País Relato - Autores

alan riefe

el “maratón” de natación

LA DISTANCIA entre Mahmawguin y Lighthouse Point es aproximadamente de catorce kilómetros. Docenas de nadadores habían ido y regresado muchas veces, pero Foster, a quien difícilmente podría considerarse como un profesional, estaba nadando por primera vez esta distancia, sólo de ida, para ganar diez dólares que había apostado con su vecino Frank Wilson, un fanfarrón. Si Foster lo lograba, vencería mucho más que los diez dólares, tendría derecho a devolverle el desafío a Wilson y simplemente ese triunfo valdría más de lo que el dinero pudiera dar.
El agua estaba un poco picada, pero no demasiado. Foster nadaba solo, como había sido acordado, sin que le siguiera nadie en una barca para tenderle chocolate, como lo hacían los nadadores del canal. Foster se guiaba por ciertos puntos de la costa lejana. Había nadado ya dos millas hacia el exterior, dejando atrás a los bañistas y las pequeñas embarcaciones. Había pasado ya el punto medio y comenzaba a cansarse cuando descubrió que ya no estaba nadando solo.
De las obscuras profundidades, bajo él, emergió un grupo de tiburones. Foster no tenía idea de cuáles eran las especies particulares que frecuentaban la región, pero sabía reconocer a un tiburón cuando lo veía. Eran grandes, grandes y azules, con bocas enormes que se abrían en la parte baja y blanquecina de sus cabezas planas y anchas. Foster sabía que si no se dejaba llevar por el pánico y continuaba nadando pausadamente, era posible que lo dejaran solo. Pero los movimientos se hacían más difíciles a cada brazada y comprendió que sus nervios lo estaban traicionando y que perdía fuerzas rápidamente. En ese momento, casi antes de que el pensamiento se le ocurriera, uno de los tiburones emergió con suavidad, colocándose a su lado. Medía seis metros y su cuerpo estaba cubierto por profundas cicatrices de luchas anteriores. Giró sobre sí mismo, descubriendo sus dientes parecidos a cuchillos y observó a Foster con un ojo terrible. Luego, se lanzó hacia adelante como un dardo, con su poderosa cola a sólo cinco centímetros del hombro izquierdo de Foster.
Entonces, los tiburones comenzaron a agruparse más estrechamente acercándose cada vez más a él en sus evoluciones, de tal modo que Foster tenía un tiburón a cada lado, sintiendo su piel dura y helada presionando sus brazos y obligándolo a cesar de nadar. Presionado entre ellos fue llevado realmente hacia adelante unos cuantos metros. Un miedo terrible se apoderó de él, sabiendo que si por casualidad, una de las aletas arañaba su piel desnuda y lo hacía sangrar, aunque sólo fuera unas gotas, sería el fin. La más leve traza de sangre despertaría instantáneamente los instintos asesinos de los tiburones. Murmuró una oración, cerró los ojos y volvió a abrirlos, viendo en torno a él solamente ojos porcinos, horribles, y dentaduras mortales que se alineaban a su lado. Se sintió como víctima de una terrible pesadilla.
Se estaban divirtiendo con él, jugando, para ver cuál de ellos se le acercaba más. El agua bullía en torno a él, azotada por las colas, y los escualos se sumergían, emergían y giraban, como almas atormentadas. Luego, como si obedecieran a una señal, todos se alejaron y Foster quedó solo en el agua blanca de espuma y agitada por sus evoluciones, dirigiéndose a la costa con las últimas fuerzas que le quedaban.
Por la noche, le pagó a Frank Wilson los diez dólares.
—Ya te dije que nunca podrías hacerlo —comentó Wilson, con voz lo suficientemente alta para que lo oyeran todos los circunstantes.
—Me faltó poco —dijo Foster—. ¿Crees poder hacerlo tú?
—¡Por supuesto!