País Relato - Autores

alan riefe

el ladrón

RUPPEBT no era un hombre inteligente, como suelen serlo muchos ladrones de joyas, pero lo que le faltaba de agudeza lo compensaba con audacia. Así, cuando logró robar los pendientes de la duquesa de la caja fuerte empotrada en la pared, mientras su señoría roncaba a sólo tres metros de donde Ruppert trabajaba, su ego se llenó de la satisfacción que produce un trabajo bien hecho. Porque ésta era realmente la primera vez que conseguía robar algo verdaderamente valioso. Estimó el valor de las piedras preciosas en un poco más de quinientas libras esterlinas cada una. Eran redondas, carecían de defectos y parecían muy bellas, incluso para un ojo tan inexperto y poco acostumbrado a contemplar piedras preciosas como el de Ruppert. Desmontó los engarces de oro y los vendió a un amigo. Después, trató de idear el modo de sacar las piedras preciosas del país.
Para entonces, la prensa de siete países había publicado la noticia del robo en primera plana. Los relatos eran acompañados por una fotografía de su señoría, de pie ante su caja fuerte abierta, sorprendida y desesperada por la pérdida. El valor real de los diamantes fue triplicado, para beneficio de los lectores que no podían conocerlo, y que se regocijaban siempre al leer que los poderosos habían sido robados, enterrados, o que se habían divorciado. Pero Ruppert estaba demasiado ocupado para pasar un tiempo que le era precioso alimentando su ego con la publicidad que le daban a su triunfo.
¿Cómo poder sacar las piedras del país y llevarlas de Europa a Sudamérica? Ruppert estudió varios de los métodos pasados de moda y empleados por los contrabandistas profesionales…: tacones huecos, dientes huecos, maletas de doble fondo, etcétera, pero ninguno de ellos le satisfizo. Estaba determinado a hallar un escondrijo que ningún aduanero pudiera soñar siquiera que existía y mucho menos pensar en investigarlo.
Tenía algo a su favor. Esta iba a ser su primera tentativa como contrabandista. Por esta razón misma sería difícil que sospecharan de él. No obstante, esto se lo debía a su público; a todos los que estaban celosos de los ricos ansiosos y que estarían deseando que él fuera capaz de ocultar las joyas perfectamente. Y por consiguiente, después de pensarlo mucho, decidió esconder las piedras preciosas en el tejido adiposo, justamente debajo de la región ilíaca derecha. La incisión parecería una cicatriz de operación de apendicitis. Llevó a cabo él mismo la “operación”, con pocas molestias, gracias a un máximo de anestesia local, teniendo buen cuidado de esterilizar los diamantes, antes de insertarlos.
Ruppert pasó las aduanas con la misma facilidad que si se tratara de un embajador y sus problemas no comenzaron sino cuando volvió a abrir la herida para sacar los diamantes. Desgraciadamente, no se encontraban en donde los había colocado, y un doctor poco escrupuloso, al que le pagó quinientos dólares, fue incapaz de encontrarlos. Solamente cuando hizo pasar a Ruppert por los rayos X localizó las piedras. Se habían desplazado a una región del cerebro de la que era absolutamente imposible extraerlos sin matar al paciente.
El doctor estaba asombrado y, huelga decirlo, también Ruppert. Su salud no se resintió en absoluto, pero durante el resto de su vida, larga y desprovista de acontecimientos importantes, pensó constantemente en los diamantes.