País Relato - Autores

alan riefe

el dictador

LUIS JOSÉ MARCALA VALDEZ, el Padrecito, como quería que lo llamaran sus conciudadanos, era todo menos un padre para los que sufrían su gobierno de mano de hierro. Había desposeído a los terratenientes de sus campos; pero en lugar de dárselos a los campesinos, había dividido todo entre sus familiares y los que habían permanecido a su lado durante los días terribles de la revolución.
Valdez se consideraba a sí mismo como un gran orador y gozaba pronunciando discursos de cuatro horas de duración desde el balcón de la residencia del antiguo presidente, que ocupaba ahora él con sus oficiales. Pero conforme pasó el tiempo y se sucedieron las tentativas de asesinato, la prudencia le aconsejó limitar sus discursos ante los micrófonos de la radiodifusión.
Lo hizo con desagrado. Aun así, los intentos para asesinarlo continuaron y pronto se vio obligado a encerrarse en su residencia, convirtiendo ésta en una verdadera fortaleza para impedir la entrada de cualquier asesino posible. La situación empeoró, y como sucede siempre en tales circunstancias, el pueblo sufrió y murió a causa de ello. Todo aquel que era sospechoso de complotar contra el dictador era fusilado sin juicio previo, y la más mínima “prueba” por trivial o infundada que fuera, era suficiente para que se pronunciara una sentencia de muerte contra el infortunado sospechoso.
A pesar de todas esas medidas, continuaron los intentos para librarse de Valdez. Cuando comprendieron que nadie podía pasar del puesto de guardia sin llevar la identificación necesaria, que incluía una fotografía, los enemigos del dictador intentaron bombardear la residencia. Llegaron hasta veinticinco metros de la habitación que ocupaba Valdez, antes de ser segados por las ráfagas de ametralladora.
El asunto parecía no tener solución. Las condiciones del país se hicieron caóticas y de semana en semana, aumentaban las ejecuciones, mientras desde su santuario, Valdez difundía por radio un mensaje tras otro, alabando su régimen y ensalzándose a sí mismo, en largos y aburridos discursos. Nadie podía acercarse a él, y ni siquiera un avión podía aproximarse a la ciudad sin ser derribado.
Una noche, mientras Valdez trabajaba solo en su habitación, las luces se apagaron repentinamente. Averiguó inmediatamente que había habido una falla en la central eléctrica y que era preciso localizar a los hombres capaces de reparar la falla.
Toda la ciudad estaba sumida en la obscuridad más profunda, y la única luz que brillaba en varios kilómetros a la redonda era la que producía una lámpara de queroseno situada sobre la mesa-escritorio de Valdez. No vio al mosquito que penetró por la ventana, giró en torno a la luz y, posándose sobre su brazo desnudo, le picó.
Lo mató con facilidad, y quince minutos después, volvieron las luces. Pero Valdez no las vio, porque estaba muerto…, envenenado con ácido prúsico, extraído de las raíces de mandioca amarga con el que había sido impregnado el aguijón del mosquito. Seis mosquitos habían sido preparados de manera similar y dejados en libertad, a poca distancia de la casa, esperando que uno de los seis conseguiría llegar hasta el dictador, sentado junto a la única luz que brillaba en la ciudad.
Los seis llegaron a su destino.