombrecillo enjuto y descarnado, con un rostro anodino y cabello ralo y rojizo. Tenía además, innumerables pecas por todo el cuerpo. De hecho, parecía estar salpicado de pintura.
Habiéndose retirado de su trabajo y viviendo de una pequeña pensión, Frazier pasaba todas sus horas de vigilia en el sótano de su casa, con sus “bellezas”, como las llamaba afectuosamente.
Sus “bellezas” eran esos extraños y suculentos sujetos del reino vegetal, los hongos. Cientos y cientos de ellos ocupaban largas cajas, llenas de buena tierra negra, en todos los rincones del sótano de Frazier. Gracias a su talento, tenía una gran variedad de ellos, desde las setas comunes de los pastos hasta los champiñones de París. Pero el logro más notable del tímido hombrecillo era un Hongo Corro de Brujas, absolutamente diferente en apariencia de todos los otros; su cabeza era mucho menos redondeada que la de los demás, sus ramificaciones inferiores de un color gamuza blancuzco, se extendían con amplitud, y su tallo sólido, tan terso como si fuera de mármol.
Frazier sentía verdadera devoción por su hongo y lo nutría con los mismos cuidados que tiene una madre para su nene recién nacido. Después de regarlo, se sentaba durante horas y más horas a su lado, en el santuario de su sótano, en donde no penetraba la luz del sol, hablándole, como si se tratara de un amigo muy querido o de una novia amada. Y la planta parecía medrar con su afecto. Su tallo alcanzó un diámetro de veinticinco centímetros y su cabeza se extendía midiendo un metro veinte de diámetro, haciendo parecer pequeños todos los especímenes que lo rodeaban. Su altura pasó el metro y medio. Permaneció solo, en toda su firme majestad, y a pesar de su tamaño gigantesco, presentaba un aspecto de delicada belleza.
Conforme pasaban los días, en el verano cálido y húmedo, Frazier comenzó a descuidar sus otros hongos, para poder dedicar más tiempo al motivo de su orgullo y alegría; pero cuando pasó agosto y llegó septiembre, acercándose el final del verano, se alarmó al notar un cambio en la apariencia de su hongo. Comenzó a secarse gradualmente, tomando una apariencia más obscura y semejante a cuero, mientras los bordes de su cabeza caían como los pétalos de una flor marchita. Frazier, frenético, ensayó todos los medios para revivirlo, sirviéndole incluso una esmerada dosis de nitrato en solución, pero todo fracasó y el hombrecillo solitario se convenció de que, a menos que tomara alguna medida excepcional, su Hongo Corro de Brujas moriría.
Un mes más tarde, un día llamó un vecino a la policía y penetraron en la casa de Frazier. Registraron todo el edificio, pero no encontraron trazas de Frazier, ni tampoco ningún indicio de que hubiera observado algún comportamiento irregular. Abajo, en la bodega, la mayoría de los hongos se habían marchitado y muerto, con excepción del Hongo Corro de Brujas, que permanecía solo en su lecho de tierra negra rica. Habiendo revivido, estaba medrando bien. Sin embargo, su apariencia se había modificado. Su cabeza, del color de la gamuza, que se extendía más allá de los bordes de la caja, había adquirido manchas, como una erupción de innumerables salpicaduras.
Verdaderamente, a primera vista, parecía haber sido salpicado de pintura.