EL HERMANO más joven del famoso matador de toros Francisco de Romero, un simple novillero, había sido cogido en el ruedo, muriendo instantáneamente, debajo de la barrera en la que se encontraba sentado su orgulloso hermano Francisco. Gritando de angustia y saltando por encima del burladero, éste hubiera atacado al toro con sus manos desnudas, si sus amigos no se lo hubieran impedido.
Luego, la impresión de lo que había presenciado lo sumergió en un estado de shock. Desde el momento en que gritara, la voz lo abandonó; no podía hablar, ni comprender, ni recordar, aparentemente, ni un solo detalle de su vida anterior. Los esfuerzos combinados de los mejores médicos no tuvieron éxito. Francisco era incapaz de recordar nada en absoluto y tampoco podía pronunciar una sola sílaba y, por consiguiente, en su punto más culminante, su gran carrera parecía tocar a su fin.
Fue trasladado a una casa de reposo y permanecía día tras día en su habitación, mirando por la ventana, contemplando en silencio las hermosas azaleas plantadas a los lados de la vereda. A veces caminaba solo por los campos. A pesar de su estado, seguía gozando de una excelente salud y del mejor espíritu, pues sonreía con frecuencia y trataba a los demás con su acostumbrada amabilidad. Sus médicos continuaban ensayando todos los medios posibles de restituirle la memoria, esperando que una vez que ello sucediera, recobraría al mismo tiempo, el uso de la palabra. En una ocasión, lo llevaron incluso a la plaza de toros, pero la vista del ruedo no pareció despertar en él ningún recuerdo.
Uno de sus médicos, gran aficionado a los toros, que lo había admirado mucho, se esforzaba día y noche en lograr algún adelanto en la postración del matador. Con la esperanza de que pudiera despertar sus recuerdos, ordenó el doctor que la habitación de Francisco fuera cubierta con todos los artículos y los trofeos que había conquistado en sus días de gloria: fotografías, medallas, su estoque favorito…, con la brillante muleta roja; banderillas cruzadas sobre la pared, encima de la cabecera de su cama; su capote y su montera favoritos…, y, naturalmente, todos sus trajes de luces, colgados en el ropero.
Una tarde, el doctor incluso ayudó a Francisco a ponerse su chaquetilla de plata y la ajustada taleguilla de su traje de luces.
—¿No oye usted la multitud en los graderios, Francisco? —le dijo el doctor—. Están gritando, ¡aclamándolo a usted! No desea defraudarlos, ¿verdad?
Francisco permaneció sentado tranquilamente a los pies de su cama, mirando al espacio y jugueteando con su sombrero.
—El toro entra en la arena —el doctor se llevó dos dedos a la frente y se inclinó, imitando a un toro dispuesto a embestir—. ¡El toro!
—¡El toro! —rugió Francisco, y poniéndose en pie de un salto, asió su estoque y con gran habilidad lo hundió en el cuello y en la espina dorsal del doctor, que estaba inclinado hacia adelante.
—Hermanito: el toro está muerto, está muerto. ¡Te he vengado!