SUS AMIGOS y conocidos decían siempre que el doctor Dyer sería un esposo perfecto si encontraba alguna vez la mujer ideal. Pero desgraciadamente, su vida estaba tan ocupada con su trabajo que nunca le quedaba tiempo para las relaciones sociales y nunca se concedía a sí mismo la oportunidad de encontrar la mujer ideal. El campo del doctor era la radioastronomía y en los seis años que llevaba en el observatorio había llegado a ser considerado como la autoridad sobre la naturaleza de las misteriosas señales de radio que emanan de Júpiter.
Y fue el primero y el único de los hombres que oyó la voz…
Era una voz de mujer, que llegó claramente por el altavoz, muy baja, tranquila y llena de un ardor sensual que encendió su imaginación. Dijo que su nombre era Zerna y, cediendo a las insistencias de Dyer, se describió a sí misma con todo detalle.
—Mido un metro setenta y cuatro, soy delgada… como un mimbre, con tez blanca pálida, ojos azules y cabello rubio claro —dijo con voz que hizo que el corazón del doctor latiera aceleradamente—. Ahora debe describirse usted —añadió.
Zerna se convirtió en una visión adorable, y las noches sucedieron a las noches y la conversación de ambos se hizo cada vez más íntima; Dyer se encontró ansioso de reunirse con ella.
Con el tiempo; su anhelo se convirtió en una necesidad apremiante; pero, por supuesto, un viaje a Júpiter era absolutamente imposible. Ningún cohete, ni nave interplanetaria de ninguna clase se había aventurado todavía más allá de Marte; pero esto no quería decir que el ir a Júpiter no fuera posible alguna vez: sencillamente, un viaje de esa índole debía ser considerado como experimental y, por consiguiente, extremadamente peligroso.
Con excepción de un disturbio cósmico que hizo la transmisión imposible, Dyer entró en contacto con su amada Zerna casi todas las noches durante cerca de un año. Gradualmente, su deseo de verla y tenerla en sus brazos fue haciéndose más importante que cualquier otra cosa.
Tenía que ir a Júpiter y la única manera posible de hacerlo era dirigirse hacia allá en una nave tripulada por un solo hombre. Naturalmente, no habría esperanzas de regresar a la tierra, pero esto no le importaba a Dyer lo más mínimo.
Hizo todas las gestiones necesarias, presentó su dimisión en el observatorio, y despegó en una nave experimental.
Su viaje fue largo y carente de sorpresas, y habría sido increíblemente aburrido si no hubiera mantenido contacto por radio durante todo el tiempo con Zerna. La imagen de ella, su silueta delgada y cimbreante, su tez pálida, sus ojos azules y largo cabello rubio lo incitaban a seguir adelante.
Guiado por su voz, llegó a Júpiter: allí estaba ella, esperándolo.
—¡Querido! ¡Al fin estás aquí! —exclamó llena de alegría—. ¡Abrázame! ¡Bésame!
Al oír el sonido familiar de su voz, se volvió Dyer y vio una masa gelatinosa larga, delgada y pálida, que se arrastraba por el suelo hacia él. Su boca era blanda, semejante a la de un pez, y encima de ella, veíanse varios ojos azules, de los que brotaban largos cabellos rubios.